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Amor en mangas de camisa

Rocío Fiallega

El toma un hilo, lo escoge de entre diez colores, elige el azul, ella está mirando en el espejo las líneas de sus labios y se inclina para observar al hombre que está sentado en la silla del comedor observando sus manos, instintivamente ella vuelve a mirar el reloj. El tiene la paciencia de pasar una parte del hilo entre sus labios para que la saliva impregne de humedad las fibras de algodón, observa la aguja, tiene un ojo que delimita el aire, en ese pequeño círculo apenas se percibe la imprudencia del hilo que trata de penetrar en la mirada. La mujer decide que sería mejor ponerse otra cosa, quizá ni siquiera de manga larga, pero que la protegerá del frío de allá afuera, lejos del calor del amante. Nada, él intenta de nuevo y la aguja a pesar de la tensión a la que está acostumbrada comienza a ser más flexible, no morirá la mirada de su ojo porque sus pasos intentarán una nueva vereda, incisiva y dulce, incluso ayuda al hilo a acompañarle intensamente penetrados. El hombre logra que el hilo pase a través del ojo avizor y recorre lentamente una parte de ese pedazo de realidad azul. Las manos del amante comienzan a acariciar el hilo hasta que hacen un nudo con los extremos, toma el botón que esta encima de la mesa y mira a la mujer, se encuentran sus enfoques, visiones del mundo, e intinstivamente sonríen, ella camina hacia la silla que está junto a su amante, se sienta sin dejar de mirarlo, él toma su mano y desliza un dedo sobre el dorso, con la otra mano sostiene la aguja, toma el extremo de la camisa de ella y ubica el lugar exacto donde estuvo alguna vez un botón, palimpsesto de horas pasadas, de interminables viajes, el hombre logra ubicar ese lugar y pone el botón sobre la tela, ésta es de azul marino y el botón es un poco más oscuro, el hilo es del mismo color de la camisa: un amanecer intenso y suave, con la última luz de una luna despedida y las sábanas protectoras pegadas a los cuerpos como una caricia. Inserta la aguja en la tela que se estremece ante el dolor apuñalado. Ella mira sus manos y la manga de camisa, da un sorbo al café mientras se instala en la respiración acompasada de ambos, como si fuera un mismo aliento y las paredes dejaran de existir, observa en el vidrio de la ventana el reflejo del rostro del amante, y piensa que si cada ventana es un puente, ha descubierto un camino con túneles, él observa el hilo que va uniendo al botón con la camisa como si fueran los pasillos de un laberinto en tercera dimensión, con principio y fin pero eterno en el instante del roce de sus manos con los dedos de la mujer. Ahora se concentran en la suave armonía de la caricia más profunda al ver el hilo que va bordando la unión de elementos distintos, a pesar de que en algún otro momento el botón vuelva a caer.

Ella salta de a dos los escalones para enfrentarse al reloj checador pero todavía el aroma del aliento amado y amante permanece en su piel. El va hacia la regadera buscando la tibieza de ese su cuerpo ausente

Rocío Fiallega estudió Ciencias de la Comunicación en la UNAM.

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