etcétera el país el mundo dinero columnas
gente medios ciberia ensayos
cultura mañana tianguis libros
espectáculos águila y sol etcétera
columnas

nostalgia
Capitulación
Julián Andrade Jardí

el revés de la trama
Dudas al vapor
Edgardo Bermejo Mora

bahías
Pluralidad y democracia
Rafael Cordera Campos

barandal
El socialista en La Moneda
Ciro Murayama

textos
Diez años con Los Simpson
María Cristina Rosas

guía de perplejos
Helen Jewett
José Luis Durán King

 

 

 

 

 

por los caminos de sancho

Patético
Camacho perdió el sentido de la realidad

Renward García Medrano

Suplico a vuestras mercedes que se me dé licencia para
contar un cuento breve que sucedió en Sevilla; que, por
venir aquí como de molde, me da gana de contarlo.

Manuel Camacho es un hombre relativamente joven, pero es un político viejo; un fantasma del pasado; un ser humano patético que perdió todo sentido de realidad al no ser designado candidato presidencial del PRI por el presidente Carlos Salinas. Más aún, quizá su desconexión con la realidad venga del momento en que dio por hecho que él, y nadie más que él, sería el sucesor de su amigo de juventud. Quizá venga del día que se enteró de que sería jefe del Departamento del Distrito Federal y no secretario de Gobernación.

El presidente Salinas, a mi juicio, alentó las fantasías de Camacho, quizá como parte del perverso juego sucesorio del pasado autoritario; tal vez para aprovechar sus dotes de negociador, tanto en la difícil etapa postelectoral de 1988 como en la solución -o adormecimiento- de algunos problemas políticos del país. Las intromisiones de Camacho, por orden de Salinas y por cuenta propia, en los asuntos que competían a la Secretaría de Gobernación fueron notorias y, junto con las funciones que José Córdoba tomó para sí mismo, favorecieron el deterioro institucional de esa secretaría, el cual explica, a su vez, que el gobierno haya sido tomado por sorpresa en no pocos problemas explosivos.

Lo cierto es que Camacho jugó -y jugó mal- con las reglas del viejo juego sucesorio, la primera de las cuales decía que ningún aspirante debía dar por segura su candidatura hasta que no fuera expresa y públicamente anunciada por el PRI. Tampoco supo jugar con la regla fundamental que obligaba a los perdedores a legitimar la decisión del Presidente en un público reconocimiento al favorecido por la voluntad de éste.

Camacho reaccionó con indignación, creyó que había sido traicionado por su amigo Carlos y no se percató que había sido rechazado por el Señor Presidente. Amargado pero sobre todo desconcertado, jugó el papel de Lucifer, el ángel preferido de Dios, cuya arrogancia lo sumió en la eterna desgracia. Con un descomunal instinto de supervivencia y ambición, hizo de su frustración un recurso para mantenerse como probable sustituto del tocado por el dedo divino, y aprovechó admirablemente la plataforma que él mismo se construyó -¿o le construyó Salinas?- como representante del Presidente todopoderoso para negociar, incluso a través de concesiones que competen al Congreso de la Unión, la paz en Chiapas.

Pese a su notoria inescrupulosidad y su ambición patológica, no veo a Manuel Camacho como un conspirador. Lo que sí me pregunto es si hubiera estallado el conflicto armado en Chiapas en el caso de que Camacho, y no Colosio, hubiese sido el elegido por el Presidente. Me pregunto qué intereses y fuerzas estuvieron detrás de Samuel Ruiz en los años 80 y propiciaron el levantamiento, precisamente en el momento que más daño podría causarle al Presidente, al candidato del PRI y al sistema político entero. Me pregunto quién fue el estratega, el perito en los complicados intríngulis de la política palaciega, que recomendó esa insurrección, en ese momento y con el pleno conocimiento -y complicidad inevitable- del obispo de San Cristóbal de las Casas.

Quizá no fue necesario alentar a Camacho para que le "vendiera" a Salinas la paz a cambio de un encargo sin cargo público ni sueldo pero con todo el poder presidencial de la época, y menos aún para que torpedeara desde allí la campaña de Colosio. Cualquiera que conociera bien a este personaje podría prever su actuación. Y entre quienes lo conocían suficientemente, de mucho tiempo atrás, están Samuel Ruiz y el propio presidente Salinas. ¿De qué tamaño tuvo que ser la amenaza para que el Presidente accediera a darle a Camacho todas las armas -y recursos económicos sin límite- para acosar hasta la desesperación a su candidato?

Hace mucho tiempo que me formulo esas y muchas otras preguntas respecto al oscuro -por todos conceptos- año de 1994. No las había compartido con los lectores porque no tengo pruebas -¿cómo podría tenerlas un ciudadano común?- de qué fuerzas hasta ahora ocultas encendieron la chispa en las primeras horas del 1 de enero de ese fatídico año. Y aunque creo firmemente que Manuel Camacho sólo fue utilizado por esos intereses, me parece evidente que pudo haber sido el principal beneficiario de lo que sigo pensando que fue una conjura.

Comparto esta vez algunas de mis interrogantes con los lectores porque no entrañan acusación alguna contra nadie y porque, después del incidente de Camacho con Salinas Pasalagua, me parece que ya va siendo tiempo de que alguien esclarezca lo que realmente nos ocurrió en 1994.

La sociedad tiene derecho a la verdad, no sólo por los crímenes que se cometieron ese año, empezando por los adolescentes armados con rifles de palo que fueron empujados contra el Ejército Mexicano, sino porque nada nos garantiza que los grupos de interés que detonaron esas tragedias a través de Ruiz-Marcos se hayan retirado a la vida monacal. Y porque Camacho, que sabe o dice saber tantas cosas, debería informar a las autoridades competentes y al país todo lo que sabe respecto de la guerra en Chiapas, sus ramificaciones y actores

Renward García Medranoes periodista.

principal | correo | publicidad | búsqueda | suscripciones | anteriores