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guía de perplejos Helen Jewett
José Luis Durán King
En algún momento después de la medianoche de la primavera de 1836 el cuerpo de una bella y afamada prostituta que se hacía llamar Helen Jewett fue hallada en trozos que se rostizaban por el fuego producido en su elegante cama de caoba. Conforme los detalles del "Asesinato de Helen Jewett" se hicieron públicos en los periódicos de la época, el crimen de esta prostituta se convirtió en uno de los mayores escándalos del siglo XIX estadounidense. La joven de 23 años se dedicaba a la prostitución desde hacía un lustro y parecía que su éxito continuaría en ascenso gracias a su posición privilegiada en un amable burdel de Nueva York al que acudían prósperos comerciantes, empresarios y oficinistas que se asentaban en Manhattan provenientes de las distintas aldeas de Nueva Inglaterra. Helen Jewett también era un presencia familiar en el teatro, donde las prostitutas contaban con su propia sección de descuento; asimismo, frecuentaba el área de Wall Street portando vestidos de seda verde y joyas. Fue uno de los clientes más asiduos de Helen, un joven de 18 años, a quien se inculpó del asesinato. Richard P. Robinson era un oficinista bien remunerado, perteneciente a una familia decente, que bajo el nombre de Frank Rivers frecuentaba los estilizados burdeles en los que Hewett paraba regularmente. Todas las circunstancias señalaban a Robinson como el asesino. La matrona del burdel, Rosina Townsend, identificó al oficinista como el acompañante de Helen la noche del crimen. Una hacha y una capa fueron halladas en la ruta de escape del homicida, artefactos que condujeron a la aprehensión de Robinson. Townsend también señaló que Helen y "Frank" hacía poco se habían devuelto sus cartas, como resultado de una disputa reciente. Las cartas que sobrevivieron al fuego sugerían que Hewett había amenazado a su amante de denunciarlo por desfalcador. La historia de Helen Jewett no es de ninguna manera un asesinato misterioso, ya que las evidencias contra Robinson era extremadamente persuasivas. Sin embargo, el caso rebosa de otros misterios, del tipo que interesan a los historiadores. ¿Por qué el asesinato de Jewett y el juicio de Robinson hicieron correr ríos de tinta en los periódicos de la época, no sólo en Nueva York sino en todo Estados Unidos? ¿Cómo pudo tanta gente estar del lado de Robinson, incluyendo al juez, a la luz de las evidencias de culpabilidad de aquél? Y, por supuesto, ¿por qué una mujer bella e inteligente como lo era Helen Jewett se convirtió en carne de burdel? Como lo mencionaba en el párrafo anterior, el caso tuvo que despertar la curiosidad de los historiadores y, gracias a ellos, hoy sabemos que Helen Jewett en realidad fue una empleada doméstica de lujo llamada Dorcas Doyen, nacida dentro de una familia de nuevos ricos que daba a sus empleados la oportunidad de acceder a privilegios que ni siquiera gozaban en esa época jóvenes de otros estratos sociales. Así, Dorcas aprendió la fina costura y desarrolló el gusto por la literatura. Las circunstancias de su desgracia son oscuras. Algo sucedió a Dorcas a sus 18 años que condujo a su expulsión de la servidumbre de la casa de la ciudad de Augusta en la que había nacido, por lo que tuvo que buscar abrigo en Portland. Ahí fue seducida por un joven del que se enamoró, según ella contaba a sus clientes, aunque sus vecinos de Augusta rumoraban que la joven mantenía desde hacía mucho tiempo relaciones con varios compañeros sexuales. Al parecer, esta última es la tesis más consistente de la conducta de Dorcas, pues muchos jóvenes asediaban a la cultivada muchacha y ésta a su vez veía en ellos la posibilidad de hacer fortuna y obtener su libertad financiera. Por ejemplo, uno de los amantes de Dorcas era un estudiante del Bowdoin College que compartía con la prostituta el gusto por leer a sir Walter Scott. Para muchos de los contemporáneos de Dorcas-Jewett fueron los libros los que orillaron a que la joven abrazara la prostitución. La moraleja del horrendo crimen, de acuerdo con los panfletos de entonces, era contundente: "Eviten los peligros de las novelas... es imposible leerlas sin resultar heridos". Por supuesto, tales advertencias resultan hoy deliciosamente irónicas, cuando los voceros anodinos sobre todo de los medios de comunicación electrónicos ven a la Internet como fuente de corrupción. Pero no sólo las perversiones literarias de Jewett fueron motivo de anatema social; existían otros elementos que inculpaban a la sediciosa prostituta. Jewett fue una mujer económicamente independiente, que ganaba alrededor de 50 dólares semanales producto de acostarse con diez clientes relativamente fijos. Cincuenta dólares como sea eran una cantidad exorbitante para muchos hombres de ese periodo, amén de una cifra siquiera imaginable para las mujeres, que en aquella época en su mayoría vivían de lo que su marido les daba. No es de extrañar, pues, que pese a todas las evidencias en contra de Richard P. Robinson, éste fuera declarado no culpable, gracias a que el juez desestimó los testimonios de la matrona Townsend y de otros argumentos "contaminados". Como han señalado los historiadores que se han ocupado del caso, Jewett fue una más de las trabajadoras sexuales cuyo sacrificio sólo ha servido para empedrar el largo y sinuoso camino de la moralidad José Luis Durán King es autor del libro de cuentos Tabula Rasa. |
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