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Pluralidad y democracia
Hace falta debate de ideas y proyectos

Rafael Cordera Campos

La pluralidad política lograda hasta ahora es en primer lugar producto de la decisión y la participación ciudadana. Gracias a quienes han emitido su voto en favor de cada una de las opciones partidarias existentes, éstas tienen representación en los poderes Ejecutivo y Legislativo -y también en otros ámbitos del Estado y los gobiernos- tanto a nivel federal como estatal y municipal. Esta pluralidad, como ya se ha dicho, llegó para quedarse.

Sin lugar a dudas, la existencia de dicha pluralidad representa un avance en el desarrollo político nacional. En pocas palabras, esa realidad es expresión clara de nuestros avances democráticos y, a la vez, de la complejidad social que ha logrado el desarrollo nacional. Nuestro país dejó de ser expresión política de la hegemonía casi absoluta de un solo partido.

Quienes recientemente cumplieron con los requisitos de la ley, que no son fáciles de satisfacer, hoy cuentan con su registro como partidos políticos nacionales. Para las elecciones del 2 de julio contaremos con un total de 11 siglas partidarias, agrupadas unas en coaliciones y otras se expresarán de manera individual. Ese es nuestro espectro político nacional.

La pluralidad ha avanzado y logrado que el ciudadano de la calle tenga más opciones a la hora de emitir su voto. Sin embargo, es hora de preguntarnos si basta con la existencia o aun el crecimiento de esa pluralidad para sentirnos satisfechos, particularmente con nuestro desarrollo político y el grado alcanzado de nuestra democracia.

Para que la pluralidad se convierta en un impulso consistente del desarrollo democrático, es necesario que sea productiva y eso es lo que hasta ahora, en términos generales, está en duda. Por supuesto, una afirmación de dicho calibre requeriría de una investigación verdaderamente rigurosa pues, de entrada, habría que registrar el comportamiento de esa pluralidad en toda la geografía nacional.

En unos estados de la República gobiernan unos partidos y, en otros, formaciones de diferente signo. Las fórmulas de gobiernos divididos, de congresos estatales empatados y un largo etcétera se han asentado de tal manera que para muchos ciudadanos ya son situaciones que no sorprenden. Son todas esas experiencias parte de la cotidianidad de millones de personas.

Sin embargo, y a pesar de situaciones que sin lugar a dudas pueden escapar a las generalidades, la imagen que ha producido la práctica legislativa de la actual composición de la Cámara de Diputados, la que aparece cotidianamente en los medios de comunicación, es desastrosa. En otras palabras, el ciudadano común ve en el Congreso de la Unión unas formas de hacer política en donde lo principal es el ruido, el grito y el desacuerdo. Y esto que se dice rápido, hace aparecer a la política y a los políticos como entes públicos que en nada ayudan a resolver los problemas. Se denigra, pues, a la política.

Por estas y otras razones, hoy que están iniciando formalmente las campañas electorales rumbo a la Presidencia, vale la pena insistir en que el paso estratégico que hace falta para consolidar el avance del desarrollo democrático es, particularmente, aquel que tiene que ver con los pactos y compromisos de Estado y de futuro que incluye, desde ahora, la elevación de miras y el debate de ideas y proyectos, de plataformas y programas.

La sociedad quiere saber de las perspectivas que contemplan desde cada posición política los candidatos a la Presidencia y los partidos y coaliciones que los sostienen y proyectan. Todos ellos tienen sus plataformas electorales, es decir, cuentan con ofertas serias a propósito de los temas más sensibles socialmente hablando, pero también señalan rumbos y necesidades en otros campos, como los económicos, políticos, culturales, etcétera. Ahora, lo que hace falta es que su presentación y debate sean parte sustantiva de las campañas y que, valga la reiteración, se conviertan al mismo tiempo en el piso de compromisos interpartidarios para el futuro.

Los pactos y compromisos políticos, de Estado, y el debate de ideas no pueden ser sustituidos por los reclamos de integridad ni mucho menos por acusaciones y señalamientos sin pruebas. Los dimes y diretes han sido hasta ahora atractivos aunque, cada vez más, también aburridos. La mercadotecnia no resuelve más que en el terreno de las formas y la superficie pero no llega al fondo y la solución de los problemas esenciales. Y en México, en muchos temas, estamos muy abajo, en la profundidad. Es la hora de que se hable claro y con compromisos

Rafael Cordera Campos es profesor en la Facultad de Economía de la UNAM.

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