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exposición

El silencio del barro
Vocación y lucidez de Gustavo Pérez

Miriam Mabel Martínez

"Nunca alcanzaré a decir todo lo que quisiera decir con mi trabajo", afirma Gustavo Pérez y en esta frase sintetiza no sólo su personalidad como artista, sino que se muestra conocedor de la vulnerabilidad humana y un hombre que sabe que en su trabajo (su creatividad) está su destino, su condición y su redención. Sabe, también, que su propuesta funciona -al igual que el arte- únicamente si juega el juego de la vida; si dejara de jugar, dejaría de imaginar y por consecuencia de creer. La cerámica de Pérez es un acto de fe.

Gustavo Pérez (ciudad de México, 1950) es un artista que se mueve en los centros y en las periferias. En los centros, porque comprende la historia del arte occidental, porque es un hombre que busca el conocimiento de la filosofía, de las ciencias, de las matemáticas como ejes de la creación artística; porque parte de este entendimiento para elaborar sus piezas en las que se concentran sus incertidumbres, sus certezas, sus temores y su tiempo. En las periferias, porque entiende la evolución del arte desde una geografía particular: México; porque en su obra se enlaza su entorno y el mundo; porque, de acuerdo con Augusto Monterroso, quien escribió: "El lugar que uno tiene al nacer es el mismo en cualquier parte donde se nazca, sólo se amplía si uno logra irse a tiempo de donde tiene que irse ya sea físicamente o con la imaginación", está dispuesto a experimentar la técnica, la cotidianidad, los viajes y sobre todo la fantasía en pos de una propuesta artística que no se reduce a él, se trata de una visión de una memoria inserta en la memoria universal, una obra que habla de la vulnerabilidad, del vacío y de la necesidad de expresión del ser humano.

La cerámica de Pérez posee una identidad propia, es un vehículo y al mismo tiempo es la forma, el soporte y el discurso. No se limita a reflejar ni a copiar; sus piezas no son únicamente alusiones o traducciones del mundo tangible y visible, tampoco se queda en la metaforización de lo inasible. Es una mirada y a la vez los cinco sentidos. En cada hueco, en cada curva, en cada grosor están presentes las lecturas, las melodías, las mujeres, el erotismo, las horas. Y como en la música, los silencios -en este caso los huecos, la sensación de vacío- pautan el ritmo.

Sus platones y jarros son más que simples objetos, son juegos de espacio, son ecuaciones, reflexiones amorosas, trazos urbanos: mapas de la vista. El volumen genera movimiento, no son piezas estáticas, en sus bordes se perciben pasos y voces. La tridimensionalidad se convierte en un pretexto para abordar cuestiones abstractas.

Según sus propias palabras, 1971 fue el año en el que incursionó en la cerámica; antes se había dedicado a estudiar ingeniería, matemáticas y filosofía, lo que le marcó una manera particular de contemplar. Sus obras son tan bellas como lo son los números; son, además, pequeños sistemas de ingeniería, en un platón cabe una ciudad con puentes y calles; son, por otra parte, silogismos, premisas y juicios. Pareciera que fue necesario el conocimiento científico para abordar el arte. Por eso, al observar su trabajo, el espectador no sólo se concilia con la estética, lo visto no se queda en la conjugación de técnica y lirismo, va más allá: se trata de ciudades concentradas en pequeños volúmenes, ahí hombres y mujeres trabajan, se miran o simplemente escuchan el tacto de las manos sobre el barro, sonido que se convierte en líneas de pentagramas en los que no existen notas musicales escritas aunque sí sugerentes.

La muestra es una travesía sensorial, los sentidos se colapsan y en la experiencia visual se concentran, además, lecturas, música, recuerdos. Las piezas de Gustavo Pérez son el detonante, el resto se construye en los ojos y en el cuerpo; al contemplarlas, podemos pensar en Joyce o en Borges, en Cage o en Einstein, en el mundo del autor y en la injerencia que hacen esos universos en el propio.

Existe otra cualidad del trabajo: la elegancia. Un refinamiento no buscado sino natural. Las manos haciendo cerámica, escribiendo historias, consolidándose un lenguaje autónomo, y no precisamente porque la cerámica sea poco trabajada por los artistas mexicanos, ni porque la originalidad radique en las formas, el estilo proviene de bases bien asentadas; se trata de una propuesta que no tiene nada que ver con la moda, ni con imitaciones, ni con caprichos, mucho menos con el accidente. Cada obra es una idea, cada una está estructurada y es bajo sus propias necesidades formales discurso estético y lírico.

La exposición Gustavo Pérez. Cerámica reúne 131 piezas de producción reciente trabajadas en diversas técnicas: torno, pastillaje, construcción con placas, y van desde vasijas torneadas hasta instalaciones, relieves y esculturas que hablan de una vocación y la lucidez del artista para conocer su medio y trabajar su propuesta artística: "No sé por qué he dedicado mi vida a la cerámica, no puedo explicar esa decisión. Lo único que recuerdo con precisión imborrable es que al encontrarme con el barro y el torno de alfarero se me impuso ineludiblemente una idea: eso es lo que yo quiero hacer". El resultado de este compromiso es la calidad y lo gozoso que resulta la contemplación de la obra.

Quizá también esta exposición sea una muestra del hombre que asume su destino, que conoce sus talentos y sabe que sus manos y mente son productores, que se fía lo necesario del azar y que sobre todo se dedica al estudio, experimentación y refinamiento de su obra. Lo más impactante de esta exhibición es el artista que está presente en sus piezas como un vehículo, no como un protagonista: guía el barro, lo moldea, lo pinta sin hacer referencias a su persona; no son retratos, son propuestas que hablan del mundo visible e invisible en el que todos vivimos.

El autor juega con las posibilidades de los volúmenes, aun en la irregularidad de los bordes, en aparente caos existe un orden. Matemáticas aplicadas al arte. Ecuaciones con incógnita resueltas a la perfección. El trabajo diario de unas manos que han aprendido cómo y dónde actuar, los dedos ejercitados para tocar nuevas piezas. Comparo a Gustavo Pérez con un pianista, ambos saben qué compás necesita más fuerza, qué nota debe ser más débil, en dónde los silencios son imprescindibles. Plato con partitura (1999) ofrece ritmo a la vista, un pentagrama visual, que no necesita tener exactamente cinco líneas y cuatro espacios.

En Paisaje las líneas figuran una ciudad o una vista distinta a esa ciudad concentrada en una vasija o en un platón y tal vez Pared tejida (construcción), de 1999, sea un acercamiento a un elemento particular de esa metrópoli.

En Acoplamiento, Forma orgánica, Nudo, Gustavo Pérez hace referencia a la sensualidad del cuerpo femenino, a su sexo, y de pronto la vista se sorprende ante la textura de los materiales, ante las formas que son perseguidas por el erotismo. Las diez piezas que integran Flor (secuencia-composición) bailan y se mueven, pétalos que se abren y en los huecos nos encontramos con la serenidad.

La obra de Gustavo Pérez es única porque posee un lenguaje propio, es continua porque se aprecia el desarrollo del artista, es independiente porque no necesita de similitudes ni de aceptaciones. Es barro, manos, mente y creatividad. Es idea, metáfora y palabra. El espectador la mira y se topa con la belleza, poco importa deducir influencias, o querer extirpar de cada pieza un discurso conceptual o una teoría; interpretarlo y tratar de definir temas, razones, estructuras complejas de construcción o si se trata de visiones postmodernas o de un trabajo basado en la traducción de las pugnas de la historia del arte o en parodias de la vida social o en denuncias, está de más. La obra está ahí excitando a la vista, despertando a los sentidos; es ella con su volumen y elegancia, está el artista con su conocimiento y con su habilidad. Está lo lúdico y lo intelectual. En cada pieza relata la historia que el espectador quiera escuchar. La belleza está ahí, dispuesta entre volúmenes y huecos.

Gustavo Pérez provoca, sus piezas invitan a hurgar en los silencios

Gustavo Pérez. Cerámica. Museo de Arte Moderno, hasta el 13 de febrero.

Miriam Mabel Martínez es becaria del Fonca.

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