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textos Davos
Eduardo Torreblanca
Davos no deja de ser glamour global. Tres mil personalidades de prácticamente todo el mundo se dan cita para escuchar opiniones, intercambiar puntos de vista, escuchar regaños de los globofóbicos, atender las advertencias de los intelectuales, las amenazas de los agoreros del desastre, los lamentos sindicalistas. En el contexto de la trigésima reunión del Foro Económico Mundial, prominentes financieros advirtieron la necesidad de prestar atención a las limitaciones prácticas del concepto global que hoy domina estrategias empresariales, impulsos financieros y ejercicios de administración pública. No parece suficiente plantear en Suiza el carente sentido de equidad del nuevo orden económico internacional ansiado desde mediados de la década de los 70. Nadie hace caso en Davos a los llamados de alerta porque hoy, en el mundo global, hay fiesta; un fervor, un entusiasmo orgásmico que no permite atender advertencias. Estados Unidos, la economía eje más importante del mundo, cumple en febrero 107 meses de crecimiento ininterrumpido sin presiones inflacionarias. Ya es tiempo de que los teóricos de la economía internacional regresen a sus cubículos y replanteen los "paradigmas". "Sí se puede", dirían los fanáticos de las lides balompédicas. ¿Quién puede ser capaz de advertir que el escenario global tiene pendientes no atendidos? ¿Quién es suficientemente cínico como para irrumpir en el clímax del festejo global para alertar de la insostenible inequidad de la nueva dimensión económica terrenal? Hay voces que sostienen que se puede anticipar una crisis de mayores dimensiones que la vivida en los últimos meses de 1929 y dio lugar a la gran depresión que hoy todavía provoca malestar con sólo nombrarla. Euforia en el futuro. Eso puede explicar lo que sucede en EU y en sus mercados bursátiles. Dos son las ramas industriales responsables en gran medida de este frenesí: telecomunicaciones e Internet. De manera especial, hay que atender lo que sucede con Internet. La que podría ser considerada como la "nueva fiebre del oro" invita a invertir en los papeles (acciones) de cualquier empresa que tenga como misión ganar dinero en poco más de un lustro, derrochando cientos de millones de dólares mientras tanto; la industria de Internet, la "nueva economía" acuñada para definir el escenario digital, es una industria con mucho futuro y escaso presente. Hacia esas empresas se dirigen afanosos los administradores de los grandes fondos de pensión de la Unión Americana para participar en el juego de las ganancias irracionales. Las acciones de las empresas involucradas con el software utilizado para Internet tuvieron durante 1999, en promedio, una ganancia de 540%. Si esa cifra mediocre le impresiona, sepa de otros rendimientos: Broadvision con 1,491% durante el año anterior; Liberate Tech con 1,506%; Ariba con 1,442%; Purchase Pro con 1,618%; Commerce One con 2,707%. El furor por Internet ocasionó que durante los primeros seis meses de 1999 se efectuaran 231 IPOs (colocaciones públicas de acciones de empresas relacionadas con Internet) con un nivel de recaudación de 26 mil 700 millones de dólares. El apetito por estos papeles provoca que en un solo día haya revaloraciones superiores, en algunos casos, de hasta 600%. Las advertencias de Alan Greenspan en cuanto a la exuberante irracionalidad de los mercados parecen quedarse muy atrás de lo que sucede en el mundo virtual. Ahí se concentran las riquezas ahora; en esas compañías que tienen valor de mercado superior a los mil millones de dólares sin haber sido capaces al momento de generar UN SOLO DOLAR de utilidad. En ese apetito desmedido por los valores "virtuales" puede encontrarse, en gran parte, la razón de ese vigor económico que hace, por ejemplo, que hoy las 15 acciones más destacadas en el terreno de la tecnología e Internet superen el valor que tenía todo el mercado accionario estadounidense hace diez años. Por eso, Davos es un glamour. Siempre será un lujo poder presenciar a los hombres más influyentes en el mundo y poder tocarlos, poder escucharlos sin la intermediación televisiva o radiofónica. Esos hombres, en su gran mayoría, participan de la idea de los beneficios de la economía global. En medio del festejo por las ganancias que a las grandes corporaciones provoca esta dinámica, no falta quien alerte que las cosas pueden descomponerse en detrimento de todas las naciones en el mundo. Cuando llegue ese momento no habrá poderío corporativo que se salve, ni pensionado que logre tener en su bolsillo un dólar para enfrentar su vejez. Y alguien tendrá que recordar la trigésima ocasión en la que tres mil seres humanos se reunieron en Davos Eduardo Torreblanca es director de Información Financiera de los noticieros de Televisa. |
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