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El síndrome de las ONGs

María Cristina Rosas

Decía Napoleón Bonaparte que quien no conoce la historia está condenado a repetirla. Sin embargo, la misma historia que se produjo en Seattle con motivo de la cumbre ministerial de la Organización Mundial d Comercio celebrada el año pasado se repitió con motivo del Foro Económico Mundial que tuvo lugar la semana pasada en el balneario suizo de Davos. Este foro -que reúne cada año a empresarios y jefes de Estado y/o de gobierno de diversas partes del mundo- presenció el activismo de organismos no gubernamentales (ONGs) que en muchos casos, igual a como ocurrió en Seattle, protestaron presuntamente por los efectos perniciosos de la globalización sobre las sociedades, especialmente las más pobres del mundo.

Asimismo, de manera análoga a lo ocurrido en Seattle, el presidente Clinton acudió a Davos para hacerle el juego fundamentalmente a las organizaciones sindicales de Estados Unidos (o por lo menos así parece) porque en su discurso ante los empresarios y dignatarios presentes enfatizó la necesidad de incorporar las demandas laborales en las agendas comerciales. Convocó también a la comunidad internacional a apoyar el inicio de la llamada ronda del milenio de negociaciones comerciales multilaterales que se pretende arranquen el primer semestre de este año.

Independientemente de la insistencia de Clinton por "quedar bien" con los sindicatos y otras organizaciones civiles, base de apoyo fundamental para el Partido Demócrata, en especial en un año electoral (asumiendo, como cree Clinton, que Gore puede consolidar el legado de lo que el actual mandatario denomina -y no termina por definir- como nuevos demócratas), las acciones de las ONGs, sus razones y objetivos deben ser motivo de un cuidadoso análisis, especialmente porque se está haciendo costumbre, sobre todo en los últimos años, en el marco de cumbres internacionales como las del Foro Económico Asia-Pacífico (APEC) celebradas en Canadá y Malasia, y en las ya citadas reuniones de Seattle y Davos, que estas organizaciones irrumpan violentamente y sean reprimidas de igual manera.

En algunas semanas más, quien esto escribe se ocupará de un análisis más amplio sobre las ONGs y su importancia en las relaciones internacionales de finales de siglo y milenio. Por ahora, baste mencionar, a manera de identificación de "pistas" para entender su comportamiento, que asesores del gobierno estadounidense han sugerido que el papel de las ONGs en los escenarios políticos futuros debe fortalecerse. La administración Clinton, de hecho, ha dado más apoyo a las ONGs en términos de asistencia económica. Durante los primeros cuatro años del gobierno de Clinton, el apoyo a las ONGs se habría incrementado de 13 a 50% del presupuesto de la Agencia de Desarrollo Internacional (USAID) para 1996, según lo expuesto por el vicepresidente Albert Gore en la Cumbre sobre Desarrollo Social celebrada en Copenhague en 1995. Es interesante observar que mientras la llamada Asistencia Oficial para el Desarrollo (AOD) ha caído en términos absolutos y relativos prácticamente en todos los países industrializados, la importancia de las ONGs, como "canales" para administrar la asistencia al desarrollo crece de manera exponencial. Esto ha convertido a las ONGs en una verdadera "industria del desarrollo", situación que se agrava por el hecho de que a pesar de que se trata de instituciones "no gubernamentales", irónicamente sus recursos proceden de gobiernos, los cuales influyen notablemente en la orientación y los programas de las ONGs.

Por cuanto hace a fondos otorgados por Estados, por ejemplo, el Banco Mundial estima que en los 70, sólo 1.5% de los ingresos de las ONGs registradas en países industrializados procedía de fuentes gubernamentales. A mediados de los 90, la cifra era de 30%. En Reino Unido, por ejemplo, las cinco ONGs más importantes son crecientemente dependientes de fondos gubernamentales, con proporciones que oscilan entre 20 y 55% del total de su presupuesto. En Austria, 10% de los ingresos de las ONGs procede de fuentes oficiales. En Australia la cifra es de 34%, mientras que en EU y Canadá es de 66 y 70%, respectivamente. En Suecia la cifra alcanza un asombroso 85%. En los países en desarrollo se carece de cifras exactas; sin embargo, en ONGs asentadas en países como Bangladesh, Sri Lanka, Kenya y Nepal, la dependencia de 80 a 95% de recursos otorgados por gobiernos es un fenómeno común. Esto significa que los donantes tienen un amplio poder de control sobre las ONGs, y éstas, a su vez, se esmeran por cumplir con las expectativas de quienes les otorgan financiamiento pues, el no hacerlo, podrían privarlas de recursos para el futuro.

Puede afirmarse, entonces, que numerosas ONGs se han acercado considerablemente a los donantes de recursos (en general países del Norte, o industrializados), y se alejan de los países en desarrollo (los lugares donde llevan a cabo sus proyectos), por lo que su contribución al desarrollo se ha perdido o debilitado. Esto es particularmente importante a la hora de presenciar consignas como las que las ONGs manifestaron en Seattle y ahora en Davos. En unos días más tendrá lugar, en Bangkok, Tailandia, la X Conferencia de Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) y ya algunos de los organizadores calculan que una turba iracunda compuesta, al menos en parte, por algunas ONGs, tratará de bloquear los trabajos de los delegados de los países participantes. Ya se abordó este punto en una entrega anterior (6 de diciembre de 1999), pero no está por demás recordar que esas ONGs que reciben recursos de gobiernos de países industrializados y tienen sus matrices en el llamado Primer Mundo, de ninguna manera son voceras de las agendas de naciones en desarrollo, con los que tienen un contacto frecuente y/o permanente, pero cuyas necesidades sociales, históricas, económicas y políticas no conocen del todo. Ningún bien le hacen a la reputación de las ONGs los sucesos en Seattle y Davos, y en cambio despiertan cada vez más dudas en torno a sus verdaderas motivaciones. Claro, esto no aplica a las ONGs que constructivamente han presentado sus agendas y objeciones por canales no violentos (situación en la cual se encuentran organizaciones como Médecins sans frontières y OXFAM, por citar los casos más relevantes), haciendo propuestas valiosas para debatir temas como la relación entre el comercio y el desarrollo y la pobreza, entre otros. Sin embargo, tal parece que cada vez estos casos son, lamentablemente, más excepcionales

María Cristina Rosas es profesora-investigadora en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Correo: mcrosas@prodigy.net.mx

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