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El futuro de
la democracia

Fernando Vallespín,
Giovanni Sartori y
Robert Dahl

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Leviatán de las emociones
Los medios, el poder y el escándalo

Jorge Medina Viedas

En nuestros días existe la creencia de que los medios de comunicación son un poder que, como el Príncipe que inspiró al clásico, determinan el comportamiento, las preferencias y, en muchos sentidos, la vida de los hombres y el destino de las sociedades. Esta idea parece arraigar cada vez más en las personas que toman decisiones y, al mismo tiempo, en los propios medios esta creencia ha producido un cambio radical en la conducta de muchos de sus protagonistas, que ha derivado en nuevas pautas de comportamiento frente al poder político.

En ese mismo contexto hay que destacar un hecho poco discutible: aquellos que desean por necesidad o por curiosidad conocer o entender el entorno económico y político por distintos motivos, tendrán que pulsar los latidos del cuerpo social a través de los medios de comunicación. Aunque es un lugar común, no debe soslayarse que éstos son un espejo de la realidad y al mismo tiempo forjadores de la historia social, puesparticipan en la formación de la opinión pública.

Este papel históricamente protagónico ha hecho a los medios de comunicación entes poderosos; constituidos en una de las más desarrolladas y atractivas industrias modernas, han generado un universo con vida propia, capaz de trascender hacia otros ámbitos de la sociedad. En el mundo actual los medios están presentes en la política, en la cultura, en la economía, en la sociedad, e impregnan la psicología colectiva de gustos, deseos, preferencias y opciones de todo tipo.

La presencia de los medios ha sido decisiva desde la antigüedad hasta la erade la información. No es un fenómeno nuevo ni desconocido. Sus rasgos subversivos son parte de su propia naturaleza y de su relación diacrónica y sincrónica con la sociedad en movimiento, y a lo largo de la historia han dejado su impronta impulsando las profundas transformaciones culturales. En el pasado la escritura, el alfabeto, el papiro, el libro, la imprenta, el telégrafo, el correo, provocaron grandes sacudimientos; la radio, la televisión, la Internet, los multimedia, en la actualidad, como antaño lo hicieron aquéllos, son los medios modernos que influyen en el mundo globalizado, o forman parte de sus aceleradas mutaciones.

Por ello es importante recordar el fuerte y decisivo impulso que la imprenta le dio a las ideas reformistas en la Europa del siglo XV. Este hecho habla de las enormes repercusiones que ha tenido la industria de la comunicación. Al respecto, Harold A. Innis dice: "Las repercusiones de la invención de la imprenta quedaron claras en las salvajes guerras religiosas de los siglos XV y XVI. La aplicación del poder a las industrias de la comunicación apresuró la consolidación de los lenguajes comunes, la aparición del nacionalismo, de la revolución, y nuevos estallidos de salvajismo en el siglo XX".(1)

Adicionalmente, Innis apunta que con la aparición de la imprenta, el monopolio de la Biblia y el latín en manos de la Iglesia fue destruido, y en su lugar surgieron un extenso mercado para la Biblia en lengua vulgar y la preocupación por su interpretación literal. "Fue relevante el hecho de que la imprenta se extendió con mayor velocidad en aquellas regiones de Europa en donde la catedral no era dominante y la división política era más conspicua -Italia y Alemania-. En Italia, con su acceso a Constantinopla, el énfasis se había puesto en los clásicos; en Alemania el énfasis se colocó, primero, en los voluminosos libros teológicos y, posteriormente, debido al desplazamiento de la industria a Leipzig, en las pequeñas publicaciones polémicas que caracterizaban a los escritos de Lutero y sus sucesores de la Reforma, y a la Biblia en el alto dialecto alemán. `El crecimiento y el sorprendente desarrollo de esta valiente secta [los luteranos] podría justamente ser adscrita a la reciente invención de la imprenta y al resurgimiento del aprendizaje`. `Los libros de Lutero y sus sectarios, llenos de vehemencia, declamación y tosca elocuencia, se propagaron más rápidamente y a mayor escala`. (Hume) `Uno de los primeros efectos de la imprenta fue que los soberbios consideran que el aprendizaje había caído en desgracia, al haber sido puesto al alcance del vulgo` (Southey)".(2)

Desde esa perspectiva histórica es más fácil suponer la magnitud de los efectos que los medios modernos están produciendo en los nervios motores de la sociedad y en los individuos.(3) Pero al mismo tiempo y con el fin de evitar el riesgo de caer en determinismos, debe señalarse que empíricamente se ha producido una relación -entre los medios y la sociedad- de carácter ambivalente, toda vez que en ésta se manifiesta una serie de movimientos que se identifican como aquellas "rupturas políticas, científicas, económicas y culturales" cuyas particularidades dominantes han sido la globalizaciónde la economía y la irrupción de las nuevas tecnologías, que han conmocionado, a través de todas las redes, a los ámbitos de poder, la economía, la producción y la cultura".(4) Estos son los argumentos centrales que demuestran que en este cambio de época están involucradas nuevas y más potentes fuerzas productivas, las cuales han pasado a respaldar la transformación de la industria de la comunicación y sus productos informativos.

La idea que presenta a los medios como "motor de la historia" puede verse como una forma de parodiar el desplazamiento del papel que el marxismo le asignó al proletariado, pero también como una manera extravagante cuanto sencilla de llamar la atención sobre el impacto que han producido en la sociedad, y que algunos le han reconocido, como sería en este caso la aquí recordada manera como lo hizo el político francés Michael Rocard. De cualquier modo, el falso o verdadero supuesto basado en la liturgia marxista, no quiere decir que no hayan adquirido la importancia que muchos le asignan. Lo que debe ponderarse es que por su centralidad en el sistema dominante, los medios están sometidos a las leyes del mercado, que es decir lo mismo que a las leyes de la sociedad capitalista, la formación social donde la competencia y los conflictos de intereses condicionan su vida.

De lo anterior se infiere que los medios de comunicación se han instalado en un lugar preponderante en la sociedad moderna. Han participado en la construcción de una sociedad que basa su vida en la información, forman parte de un modelo de comunicación donde fluyen todos los datos imaginables, desde la vida personal de un ciudadano de Moscú hasta los elementos para construir un artefacto terrorista.

Los medios escritos y electrónicos contemporizan en un sistema mundial que ha sufrido una revolución en las comunicaciones y en la tecnología que transmite información, y que a la vez inciden en la conducta de los individuos y, en general, en el comportamiento de las fuerzas y las estructuras políticas y sociales.

Por lo mismo, es importante recordar que uno de los ángulos más intrincados que ofrecen los medios es su relación con el poder y el uso que éste puede llegar a hacer de ellos. Ya veremos más adelante cómo se inventan guerras o se tuerce la realidad de acuerdo con los intereses de ese poder, el cual tiene la fuerza necesaria para influir en esos medios.

Muchos años después de haber ocurrido, para citar un ejemplo, el pueblo estadounidense supo que su gobierno falsificó una agresión de parte de los vietnamitas con el fin de justificar el incremento de los gastos militares en aquella confrontación en Asia, que tanto daño hizo a la moral de la población yanqui. Ese pueblo creyó en la versión que difundieron los estrategas militares de su nación porque el gobierno utilizó los medios de comunicación para mentir; sin embargo, fueron éstos los que más tarde dieron a conocer la verdad y descubrieron la falsedad de su gobierno.(5)

La reacción airada de los medios y de la opinión pública contra su gobierno y las investigaciones como la de "los papeles del Pentágono" que encabezó el New York Times, resumen la relación entre los medios y el poder, pero también nos sirven para aclarar cómo aquellos pueden llegar a condicionar a la opinión pública cuando son abastecidos de información por el poder político o militar, como ocurrió en estos casos.

Aunque el poder es una de las fuentes a las que más recurren los medios de comunicación, es evidente que en determinadas circunstancias (por ejemplo, cuando se manipula la información con abrumadores expedientes en donde ya se anticipa lo que se quiere difundir), el sector informativo de una nación puede ser perjudicado. Por ello es importante que los media acudan a ésta pero también a otras fuentes de su entorno, para evitar que se impongan sobre algún tema nuevas formas de censura.

"Hacer un periódico, montar una radio o una televisión cuesta mucho dinero", dice el polifacético político español Joaquín Leguina,(6) pero hay que decir que mantenerlos en punta y con números negros, política y comercialmente, es aún más oneroso. Para que sea así se requieren insumos de cantidad y calidad, que son principalmente noticias, programas de entretenimiento, etcétera, que llenen páginas y páginas y horas y horas de exposición y difusión diariamente. En esa cosecha perentoria, desesperada, va de todo: verdades y medias verdades, mercancía útil y basura, paja y grano, es decir, material variado ypara todos los gustos, que son los que hacen funcionar la maquinaria de las empresas de comunicación.

Puede servir para entender toda la parafernalia que precede a la elaboración de un diario o un noticiero, el barroco lienzo que Norman Mailer nos ofrece con su prosa irritante y que aquí desplegamos en toda su extensión: "El cuarto está afiebrado. Me imagino que doscientos, trescientos, hasta quinientos reporteros están metidos en algunos de estos cuartos. Están ahí para platicar, para beber, para golpear en alguna de las cincuenta máquinas de escribir, que han sido proporcionadas por la gente de relaciones públicas que organizaron la Sala de Prensa. Es como estar en una gran fiesta en el limbo; hay una gran excitación, mucho movimiento, y absolutamente nada de sexo. Sólo hay plática. Plática alimentada de cigarros. Se fuman de mil a dos mil cigarros cada hora. El cerebro tiene que seguir funcionando con rapidez para continuar con la oferta de historias. (Los reporteros se juntan como en un mercado para intercambiar sus historias; trucan una anécdota de alguna persona del evento que no les sirve para conseguir una nota distinta que sí le sirve para su periódico. No importa si la historia es verdadera o si no tiene nada de verdad; simplemente tiene que ser apropiada y no demasiado obvia la difamación.) Entonces, carbonizan sus interiores para poder raspar una noticia que puede entrar en la máquina, esa enorme máquina, ese Leviatán intelectual que tiene que comer, cada día, bocadillos de chismes, cartílago, cascajo, botes de basura, charlottes russe, llantas viejas, T-bones, cartón mojado, hojas secas, pay de manzana, botellas rotas, comida para perros, conchas, polvo para cucaracha, plumas secas, jugo de toronja. Toda la basura, todo el deshecho, todo el desperdicio, y un poco de la riqueza que entra cada día a la panza del viejo chivo estadounidense, nuestro periódico".(7)

En ese sentido, sirve parafrasear a David Randall cuando habla de que sólo hay un periodismo bueno o un periodismo malo. En efecto, hay buenos o malos diarios, buenas o malas radiodifusoras, buenos o malos canales de televisión.

Es indiscutible que las tareas de los media se han vuelto más complejas. La competencia, efectivamente, parece estar en el horizonte de su vida y dominar su comportamiento. Los problemas expresan también la disputa que por su posesión y control llevan a cabo los poderes político y económico. Todo ello en el marco de una estructura tecnológica, empresarial y comercial que no tiene fronteras.

Medios y política en México

No ajena a los aspectos mencionados, la historia de los medios mexicanos es accidentada y va a lomo de los procesos políticos que ha vivido el país. Segmentos de una prensa valiente y comprometida impugnaron la dictadura porfiriana y quedaron de esa lucha testimonios notables en el género de la caricatura, en un gran número de periódicos de provincia y en artículos combativos. La prensa difundió los acontecimientos de la revolución y siguió las peripecias y las reyertas entre los caudillos; el conservadurismo informativo contemporizó con la "prensa revolucionaria" que nació bajo los auspicios del Estado durante los años 30 y 40. A mediados del siglo los medios vivieron una larga connivencia con el régimen político hasta que la sociedad civil los sacó del letargo y el conformismo en los años 60, generando con ello una nueva etapa de la relación de los medios con el Estado y con la sociedad.

En la actualidad ocupan un lugar principal en la formación de la opinión pública y, como en la mayoría de los países, influyen en el establecimiento de la agenda de los partidos y de los ciudadanos. Lógicamente, dada la tradición centralista del país, la agenda y las preocupaciones más sentidas de los ciudadanos son diferentes de una región a otra. La población del interior del país, aunque no es ajena a los temas que emergen de los medios de la capital, se guía principalmente por los medios locales y deja a los habitantes de la ciudad de México en la especificidad de los suyos.

La existencia de un microclima político en el Distrito Federal, caracterizado por una permanente crispación social (que establece una notoria diferencia entre el estado de ánimo de los capitalinos con la población de la mayoría de las ciudades del interior del país), es estimulado por las tendencias sensacionalistas que dominan en los medios escritos y electrónicos de la capital.

No obstante, los grandes problemas nacionales y los asuntos locales de interés general están en la agenda de la mayoría de los medios del país. Han influido en ello la competencia, la diversificación y la ampliación de las ofertas de redes informativas en la radio y en la televisión, así como la acción de no pocos medios impresos que desde el Distrito Federal se dedican a la distribución de servicios de información y de columnas y editoriales a las publicaciones locales.

El proceso de democratización del país ha presionado a la apertura de los medios y éstos han adoptado una función catalizadora del mismo. No sobra decir que la incorporación de la gran mayoría de ellos al movimiento de cambio que han desplegado las más diversas fuerzas sociales y políticas ha sido desigual.

Es cierto, como apunta Raúl Trejo Delarbre, que prensa y democracia "inevitablemente ligadas, no siempre se complementan y retroalimentan. Los avances de la democracia mexicana primero fueron precedidos y, más tarde, no necesariamente quedaron reflejados en las páginas de nuestras publicaciones impresas. El periodismo no siempre es el retrato fiel de las pulsaciones de la sociedad. A veces se adelanta en los afanes democráticos. En otras ocasiones, la prensa queda atrás de la sociedad...".(8)

La asimetría, por ejemplo, entre la radio y la televisión y la prensa escrita obedece a diversas razones. Su naturaleza jurídica particular y el acceso a las nuevas tecnologías pueden explicar por qué la modernización de estas empresas ha sido diferente. Pero en el sentido de interesarse por los asuntos de la política, como si se tratara de los problemas de la gente común, aunque más tarde que los medios escritos y que la radio, la televisión mexicana se ha integrado con todo su peso.

Los nuevos debates sobre los problemas sociales promovidos por la televisión, las visiones críticas que son cada vez más comunes en sus programas, han modificado el comportamiento de la prensa escrita, obligada a usar la mercadotecnia de la televisión y a fijar sus políticas editoriales en el sensacionalismo y en la cobertura acerca de personajes públicos para cautivar audiencias e inclusive para evitar su fuga.

No debe ignorarse que en este proceso la radio detonó de manera vanguardista el ambiente cerrado y de autocensura que prevalecía hasta mediados de los años 80. El sismo de 1985 permitió a la radio de la capital del país vincularse con la sociedad de una manera como no lo había hecho nunca, apoyando a las familias afectadas, proporcionando información y sirviendo de enlace entre ellas y las autoridades, que vieron cómo este medio se erigía en un vehículo de gran eficacia y de interés público. Nunca la radio mexicana ha realizado un papel de la magnitud e importancia que tuvo el enorme servicio social que prestó en el momento de tragedia, confusión y caos que vivió la ciudad más grande del mundo en septiembre de 1985.

De hecho, la radio se sumó a los escasos espacios críticos que había a mediados de los 80, ensanchando el margen de libertad de expresión. Que haya sido un medio concesionado por el gobierno el que puso el ejemplo con su actitud, constituyó también un acicate y un reto para los medios escritos. Una sociedad civil más dinámica cobijó el surgimiento de un nuevo, más abierto y universal sector informativo.

A estas y a otras circunstancias obedece que la libertad de expresión y de prensa hayan conquistado cada vez más espacios. Hoy en México las restricciones informativas están en desuso. Al menos no están exentas de reacciones de rechazo. Eso es parte del ambiente que la sociedad ha construido a lo largo de un proceso que incluye cambios culturales relacionados con las formas de convivencia política y social entre los ciudadanos, y de éstos con las instituciones políticas y sociales. El proceso incluye la evolución de las instituciones tradicionalmente autoritarias o semiautoritarias a unas más modernas y democráticas. Los cambios democráticos en los partidos y en los organismos electorales, en otra época verticales en sus métodos de control, son parte de una nueva realidad en la cual los medios de comunicación están involucrados.

En ese sentido, los medios en general, tanto los escritos como los electrónicos, se enfrentan a los problemas que derivan de las viejas inercias, y a los de una época intensa y dinámica donde las exigencias y los retos son producto de un ambiente mediático en el que los volúmenes y la calidad de la información son mucho más grandes y desafiantes que en el pasado reciente.

El periodista estadounidense James Fallows sostiene que los grandes retos que deberán superar los medios son, en primer lugar, el desafío técnico desprendido de los avances en la tecnología de transmisión y computación con todas sus consecuencias comerciales, culturales y políticas y, en segundo, el desafío moral que implica el cumplimiento de las responsabilidades que exige un oficio como el del periodismo.

En el contexto de la nueva realidad política del país, los medios han tenido que hacer frente a nuevas responsabilidades. Además, no todos han sido capaces de adaptarse a esta nueva realidad nacional y mucho menos a hacer a un lado los lastres que les permitan ocuparse de su propia modernización. Aunque tardía su incorporación a los afanes democratizadores de la sociedad mexicana, los medios han tratado de acortar esa distancia. No todo el tiempo ni todos los medios, hay que decirlo, pero con ello queda claro que su integración al proceso social de cambio ha sido contradictoria, y en muchos sentidos deficiente.

Mercantilismo radical

Los diarios y en general los medios de comunicación tienen un papel clave en dar a conocer al público los dolores y necesidades de la gente común. (Dick Morris, 1999). Al hacerlo -lo cual indica que se interesan por lo que sucede en el mundo real- forman parte del proceso social y como todos los actores que se integran a la dinámica de los acontecimientos, inevitablemente se sujetan al juicio de la opinión pública.

Cuando dedican sus páginas o sus noticiarios a la investigación de ciertos hechos y los resultados le permiten a la gente hacerse un buen juicio sobre lo que ocurrió, ésta se los agradece. Cuando acuden al expediente de las preferencias informativas y editoriales, tomando partido o favoreciendo determinados intereses, la gente se retira de esos medios.

Es innegable que la nueva realidad política de México ha hecho posible una fuerte competencia entre los medios de comunicación. Desacostumbrados a sus nuevos competidores, unos y otros, los que tenían el dominio de las audiencias e inclusive su monopolio, por un lado, y los que ahora buscan colocar sus productos, por otro, se han enfrascado en una intensa y abierta lucha por el llamado rating.

El libre mercado funcionando en forma rampante en el mundo de los medios y el dinero rigiendo las pautas de este nuevo príncipe, ha traído contradictorias consecuencias. Se puede aplaudir que la diversidad de opciones audiovisuales e impresas sea tan vasta, que en ellas se identifican todas las formas de ver y comprender el país y los problemas que tenemos. Uno no puede negar que la multiplicidad de variantes informativas es reflejo de una sociedad plural y democrática, y expresión del clima de libertad alcanzado por la sociedad. Es conveniente aclarar, sin embargo, que estos avances democráticos en los medios no son producto sólo de la competencia y del mercado como tales, sino de un proceso social en el que éstos participan.

El auge de los medios y su colocación influyente ha sido también a costa de una contracción del papel del Estado en la sociedad y una devaluación de lo público frente a los valores de lo privado. Una más abierta competencia entre los medios privados no ha significado un mejoramiento automático en la calidad de los productos informativos o de entretenimiento. (Por cierto, un efecto indirecto de la proliferación de medios privados, basada en la reducción de los medios públicos a su mínima expresión, no ha impedido que diversos grupos sociales encuentren canales de expresión baratos y accesibles en los pocos que se han salvado de las privatizaciones, lo cual demuestra las posibilidades de convivencia entre ambos.)

La competencia y la lucha por las audiencias nos ha dado oportunidad de contemplar un espectáculo aparte en el proceso de democratización y de cambios que vive el país. Ejemplos notables de amarillismo como estrategia de mercadotecnia han sido expuestos en los últimos tiempos por los medios de comunicación. El viejo modelo del sensacionalismo para ampliar los tirajes de los periódicos se convierte siempre en el recurso fácil y barato para quienes carecen de otros argumentos para vender sus productos.

Cierto que fueron los ingleses en el siglo pasado los que supieron darle uso al sentimentalismo y al sensacionalismo para responder a la demanda de una nueva clase de lectores y la existencia de "un mercado norteamericano demandante".(9) Pero vale la pena recordar que el personaje que inspiró la película del Ciudadano Kane, el magnate estadounidense William Randolph Hearst, se inventó una guerra para lograr mayores ganancias. Hearst, en 1898, buscando aumentar el tiraje de The New York Journal, trasladó a varios de sus corresponsales a Cuba para que desvelaran "las atrocidades españolas". Como era de esperarse, algunos enviaban lo que les dictaba su imaginación para satisfacer los deseos del frenético Hearst. No obstante, uno de los honrados periodistas, Frederic Remington, viendo que no se habían producido matanzas le transmitió al empresario un telegrama en el que manifestaba: "Todo en calma. Sin conflictos. No habrá guerra. Querría regresar". Hearst respondió: "Quédese por favor. Usted ocúpese de enviarme dibujos. Yo me ocuparé de que haya guerra". La guerra estalló, como se sabe, después de la explosión del barco Maine en el puerto de La Habana; se perdieron 260 vidas y Hearst publicó informaciones de primera plana asegurando que los españoles eran los culpables del sabotaje (David Randall, 1999; Armand Mattelart, 1998).

Cien años después, el recurso de la manipulación y el sensacionalismo con fines comerciales siguen siendo parte del instrumental de algunos medios de comunicación. En México, en la coyuntura política actual, la técnica del amarillismo arrastra todo el combustible que es capaz de contener los viejos y nuevos problemas de un proceso político y social que ha acumulado insuficiencias de justicia política y económica, rezagos sociales, tragedias naturales, magnicidios, desastres financieros, rupturas de la élite, revueltas y resentimientos, los cuales han sido trasladados a unos insaciables medios de comunicación que se encargan de convertirlo en material y en producto informativo para el consumo de la opinión pública. De ese material inflamable no es fácil obtener resultados ecuánimes.

Se puede decir con razón que no en todos los medios, ni durante todo el tiempo, los productos informativos que transmiten van empañados por el amarillismo. Sin embargo, el asunto es que las corrientes dominantes de la comunicación justifican todo tipo de excesos en nombre de la libre empresa y esto tiene un alto costo para la democracia que, como se sabe, basa su funcionamiento en que la sociedad esté informada de los hechos que acontecen en su entorno. No sucederá si los medios transmiten falsedades o interpretaciones interesadas de esos hechos.

El mercantilismo radical revela la codicia de los empresarios de los medios. La competencia se ha hecho más fuerte e intensa. La pugna entre ellos es básicamente por las cuotas de publicidad y cada uno se empeña en ofrecer productos atractivos para sus respectivas audiencias. Además, nuevos actores y nuevas formas de hacer empresas mediáticas han revolucionado al sector. En la ciudad de México (pero no sólo en la capital), los diarios se han adecuado a estas nuevas circunstancias de la competencia. El diario Reforma, instituido por un grupo de emprendedores y ambiciosos regiomontanos capitalistas hace poco más de un lustro, constituyó un revulsivo para el resto de los medios capitalinos con una política agresiva de venta y de posicionamiento político a través de ese mercantilismo radical que subordina las razones éticas del periodismo.

Este modelo empresarial se caracteriza por el uso indiscriminado del escándalo, el sensacionalismo, los rumores, las revelaciones acerca de la vida privada de personalidades, los ataques al gobierno y el manejo especulativo de datos no totalmente comprobados. Este modelo, además, choca con el periodismo de investigación, responsable, profesional, basado en hechos y que ha perdido terreno ante el flujo y reflujo que ha desatado el periodismo actual.

El 3 de octubre de 1995, el diario mencionado reveló el contenido de una carta que Ernesto Zedillo envió en su condición de coordinador de la campaña de Luis Donaldo Colosio, días antes de que éste fuera asesinado y en la que le recomendaba que buscara atenuar sus diferencias con el entonces presidente Carlos Salinas. La filtración de la carta, o sea, la entrega por los interesados en su difusión a los directivos del periódico, tenía una doble intención: que en la opinión pública aumentaran las sospechas acerca de la responsabilidad de Salinas en el asesinato, e involucrar al ya para entonces presidente Zedillo.

Sin duda, tanto quienes filtraron la carta como el periódico se utilizaron para sus respectivos fines. Pero, ¿y si se trataba de la aniquilación política de los personajes mencionados? Esto es obvio, puesto que el material que se usó para tal fin estaba en manos de quienes trabajaron para el candidato asesinado. Muy cerca de él como para saber bien los tiempos y circunstancias que favorecían la filtración. Reforma no reparó en las consecuencias de todo ello o, si lo hizo, se guió por el frío cálculo mercantil.

Cuando el presidente Zedillo protestó por la publicación, el diario hizo circo, maroma y teatro escudándose en el derecho a la información y en el secreto de la fuente. Ante esto habría que preguntarle a los periodistas que están de acuerdo con esta absurda norma, en qué se basan para negarle al gobierno o a la víctima el derecho que sí reclaman para ellos.

En congruencia con este periodismo de emociones, olvidadas las rencillas que pudo haber provocado aquella carta, el periódico publicó en exclusiva una larga y cortés entrevista con el ex presidente Salinas desde Dublín. Recientemente, también difundió una fotografía a todo color de éste, su esposa y sus dos pequeños, que robaba la primera página del diario.

Ante el fenómeno del diario Reforma, que amenaza el periodismo tradicional, varios periódicos capitalinos han optado por imitarlo con el fin de no dejarse vencer por el sensacionalismo. Otros, a pesar de poner en riesgo la existencia de sus empresas, mantienen un ejercicio profesional equilibrado, de resistencia a esta corriente cuyos orígenes se encuentran en el periodismo anglosajón.

Los problemas que genera la competencia también aparecen en los medios electrónicos. La lucha entre las televisoras privadas se ha hecho más abierta. Sin embargo, la disputa por la audiencia y la credibilidad por momentos ha llegado a tornarse espectacular. Con el asesinato del conductor Francisco Stanley en junio de 1999, lo deseable era que las televisoras, especialmente Televisión Azteca, hubieran asumido una actitud menos sesgada y visceral. El hecho de que el propietario de la empresa apareciera en pantalla el mismo día del sepelio de Stanley responsabilizando prácticamente del hecho a las autoridades de la ciudad de México, dio una idea de la confusión en que se puede caer ante eventos de esta naturaleza, sobre todo cuando se desconocen los efectos que los medios audiovisuales son capaces de producir en la opinión pública.

No fue ajena al proceder del presidente de esa empresa, la aparición en pantalla del conductor Pablo Latapí con motivo de las inundaciones y riadas que en agosto afectaron gravemente el sur del país. Dos días después de iniciadas las lluvias, Latapí reportó el suceso exhibiéndose en medio de un arroyo de aguas serenas, como si él fuera el damnificado y no los habitantes de las comunidades. Habrá que entender que el imperativo de la dramatización (y el mercantilismo) obliga a cierto protagonismo, pero en el intento siempre habrá el riesgo de hacer el ridículo.

Esta actitud nos hace recordar que la explotación irresponsable de situaciones humanas contrarias a la moral o la dignidad del afectado, como sería el caso de las víctimas de violaciones, suele producir efectos negativos en ellos mismos, lo que debería obligar a quien dispone de la información a no difundirla. Pero, ¿quién obliga al mensajero?, ¿quién dispone que al pobre, al herido de muerte, al desamparado, se le sume la humillación de que se difunda su condición humana?

Queda claro que el excesivo mercantilismo conduce a situaciones como las descritas. Junto con ello, debe asumirse que los defectos o virtudes del periodismo de hoy son emblemáticos del momento que vive la profesión en su proceso de adaptación a la nueva realidad nacional, así como de redefinición estructural de las empresas frente al mercado y ante los cambios tecnológicos, y de búsqueda de respuestas morales a su responsabilidad social.

Medios y democracia

A los medios se les ha involucrado fuertemente con la democracia. Su funcionamiento es interdependiente de las contradicciones de una sociedad libre y de quienes hacen suyas las expresiones de pluralismo y libertad. Muy al contrario de lo que sucede en las sociedades totalitarias, donde la prensa y los medios son meros instrumentos de control social y los intereses que representan corresponden básicamente a los del poder del Estado.(10)

No hace muchos años, en México diversos sectores sociales reclamaban que los medios sirvieran y apoyaran la construcción de la democracia, en virtud de las insuficiencias y limitaciones que ésta padecía. El gobierno y los medios habían fincado sus relaciones en el beneficio mutuo, lazo que establecía notorias restricciones a la libertad de prensa. Mayoritariamente la prensa silenciaba, o matizaba al menos, los problemas inconvenientes para el gobierno y de esa manera formaba parte de sus aparatos de comunicación.

Empíricamente se ha demostrado que no hay ni puede haber democracia donde los actores políticos no lo son. En la década de los 60 se leía en el editorial de una de las más radicales publicaciones de la izquierda mexicana y opositoras al régimen: "El 7 de junio se celebrará el día de la Libertad de Prensa. El acto principal consistirá en un banquete a cuyos postres pronunciarán sendos discursos el presidente de la República Lic. Adolfo López Mateos, y algún empresario o director de cualquiera de los diarios o revistas de la llamada prensa independiente. El presidente, como es justo, hará el balance de lo que durante el sexenio ocurrió en el campo de la libertad de expresión y de pensamiento -aún más amplia que la prensa- y el empresario contestará ensalzando la libertad pero ocultando cuidadosamente el mal uso que de ella se hace cuando, como es costumbre en la mayor parte de la `prensa grande`, se utiliza para convertirla en autocensura, en servilismo subsidiado y en abierta sumisión a los intereses y designios de las agencias noticiosas norteamericanas controlados por el gobierno de los EU, cuando no en absoluta dependencia de los dictados de la Embajada Norteamericana". No obstante, párrafos adelante, el mismo editorial antiimperialista de la revista Política, cuyo director era Manuel Marcué Pardiñas y en el que escribía un grupo de personalidades cercanas al Partido Comunista Mexicano y al Movimiento de Liberación Nacional, era atenuado por una palinodia: "Política, a la vez, quiere dejar clara constancia de que durante cuatro años de su existencia, que comprenden la mayor parte del sexenio del Lic. Adolfo López Mateos, ha hecho uso cabal de la libertad de expresión y de prensa, sin interferencias de la más alta autoridad del país".(11)

Tiene lógica que a través de la relación entre el poder y los medios se puedan reconocer los niveles democráticos de la sociedad. El remoto editorial reflejaba la realidad de lo que pasaba en las relaciones del gobierno con la prensa, pero también revelaba un singular componente cultural de nuestro sistema político: el presidencialismo exacerbado, a cuyas normas y designios se subordinaba la gran mayoría de los actores políticos y sociales.

En ese sentido, la ampliación de la vida democrática ha tenido que ver con la creciente desmitificación de las tradiciones autoritarias del régimen. La gestación de una nueva cultura política -más apegada a los valores de la participación ciudadana y la convivencia democrática- tiene relación con la apertura de los medios.

Por su participación en los años recientes, se les puede atribuir el papel de impulsores del régimen de partidos, de la cada vez más numerosa participación electoral, de asumirse como foro para el debate de las ideas y de las distintas posiciones políticas e ideológicas de la sociedad. En suma, de ser forjadores de una conciencia pública que se estrecha a los problemas sociales. Más aún, en un momento dado los medios han llegado a servir de "catalizadores primordiales para activar la deliberación pública desde sus primeras y fundamentales tareas: la producción y revisión de normas y criterios para identificar `asuntos` de interés general".(12) En México, a pesar de los problemas descritos, los medios de comunicación han influido en la formación del nuevo régimen.

En las democracias consolidadas el compromiso de los medios con el sistema democrático no está a discusión. Se da como un hecho aunque se enfrenta a otros problemas, a otros retos que lo ponen en riesgo. Es diferente en las democracias en formación, donde se requiere tanto de medios como de élites políticas que apliquen los principios que demuestran el compromiso de coadyuvar en el fortalecimiento de una cultura democrática entre los ciudadanos.

Práctica y ética en los medios

Si los media tienen que superar los retos de su inserción en el mercado, las exigencias tecnológicas, con mayor razón, tendrán que satisfacer la necesidad de hacer un periodismo de calidad profesional y moral por encima de las presiones del mercantilismo radical.

La ética y el profesionalismo de los medios se convierten así en la piedra de toque de un periodismo comprometido con la democracia. La falsificación de los hechos, la parcialidad, el partidarismo, por ende, son obstáculos para el cometido superior de los medios. Tienen razón aquellos que razonan en contra del peligro del instrumentalismo empresarial o político de algunos medios, especialmente cuando se sustenta en el discurso democrático como coartada para manipular a la opinión pública.

En México se puede observar que muchos periodistas y varios medios de comunicación se inclinan abiertamente por algún partido político o por alguna causa. David Randall recuerda que los directivos del Washington Post llevan el principio de la imparcialidad a extremos rigurosos: a dos de sus reporteros que participaron como activistas en una marcha sobre el aborto les fue impedido trabajar el tema en el diario.

No sucedería eso en algunos medios mexicanos. Un número importante de integrantes del gremio de periodistas son actores y participantes activos de las más diversas causas. Se les ha visto tomar sin eufemismos la causa del subcomandante Marcos, la de Manuel Camacho en su protesta por la candidatura presidencial de Luis Donaldo Colosio y en su esfuerzo posterior por minimizarla; con acusada pasión se entregaron a la breve travesía opositora de Mario Ruiz Massieu; se dejaron envolver en las truculencias de Pablo Chapa Bezanilla y se rindieron esperanzados ante las promesas crípticas del fiscal de hierro y su no tan fiel escudera, "La Paca".

También figuras públicas como Vicente Fox, Cuauhtémoc Cárdenas o incluso políticos locales como Samuel Ruiz, Amado Avendaño, Andrés Manuel López Obrador, entre otros, son parte de una larga nómina de predilectos que gozan del trato preferencial (reverencial) de estos sectores del gremio. El indulgente trato hace que ácidos entrevistadores de funcionarios del gobierno priista se conviertan en cortesanos aduladores de estos personajes. Uno se pregunta qué tienen todas estas figuras públicas en común. La única respuesta a la mano es que todos tienen el móvil del escándalo contra el sistema o contra alguien del sistema. Por distintas razones, pues en efecto los motivos de un ex fiscal procesado penalmente (Chapa Bezanilla) no son los mismos que los de algún candidato a la Presidencia de la República (Fox o Cárdenas), pero el caso es que a unos y otros el gremio los distingue porque "darán la nota".

¿Es que los periodistas dependen del escándalo o de quienes lo promueven? ¿Será que los periodistas tienen un sexto sentido que los hace descubrir en las simulaciones o en las truculencias de los personajes mencionados, un efecto perverso con el que "generan un bien para la democracia"? No lo creo. Más bien se trata del llamado mimetismo, el fenómeno que supone que mentes más débiles siguen a mentes más fuertes. Es decir, que las mesas de redacción de sus diarios o sus mismos colegas les hacen creer en un tema y a él se someten sin discusión.(13)

Para entrar a escena, los reporterosactores se esfuerzan por crear su propio espectáculo. Mencionábamos al reportero de TV Azteca en medio del arroyo. Pero nada le envidian algunos de sus colegas de los diarios capitalinos que buscan hacer historia a empellones. Enrique Méndez y Juan Manuel Venegas, dos reporteros del periódico La Jornada, testigos del utilitario saludo entre el precandidato del PRI Roberto Madrazo y Cuauhtémoc Cárdenas, candidato del PRD, lo contaron cuidadosamente así: "En la explanada de un cine en el Pedregal, Cuauhtémoc Cárdenas y Roberto Madrazo Pintado inevitablemente se encontraron. Y se dieron la mano e intercambiaron breves saludos y cortesías... El breve saludo fue propiciado, en gran medida, por los reporteros y fotógrafos que incluso formaron un cuadro alrededor de ambos. `¡Hagan una valla, hagan una valla para que saluden!`, organizaba un reportero de Televisa. Entre los empujones -Madrazo incluso recibió golpes de grabadoras y micrófonos en la cara- ocurrió el saludo".

Mauricio Juárez González, reportero de La Crónica, registró otro hecho parecido cuando el ex rector de la UNAM Francisco Barnés acudió a la Cámara de Diputados a participar en un homenaje a Justo Sierra: "Una vez que el presidente de la Mesa Directiva, Francisco Paoli Bolio, decretó el término de la sesión solemne, Rojas Arreola acompañado de Benito Mirón, Lenia Batres, Julieta Gallardo y Adolfo González Zamora (todos diputados del PRD) se pararon para increpar al rector. `Exigimos su renuncia... Le pedimos que firme una solicitud de renuncia`, le dijo Gonzalo Rojas. El rector Barnés intentó evadir la situación, pero un grupo de perredistas y de reporteros se lo impidió". En ambos relatos las cursivas son mías.

¿Estaban en su papel los periodistas cuando hacían la valla o cuando le impedían salir al rector, cuando golpeaban la cara con sus micrófonos a sus "víctimas"? ¿Es esta la profesión del periodismo? ¿En esto consiste ser "perro guardián de la sociedad"? ¿Son los propios medios los que prohijan la conducta de sus reporteros? ¿Dónde empieza la responsabilidad de uno y dónde termina la del otro?

Esos comportamientos -que por lo demás ocurren todos los días- en nada se corresponden con los de los periodistas como "constructores de naciones y sociedades, regidores de la acción y, como tales, deben proveer al público de imágenes comprensibles y representativas de su nación y su sociedad", que es el papel que les asigna el periodista Raymundo Riva Palacio.(14)

En efecto, como diría Jean Daniel, pareciera que no todos los periodistas ejercen la misma profesión. Así como las anécdotas descritas, las columnas políticas revelan los patios traseros del periodismo. Al margen de las honrosas excepciones, ciertos columnistas hacen de sus textos un canal de desfogue de animadversiones y odios personales; convierten su columna en espacio donde por igual se ejecutan ajustes de cuentas, venganzas, cobros de facturas materiales y políticas, que transmiten mensajes cifrados de los políticos o abyectos elogiosde sus personajes favoritos. En el cumplimiento de esos mandatos, la columna va cargada en negrillas y cursivas, adjetivada, llena de admoniciones yprofecías. Con acidez y sarcasmo, un conocido periodista suele cantar su impecable elegía: "Tú dame el nombre y yo pongo la calumnia".

En rigor, el columnismo que se pasea por algunos diarios y ahora hasta por la radio y la televisión, nos habla, insisto que con excepciones notables, de un narcisismo que prohija la falta de autocrítica, la autocomplacencia, la pedantería intelectual y, sobre todo, nos revela el largo camino que tiene que recorrer el periodismo para superar sus pequeñeces espirituales.(15)

Muchos otros problemas enfrenta el periodismo de la transición política de México. Varios de ellos son fiel reflejo del proceso económico, social y político que la enmarca. Su solución va de la mano de la maduración democrática de la sociedad y a expensas de que la industria de la comunicación y los medios en lo particular, sean capaces de adaptarse a la nueva realidad, y de poner por delante los intereses generales de la sociedad. Entender que la amenaza del mercantilismo es real y la necesidad de establecer contrapesos que impidan el absolutismo que empieza a imponerse es también una tarea de la sociedad misma.

¿Cómo contener los oleajes que pretenden devastar a los medios y al periodismo bajo varias máscaras? Mi opinión es que la crítica a los medios es un primer paso. Demasiado expuestos a la opinión pública, renuentes a la crítica, la gente empieza a preguntarse cuánto ganan los periódicos, cuánto los noticieros de radio, cuál es el salario de conductores de programas cuyos anuncios en la prensa envidian las marcas de automóviles, cuánto los columnistas.

Esta crítica no debe quedarse ahí: se debe significar por la revisión exhaustiva y rigurosa de su labor cotidiana, por el análisis objetivo y honesto de sus contenidos, de sus técnicas, de su código moral, y debe consistir, además, en la denuncia de aquellos periodistas o seudoperiodistas que traicionan un oficio sobre el que Gabriel García Márquez ha dicho muchas cosas, de las que yo referiré apenas una:

"Pues el periodismo es una pasión insaciable que sólo puede digerirse y humanizarse por su confrontación descarnada con la realidad. Nadie que no la haya padecido puede imaginarse esa servidumbre que se alimenta de las imprevisiones de la vida. Nadie que no la haya vivido puede concebir siquiera lo que es el pálpito sobrenatural de la noticia, el orgasmo de la primicia, la demolición moral del fracaso. Nadie que no haya nacido para eso y esté dispuesto a vivir sólo para eso podría persistir en un oficio tan incomprensible y voraz, cuya obra se acaba después de cada noticia, como si fuera para siempre, pero que no concede un instante de paz mientras no vuelve a empezar con más ardor que nunca en el minuto siguiente."

Quien crea en esto no tiene derecho a traicionarlo

Jorge Medina Viedas es director de Notimex. Autor del libro Elites y democracia en México, Cal y arena, 1998.

 

Notas

1 Harold A. Innis, The Bias of the Comunication, University of Toronto Press, 1951.

2 Harold A. Innis, op cit.

3 Aunque el argumento de Innis sobre la imprenta y el libro es aparentemente inobjetable, tiene sentido recordar que el efecto de los medios en la opinión pública y en la sociedad, difícilmente deja de involucrarnos en "conflictos" de "creencias y políticas". Merece la pena recordar al respecto una opinión exactamente contraria a la del escritor canadiense expresada por Voltaire casi dos siglos atrás, y que habla por sí misma: "Pero aparece en vuestro país cualquier libro nuevo, cuyas ideas choquen con las vuestras, cuyo autor pertenezca al partido contrario al vuestro, o que no tenga partido alguno; y entonces os ponéis en alarma, produciendo el trastorno general del rincón del mundo que habitáis. Decís a voz en grito que ha aparecido un hombre abominable que se atrevió a escribir la blasfemia de que si no tuviéramos manos, no podríamos hacer medias ni zapatos. Los devotos se asustan, los doctores se reúnen, la alarma cunde, el ejército se pone sobre las armas; y todo ¿por qué?: por cinco o seis páginas que se olvidan al cabo de tres meses. Si el libro os desagrada, refutadle; si os fastidia, no lo leáis. Me objetáis, diciendo que los libros de Lutero y de Calvino destruyeron la religión romana en la mitad de Europa; ¿por qué no me decís también que los libros del patriarca Photius destruyeron esa misma religión en Asia, en Africa, en Grecia y en Rusia? Padecéis una gran equivocación creyendo que los libros han producido ese resultado. El imperio de Rusia abarca dos mil leguas de extensión y no hay en él seis hombres que hayan tratado los puntos de controversia entre la Iglesia griega y latina. Si el fraile Lutero, si el canónigo Calvino, si el cura Zwinglio, no hubieran hecho más que escribir, Roma subyugaría aún todos los Estados que perdió; pero esos jefes de secta y sus partidarios fueron propagando sus doctrinas de ciudad en ciudad, de casa en casa, apoyados por las mujeres y sostenidos por los príncipes. Habéis de saber que el capuchino entusiasta, faccioso, vehemente, que es emisario de algún ambicioso que predica, confesando, comulgando e intrigando, conseguirá más pronto trastornar una provincia, que escribiendo conseguirán ilustrarla cien autores. No fue el Corán el que consiguió que Mahoma lograra lo que se propuso; fue Mahoma el que consiguió el éxito del Corán. No vencieron los libros a Roma, no; fue vencida porque indignó a Europa con sus rapiñas, porque vendió públicamente las indulgencias, porque insultaba a los hombres queriéndolos dirigir como animales domésticos, porque abusó tan excesivamente del poder, que debe sorprendernos que domine todavía en una sola aldea. Ese resultado no se debe a los libros, lo consiguieron Enrique VIII, Isabel, el duque de Sajonia, el landgrave de Hesse, los príncipes de Orange, los Condé y los Coligny. Las trompetas nunca han ganado las batallas, y no han hecho caer más murallas que las de Jericó". Voltaire, Diccionario filosófico, México, Universidad Autónoma de Sinaloa, 1982.

4 Ignacio Ramonet, La tiranía de la comunicación, Madrid, Temas de debate, 1998, p.124.

5 La guerra de Vietnam fue en ese sentido un parteaguas. Dice Ignacio Ramonet: "Hasta entonces, en ningún país del mundo los medios de comunicación habían denunciado el comportamiento de sus propios soldados durante el desarrollo de una guerra. Por primera vez, el juego de dominó es extremadamente importante en esta relación gobierno-ejército-medios de comunicación-opinión pública. La prensa norteamericana acusa a sus propios soldados de ser unos bárbaros y eso provoca un gran impacto en la sociedad civil", op cit, pp.181-182.

6 Joaquín Leguina y Pilar Rentería, Cartas abiertas a un lector de periódicos acorralado por la información, Barcelona, Península, 1996, p. 62.

7 Norman Mailer, The time of our time, Nueva York, Random House, 1998, p. 458.

8 Raúl Trejo Delarbre, Democracia por escrito. La prensa mexicana entre 1970 y 1994, un vistazo inevitablemente parcial, UNAM, 1995.

9 Para capturar a sus lectores se decía que el famoso escritor inglés Charles Dickens ya recurría en sus historias a la añagaza del sentimentalismo: "Dickens introduce en sus historias a niños que puede matar al lento compás de la música". Harold A. Innis, ibídem.

10 No se trata de una afirmación banal: en la actualidad en algunos países asiáticos los medios funcionan bajo estrictos controles del Estado. En China y Singapur el control se extiende al ciberespacio. El número de accesos a Internet en el primero se reduce a 620 mil. En Singapur se ha intentado establecer mecanismos de "control y censura con el fin de defender el régimen de indeseables y subversivas ideas extrañas". Reg Whitaker, The end of privacy, Nueva York, The New Press, 1999, p. 173.

11 Revista Política, abril, 1964, p. 4.

12 Rolando Cordera Campos, "Medios de comunicación y sociedad deliberativa", en Medios, democracia, fines, México, UNAM, 1990, p. 31.

13 Ignacio Ramonet le da al mimetismo la siguiente connotación: "El mimetismo es la fiebre que se apodera súbitamente de los media (con todos los soportes confundidos en él) y que les impulsa, con la más absoluta urgencia, a precipitarse para cubrir un acontecimiento (de cualquier naturaleza) bajo el pretexto de que otros -en particular los medios de referencia- conceden a dicho acontecimiento una gran importancia. Esta imitación delirante provoca un efecto de bola de nieve, funciona como una especie de intoxicación. Cuanto más hablan los media de un tema, más se persuaden colectivamente de que ese tema es indispensable, central, capital, y que hay que cubrirlo mejor todavía, consagrándole más tiempo, más medios, más periodistas. Los media se autoestimulan de esta forma, se sobreexcitan unos a otros, multiplican la emulación y se dejan arrastrar en una especie de espiral vertiginosa, enervante, desde la sobreinformación hasta la náusea...", op cit, pp. 18 y 19.

14 Raymundo Riva Palacio, "Periodismo y democracia", en Este País, núm. 72, marzo, 1997, p. 20.

15 Westbrook Pegler elaboró una caracterización del columnista: "De todos los fantásticos personajes brumosos surgidos de las brumas de la confusión humana después de la Gran Guerra, el más fútil y al mismo tiempo el más pretencioso es el columnista o comentarista sesudo y presto a opinar que conoce de antemano todas las respuestas y es capaz de resolver grandes cuestiones de manera concluyente tres o incluso seis veces por semana". David Randall, El periodista universal, Siglo XXI de España Editores, 1999, p. 210.

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