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conversación

Me gustan las canciones cursis
"Sin José Alfredo, México sería menos México"

Xavier Quirarte/Joaquín Sabina

Joaquín Sabina ha llegado al medio siglo y lo celebra con 19 días y 500 noches (BMG, 1999), un disco sin maquillajes, armado con una voz esculpida por el humo de su inseparable cigarrillo y el placer de grabar lo que se le antoja. Asistir a una entrevista con Sabina es dejar la solemnidad en la puerta, compartir los conceptos de un músico a quien las musas no le han dado la espalda, a pesar de que mucho las haya maltratado. Es compartir una ronda de bebidas y carcajadas que saben mejor gracias al sabor que les inyecta a las anécdotas. A sus cuarenta y diez, título de una de sus canciones, rehuye la comodidad del éxito y nos ofrece una grabación que está entre lo mejor de su discografía.

El músico que rechaza los discos excesivamente terminados, ha creado en 19 días y 500 noches una serie de canciones que, sin ser primeras tomas, denotan una arquitectura sobria, directa. Sabina se muestra satisfecho con el resultado, pero no deja de ser autocrítico: "Me arrepiento de no haber incluido primeras tomas, pero el disco no me parece excesivamente terminado. Me parece que suena como un demo. Sin embargo, algunas de las primeras tomas son mejores, pero eso es algo que, a estas alturas, no tiene arreglo. Tú haces una cosa semiimprovisada, tiene mucha magia; luego la mejoras, pero en ese proceso se pierden un par de pétalos que eran los que mejor olían. Es inevitable. Por eso yo como escuchador de canciones, en mi casa jamás pongo mis discos, prefiero mis demos".

Sabina no esperaba tan buena recepción del disco por parte del público. "Me ha sorprendido porque es un disco tan despojao, tan austero, tan casi pretendidamente poco brillante, poco maquillado, con la voz decididamente tal como es, pero después de una mala noche. No como cuando grabas y estás en un día tranquilo y fumas menos. Como más me gusto es cantando en casa a las seis de la mañana. Yo creí que 19 días y 500 noches era el hijo que había nacido con menos vocación de ser mayoritario o de estar en las listas, pero ha sido el que más y, además, el más rápido, casi desde el primer día. Eso me tiene estupefacto y, desde luego, feliz. Pero hay algo allí que no entiendo. Tal vez el público es mucho más sensible de lo que yo creía".

Incluir guiños a diversos géneros musicales es un placer al que Sabina no quiso renunciar en aras de un purismo que limita la creatividad. "Uno tiene derecho a viajar a cualquier lugar sin pedirle permiso a nadie. He necesitado valor para hacer rumbas, porque estaban como negadas, aunque yo las tocaba por las noches. En las rancheras fue más la casualidad porque ya las escribía en la época en la que trabajaba con Antonio García de Diego y Pancho Varona. Esbozaba una canción, le ponía cualquier música sólo para que supieran cómo sonaba. Entonces tirábamos la música a la basura y podía convertirse en un rock and roll, un swing, lo que fuera. Cuando fui al estudio con `Nos dieron las diez` les dije que se olvidaran de la música. Cuando acabé me dijeron: `No hay que tocarle nada`. Me quedé muy sorprendido porque realmente creía que había que tirar la música y construir otra cosa. Allí no pasé miedo pero cuando alguien de la compañía decidió que la sacaban de primer sencillo, todo el mundo se aterrorizó. Mis músicos me decían: `Tu público te va a odiar cuando te oigan cantando una ranchera`. Y sucedió. Mi público, ése que se cree depositario de una cosa y que cree que no lo debes traicionar, se enfadó mucho. Me insultaban en la calle".

Surge, inevitable, la presencia de José Alfredo Jiménez, a quien tal vez le hubieran gustado canciones como "Noches de boda" o "Nos dieron las diez". "Creo que a José Alfredo le gustarían las dos, pero tal vez más `Nos dieron las diez`. Porque él nunca funciona con definiciones intelectuales. En `Noches de boda`, en cada frase hay una metáfora o un juego, es un deseo de que alguien sea feliz. José Alfredo diría: `¿Por qué no le dices: ¡Pinche hija de puta!`. No entendería que no la insulte, ni que no dijera: `Lo que te pierdes yéndote`. Lamento mucho no habérsela podido cantar. Hemos hecho una gira con Chavela Vargas en el aniversario de José Alfredo, y cuando lo nombré todo mundo me preguntaba quién era. Y yo les dije lo mismo que me pasó a mí, que lo sabían sin saber que lo sabían. Desde niño había oído diez canciones de José Alfredo porque las cantaban los borrachos de mi pueblo, igual que los borrachos de aquí. Las cantábamos, pero nadie sabía cómo se llamaba. Cuando la gente pregunta quién es José Alfredo, les digo: `Es el autor de 20 canciones que tú te sabes de memoria`. Cuando llegué a México me di cuenta de que seguía vivísimo, y no sólo eso, no podías librarte de él a donde fueras".

La obsesión de Sabina por José Alfredo es evidente en sus palabras: "Yo lo amaba sin haberme dado cuenta de que además tenía unos versos impresionantes, no sabía si la música era suya. No creo que haya otro caso en el mundo que encarne más, por encima de las diferencias de clase ni de generaciones, el alma de un país. Sin José Alfredo, México, al menos el que yo amo, sería menos México. Y luego está la parte de su tremenda intuición; versos como `Cuántas luces dejaste encendidas, yo no sé cómo voy a apagarlas`. Ese verso le echa un pulso a Mallarmé o a quien quieras".

El entendimiento popular hace más feliz a Sabina que el intelectual. "Creo que quien oye una canción y le gusta, lo segundo que piensa es en lo que tú dices. Lo primero es indefinible. Es decir: voy en un taxi leyendo el periódico, de pronto suena una canción que no sé de quién es y le digo al taxista: `¿Le puede subir el volumen?`. Ni me entero de qué habla la letra, pero esa primera escucha es la que te atrapa. Analizarla intelectualmente viene después, pero ni siquiera es necesario. Es necesario sólo para quienes tenemos que aprender de nuestro oficio y para los que escriben en los periódicos. Pero para la gente, desde luego que no. El ejemplo de José Alfredo es maravilloso en el sentido de que sus canciones parecen ser hechas por generación espontánea, no parece que le hayan costado ningún trabajo. Parece que han estado ahí siempre".

Artesano de la palabra, Sabina atrapa por la claridad de sus metáforas, por esa disposición de llegar a la gente común. "Me preocupa que se me entienda. Tengo una clara voluntad, desde hace mucho tiempo, de que se me entienda, sin haber leído a Borges, sin haber ido a la universidad. Eso no quiere decir que quiera abaratar mis canciones; estoy en el límite. Hay veces que digo: `Si no lo entienden no es por mi culpa`. Yo no me dirijo ni a los cantantes, ni a los poetas, ni a los intelectuales, ni a los universitarios; me dirijo a la gente. He quitado muchos versos que me parecían muy buenos, por otros que eran un poco peores para que los entendiera la gente. Al día siguiente no me he conformado, pero no he vuelto al anterior, sino que he tratado de hacer algo que entendiera la gente y que fuera tan bueno o mejor. Eso me lleva mucho tiempo. En este disco he dejado una canción, `De purísima y oro`, que creo que no entiende nadie, pero por lo que he visto en las encuestas les gusta y les emociona, incluso sin saber qué es. En esta canción no hay casi ninguna palabra que no esté en desuso hace 40 años".

Una palabra que, desafortunadamente, no está en desuso, es la de cantautor, que a oídos de Sabina equivale a un insulto. "Es una palabra muy fea, me suena muy mal. Es una mala traducción. En realidad se inventó en España como una palabra ladrillo para darnos con ella en la cabeza. Y para eso era muy adecuada. ¡Es tan fea, apesta tanto! A ti te dicen cantautor y en seguida visualizas a un señor muy aburrido, con una guitarra que te hace estar completamente en silencio, te tiene acojonado y te dice que la humanidad la está pasando muy mal mientras te estás tomando un whisky. ¡Váyase usted a tomar por el culo! Es un sermoneador que confunde el escenario con el púlpito. El caso es que he pasado miles de horas y no he encontrado ninguna mejor. Los cubanos, con esa desfachatez maravillosa que les caracteriza y que no le tienen miedo a la cursilería, se llaman trovadores. Yo me llamo trovador y vomito, pero me encanta la palabra. Admiro que los cubanos no tengan el menor reparo en llamarse trovadores, que es una palabra mucho más hermosa. Los trovadores eran los aristócratas y, los otros, eran los juglares. A mí me han dicho juglar en España, pero a mí me dices el juglar del asfalto y entonces me levanto y no te saludo más. El caso es que la palabra es fea. Yo me enfadaba mucho porque me llamaban cantautor, pero no a Lou Reed o a Cohen. Ellos ¿qué son? ¡Genios! Ah, muy bien".

Tampoco le llamen poeta, porque rechaza el término. "No, yo he dicho mil veces que soy un escritor de canciones, aunque este año sacaré un libro de sonetos, pero cuando escribo sonetos lo hago en otra clave, no lo hago de la misma manera que cuando hago canción, que es un género en sí mismo, con leyes muy estrictas. Uno puede romper las leyes, pero yo no quiero hacerlo. A mí me gustan las canciones con su estribillo, que duren tres o cuatro minutos. Cuando son más largas, es a pesar de mí. De hecho casi todas las que he escrito he tenido que cortarles mucho porque duraban demasiado. Es diferente escribir poemas que canciones. Todos los poetas adoran que se les cante y los mejores poetas no son los mejores letristas de canciones, nunca lo han sido, aunque el origen sea el mismo".

Aunque en los últimos años han surgido muchos cantantes, que también son autores, Sabina no encuentra nada nuevo bajo el sol. "No he descubierto nada muy nuevo desde hace bastante tiempo. Creo que lo más nuevo, que ya no lo es tanto, es Manu Chao, que me gusta mucho. Claro que me gusta toda esa nueva generación de cantantes, por ejemplo Jorge Dresler, que es uruguayo, y Pedrito Guerra, pero los considero buenísimos cantautores, no jóvenes cantautores. Estéticamente no los veo más jóvenes que nosotros, que somos unos vejestorios. Creo que un tipo de 30 años no puede tener las mismas estructuras que Aute, Serrat o yo; debe hacer algo nuevo, algo más arriesgado, más agresivo; tener más desfachatez. En ese terreno quien más me interesa es Manu Chao y, a pesar de él mismo, Andrés Calamaro".

Chrissie Hynde decía que al principio de su carrera le daba miedo ser cursi en sus canciones y que por mucho tiempo lo evitaba, hasta que venció el tabú y escribió canciones maravillosas. "Entiendo lo que decía Chrissie Hynde. Estoy poniendo toda mi energía en echar a la basura todos mis pudores de viejo caballero español y ser todo lo cursi que pueda, porque a mí las canciones cursis me gustan mucho, pero si uno está en un terreno en el que no acabe cayendo de lo cursi a lo repugnante, a lo vomitivo. Hace tres años, cuando me salía una cursilada no la dejaba, ahora la dejo, no sólo en la canción, también en la vida. Es decir, si tengo una novia -cosa que no suele suceder-, le digo: `Vamos a ser cursis, por favor, de una puta vez; no puede uno estar todo el tiempo midiendo las palabras`. Yo soy un corderito, pero soy una puta, por cierto muy barata. Lo que ocurre es que a mí me dan náuseas decir que uno es tierno. A mí me gustan mucho los ingleses, esos que ocultan absolutamente todo y sólo son tiernos en el baño, pero andan en el mundo con cara de duros. A mí ni siquiera me sale bien. Soy muy llorón y últimamente más, ya ni siquiera voy al baño".

Eso sí, Joaquín Sabina rechaza que existan canciones felices, ni siquiera "Ahora que", pieza que abre 19 días y 500 noches. "Es una canción de un profundo pesimismo, porque lo que en realidad dice es: `Falta un minuto para que nos digamos que estamos enamorados; en cuanto lo digamos estamos perdidos`. Es una canción contra el amor. El mejor momento del amor es `antes de`. Eso es lo que dice, al menos lo que yo quería decir. Ese momento es cuando mandas flores. Una vez que estás casado, ¡qué carajos vas a invertir en flores! Manda flores, pero a otra".

La muerte del poeta Rafael Alberti acababa de ocurrir al momento de la entrevista, y su recuerdo es el de un hombre siempre fiel a sus principios de evitar la solemnidad. "Estaba muerto hacía un año y medio o dos, y hay que brindar por él en lugar de ponerse tristes, porque ha vivido 97 años, ha sido un poeta muy feliz, cosa rara entre poetas (creo que él y Neruda han sido los únicos). Ha llevado una vida estupenda. Alberti huía de los intelectuales como de la peste; iba con camisas de colorines y follaba hasta cuando estaba en el hospital. Yo he meado con Alberti en el Museo del Prado, como él había hecho 50 años atrás con Buñuel y Lorca. Esa noche lo llevamos a cenar y a las dos de la mañana estábamos preocupados porque se quedaba dormido. `Rafael, te llevamos a casita`, le decíamos. `No, no, por favor, vamos al Museo del Prado`. Llegamos al museo a las tres de la mañana, nos bajamos y me preguntó: `¿Te gustaría mear conmigo?`. `Encantado`, le dije".

La crítica no le ha quitado nunca el sueño a Joaquín Sabina, mucho menos los reconocimientos. "No es que me sienta más entendido ahora, pero me han perdonado la vida un poquito. Me siento un poco preocupado porque me están cayendo premios por todos lados y me están tocando un poco las pelotas. ¿Qué prefiero, que me den un premio o que no me lo den? ¡Qué me lo den! Pero quiero que me den el premio al artista más arriesgado, joven, guapo y vanguardista, en lugar del premio `a su larga trayectoria`. Lo que yo prefiero después de larga no es trayectoria"

Joaquín Sabina presenta 19 días y 500 noches el 4 y el 6 de febrero en el Auditorio Nacional.

Xavier Quirarte es periodista. Su libro más reciente es Ritmos de la eternidad (CNCA, 1999).

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