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Quieren que los repriman

Ricardo Becerra

Este es el momento de recuperar a la Universidad Nacional. El plebiscito ha tenido múltiples efectos, uno de ellos es el nuevo clima político e incluso psicológico que ha inyectado entre la comunidad universitaria, pero sobre todo en el interior del CGH.

Esa cacerola de agravios, ignorancia y mal humor, el CGH, se encuentra hoy en su momento plástico: su dirección ideológica quiere que el movimiento sea desalojado, quiere que se cumpla su visión alucinada de la política y su más cara profecía radical: la represión.

Pero resulta que del lado de las autoridades universitarias, esas células "revolucionarias" no encontraron cerrazón ni necedad, sino respuestas puntuales y ofrecimientos positivos a todas sus demandas y, ahora, tienen enfrente el resultado democrático de una votación masiva: la comunidad universitaria, esa que el CGH dijo representar, le ha dado la espalda completamente, exige la devolución de las instalaciones y discutir los temas importantes en un nuevo congreso, con la Universidad funcionando.

El plebiscito ha puesto un límite preciso: es la respuesta democrática que por primera vez, en estos largos meses, permitió expresarse a esa comunidad postrada. Es el recurso que el rector debe seguir convocando, movilizando, apelando: la comunidad de la UNAM.

Por lo pronto De la Fuente mantiene la iniciativa y en una operación riesgosa pero necesaria, quiso entregar en persona el resultado del plebiscito y reiterar su oferta. Los ultras, apoyados eficazmente por el Frente Francisco Villa no lo permitieron, naturalmente. Siguen estirando la cuerda, quieren lanzar la situación política de la UNAM (y del país) a un precipicio. No estamos ante una necedad de "los muchachos", sino ante una estrategia de ideólogos, grupos y políticos profesionales alucinados que comandan al CGH.

Estamos ante criaturas sobrevivientes de otros tiempos del país y de la UNAM; su ventaja estratégica no la crearon ellos, sino la transición política misma que no pueden entender y en la cual no se reconocen. Los ultras quieren ser reprimidos: eso ensombrecería el escenario nacional, las campañas políticas, confirmaría su mitología y, sobre todo, abriría la coyuntura propicia para reclutar en esos contingentes de adolescentes pintados y enojados, a un pelotón fresco para su causa alucinada.

Los ultras han venido a enseñar -al gobierno, pero sobre todo a las otras izquierdas de la UNAM- cómo se conduce un movimiento de masas. Y nueve meses no han sido suficientes para darnos su lección revolucionaria.

Lo que tiene en sus manos Juan Ramón de la Fuente es una de las operaciones políticas más complejas y delicadas que se hayan visto en la UNAM: convencer, acordar, pactar, con quienes han hecho de la confrontación y el desacuerdo un modo de hacer política y, más que eso, un modo de vida, una fórmula de sobrevivencia en el gueto.

Abrir la UNAM, con política y políticos de lo mejor, sin recurrir a la fuerza. He ahí el quid de la cuestión que ha entendido bien el nuevo rector. Exorcizar los fantasmas del 68 y demostrar -incluso a la ultra- que este país ya es otro. ¿Quién iba a decirlo?, De la Fuente, Narro, Del Val, instrumentando una prueba crucial de la recién estrenada democracia

Ricardo Becerra estudió Economía en la UNAM.

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