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la granja la hidra personal
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memoria La conjura
Pablo Hiriart
¿Cuál caos?, preguntó la jefa de gobierno del DF la tarde del viernes, cuando la ciudad era estrangulada en su vialidad desde cuatro puntos neurálgicos por alrededor de tres mil policías inconformes. Mientras el tráfico estaba desquiciado y la contaminación crecía, por el radio oímos a las autoridades capitalinas dar la explicación de los hechos: primero fue el desdén, luego echarse la culpa entre ellos y finalmente apuntar las baterías hacia enemigos externos que quieren desestabilizar la ciudad de México y empañar la obra del gobierno. La primera reacción de Alejandro Gertz Manero, jefe de la policía, fue minimizar el problema y acusar a los uniformados inconformes de estar al servicio de un montaje deliberadamente planeado y ejecutado para crear problemas. Dijo Gertz que los policías que se manifestaban no eran ni siquiera 1% de la fuerza policial de la ciudad de México y que se le hacía muy sospechoso que primero se hubieran lanzado a la calle y después sacaran un pliego petitorio. Rosario Robles también ninguneó al movimiento, al asegurar que ella no veía ningún caos en la ciudad. Después pasó a la ofensiva al sugerir que alguien había desatado los demonios en contra de la administración que encabeza, con el fin de perjudicar su imagen pública. Dijo además que de nueva cuenta estaba en marcha el tendido de un cerco político contra el gobierno perredista, y ofreció una investigación a fondo de la posible manipulación del movimiento de los policías. Al día siguiente, Cuauhtémoc Cárdenas y Andrés Manuel López Obrador le pusieron nombre a los instigadores de la acción desestabilizadora de los uniformados: fueron Ernesto Zedillo y Francisco Labastida, dijeron. Martí Batres reforzó a sus jefes políticos y acusó al candidato presidencial del PRI, y dijo que el equipo de Labastida sobornaba a empleados del DF para que pasaran información. Lo que ocurrió fue algo más sencillo. Los policías tenían semanas de protestar en su corporación por la rigurosidad con que sus jefes de sector y agrupamiento les venían exigiendo el "entre". La negativa a cubrir las cuotas que les exigen sus jefes significa para los policías la posibilidad no sólo de perder la patrulla, la moto o la ubicación de su trabajo, sino días de arresto. Denunciaron con nombres y apellidos a los jefes policiacos más voraces y hasta ese día no se habían tomado las medidas correctivas para subsanar esa situación. El viernes, día del caos, a los policías les apareció en su cheque de pago un descuento elevado e indebido, por errores en la confección de las nóminas. En síntesis: además de extorsionarlos, a los policías les quitaron parte de su salario. ¿Cuál conjura, entonces? Es cierto que la corrupción en la policía no la inventó la actual administración capitalina. Tampoco es verdad que este gobierno de la capital haya sido el padre de la extorsión a los policías para repartir dinero entre los jefes. Empero, lo que asombra es que la respuesta del gobierno del PRD sea igual a la de sus antecesores. Para llegar al gobierno de la capital, el partido del sol azteca prometió revertir ese estilo de gobierno en 100 días. Y lo que hemos visto es que no sólo sigue igual o peor el estilo, los métodos y las costumbres, sino que ni siquiera se intenta una variante explicativa al dar la cara a la sociedad. Cero autocrítica. Todo es una fabricación de los demás para afectar la imagen del PRD como gobierno, o para poner piedras en el paso de Cuauhtémoc Cárdenas, que ellos imaginan triunfal. Alejandro Gertz reaccionó tardíamente. Veinticuatro horas después cesó a los altos mandos de granaderos, de la policía montada y a cuatro jefes de la policía femenil. Por ello, Alejandro Gertz merece el reconocimiento de haber hecho frente a la situación y tratar de que por lo menos no se repita. Pero los demás cuadros del perredismo insistieron en la teoría de la conjura. De la mano negra. El caso es que si alguna mano hubo fue una de ineptitud que derramó el vaso con descuentos salariales a los uniformados de más bajos ingresos en esa corporación Pablo Hiriart es director general del periódico Crónica. |
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