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La chica etcétera

Marco Levario Turcott

Nadie está autorizado para hacer su biografía y menos este modesto escribano que sólo expresa gratitud por la imagen de ella, presente siempre para alentar el optimismo, silente acompañante cuando la tristeza irrumpe y amiga fiel que alienta diciendo que nunca todo está perdido.

Siendo tantas veces musa de inspiración, ahora mismo caigo en la cuenta del poder que ejerce sobre mí, que estoy huérfano de palabras para hablar de ella. Necesito al icono iconoclasta que ha sido para delinear mis sentimientos sobre los trazos y los relieves de su cuerpo. La miro una vez más e intento traducir las sensaciones, pero antes hago una laica reverencia en tanto fiel devoto suyo y apuro un trago doble de tequila Cazadores.

Aunque no me dejara seducir, el hechizo es implacable y comienza paulatino. No me siento invitado a describirla, porque su magia no sólo está en los hombros y las manos, ni siquiera en aquella muy suya curiosidad por mirarse la entrepierna, y menos aún en su descalce o sus collares y pulseras que resaltan la tersura y la firmeza de su piel. El embrujo tampoco está cuando la situamos instantes antes de la foto o momentos después cuando muy probablemente le regaló su sonrisa de diosa a Stephan Lupino y se dirigió a él para besarlo satisfecha por hacerla remontar el tiempo y el espacio, por haberla captado inmortal.

El misterio se devela en el movimiento de su cadera. En el enérgico y vital epicentro suyo es donde está la ausencia presente de quien la mira, dispuesta al aquelarre de amor y a propósito indiferente para desafiar la elección del vericueto por el que discurra y transcurra la otra dimensión donde ya está situado quien la observa. Y cuando sólo queda la incandescencia del fuego que fue, ella parece satisfecha a juzgar por la contorsión de la boca que muestra el sabor de cosa cumplida. Mientras, nosotros -usted y yo o quienes hayamos sucumbido a la magia- seguiremos preguntándonos su nombre, su dirección y su número telefónico. Nunca lo sabremos. Nunca. Pero tal vez nos contentemos con asegurar que en ese secreto también está el encanto

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