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de la imprenta reseña
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tintero Literatura armada
Eve Gil
Luisa Valenzuela es la primera mujer que figura en la colección Cuentos completos de Alfaguara, que acuña, entre otros, a Julio Cortázar, Augusto Monterroso, José Donoso, Alvaro Mutis y Sergio Pitol. El ingreso de la escritora argentina (Buenos Aires, 1938) a este sector privilegiado resulta harto significativa: equivale a la admisión -tardía- de una mujer con los méritos suficientes para haber representado a la minoría femenil en el llamado boom latinoamericano, pero a quien se le marginó -como a otras escritoras brillantes y poco conocidas: Albalucía Angel, Clarice Lispector, etcétera- debido a la postura patriarcal de la histórica eclosión. De Luisa dijo Jorge Luis Borges: "Es capaz de matar a su madre por un juego de palabras", y quien sea lo bastante audaz para asomarse a su caldera habitada por militares cruentos pero celosos, damas intrépidas, caperucitas feministas, embajadores memoriosos, princesas en huelga y otras criaturas disímiles, estará viviendo de pronto la aventura psíquica-intelectual más excitante, porque la literatura de Luisa Valenzuela no tiene paralelo sino con la montaña rusa. Hija de la escritora Luisa Mercedes Levinson, Luisa fue una niña de mirada aguda y alborotados rizos negros, para quien compartir la cena con Jorge Luis Borges, Ernesto Sabato, Eduardo Mallea y Adolfo Bioy Casares, era parte de la tarea y el fuego del hogar. Leyéndola es fácil dilucidar todas esas inteligencias atrapadas en su pluma, no como influencias literarias -si bien Borges nos hace guiños repentinos- sino como influencias de crianza. Admirada por Julio Cortázar, quien vivió manifestándose porque a Luisa se le admitiera en el "club de Tobi", publicó tempranamente -a los 21 años- su primer novela, Hay que sonreír, de la que no queda constancia, pero confirma su filosofía personal. No para desde entonces, ni aun durante la amenaza latente de López Rega, "el brujo" de su novela Cola de lagartija (donde la parodia se gradúa de obra maestra) que bien pudo salir de la pluma de Luisa si la naturaleza no hubiera dispuesto su infausto existir. Obligada por la censura, la escritora huye rumbo a México donde permanece algunos años. Aquí, Luisa desarrolla su faceta abstracta y publica, bajo el auspicio de Joaquín Mortiz, El gato eficaz (1972), especie de fábula erótica. Nadie manipula la ironía con su clase, porque en Luisa lo irónico rebasa el discurso para invadir la estructura del texto: algunos cuentos imitan la hechura del instructivo, otros juegan con los espacios de sangría, las divisiones silábicas, y cada efecto visual quiere significar algo de vital importancia para la comprensión de la historia. Por otra parte, su asombrosa capacidad para reorganizar el cosmos en apenas una oración, se traduce en excepcionales "minicuentos" que son el motor de Libro que no muerde (1980), uno de los volúmenes que conforman la antología ¿La pasión de mi vida?: sacarle punta al lápiz. ¿De dónde, se pregunta uno antes de conocer los antecedentes biográficos de Luisa, extrajo esta mujer un estilo tan individual, tan hermético en cuanto a la posibilidad de imitación?, punto número uno: la ironía, ¿qué es eso?, según el Pequeño Larousse ilustrado: "Burla o sarcasmo que consiste en dar a entender lo contrario de lo que se dice". En el caso de Luisa, es también la risa como arma para combatir el dolor, de ahí que sus textos celebren con humor circunstancias tan terribles como el desamor, la tortura o la represión. Su libro más representativo a este respecto -y el mejor de su producción cuentística, considero- es Cambio de armas, que abordaré más adelante. Punto número dos: la necesidad de eludir la censura, que la obliga a adoptar el recurso del hiperrealismo. En un duelo intelectual entre Luisa y López Rega (el censor), salta a la vista quién sale ganando y por cuánto margen. Concluimos: hiperrealidad e ironía, acoplamiento por demás difícil pero, en este caso concreto, afortunado. Curioso es que Luisa jamás cite autores ni obras, que en cambio se explaye generosamente sobre la significancia de su quehacer literario, por lo que el diálogo perenne con el lector vendría a ser su tercer distintivo, esa especie de avisar, "entendé, esto no es fácil". "El zurcidor invisible", cuento incluido en el libro Simetrías (1993), es una enseñanza inolvidable de escritura, más que los muchos manuales elaborados para tal fin. La voz narrativa, perteneciente a una maestra de taller literario -la propia Luisa, quizá-, ilustra cómo el asalto sufrido por una alumna, la conmina a imaginar las diversas versiones del suceso: "Se supone que soy maestra, la conductora de un taller de zurcido noinvisible, de zurcidos por cierto bien visibles tratándose como se trata de letras negras sobre la blanca página" y, más adelante, "Todas las palabras son el miedo. Y no hay nada que no pueda ser escrito. Ahuyentá ese miedo escribiéndolo". Otras frases dignas de figurar en el decálogo de un escritor emergen en los cuentos "Transparencia" (incluido en Tormentas, de 1992) y "Simetrías" (que da título al libro del que se extrae): "Cosa delicada, el lenguaje: debemos afinar nuestro instrumento a la perfección para que no quepa ni un adarme de duda, ni una mínima gota de ambigüedad o incertidumbre" y "Palabra que puede llegar a ser la peor de todas: una bala. Así como la palabra bala, algo que penetra y permanece. O no permanecen en absoluto, atraviesa. Después de mí el derrumbe. Antes, el disparo". Guerra. La atmósfera distintiva de los textos de Luisa, sin importar dónde se desarrollen. Aun en los más bucólicos -si me permiten la ironía, pues nada más reñido con lo pastoril que Luisa- late una bomba que habrá de estallarle en plena cara al lector, a veces al final, otras, desde el título mismo. Cambio de armas se regodea en un tema que Luisa ya había tocado anteriormente, aunque sin el abrumador pesimismo que delimita aquél: la guerra entre sexos, "cuando oigo la palabra amor saco la pistola", dice la escurridiza heroína de "Viaje" (Tormentas), así, sin coma intermediaria. Este cuento retrata sin piedad la anatomía sentimental de una mujer de la generación en que la emancipación amorosa es un ensayo que todo lo confunde. En Cambio de armas va mucho más allá, y es probablemente el cuento donde predomina el lado lúgubre de Luisa: ese lado poseído por el fantasma del terror. El cuento que da título al libro palpita como una mina entre las manos. No hay sonrisa. Es una historia de tortura, de dominación alevosa del hombre sobre una mujer sin memoria. El lector persigue ansioso el destino de Laura, sabe, desde las líneas primeras, que está a punto de saber algo que nunca olvidará. Luisa ha señalado que la realidad histórica de su país supera por mucho a su ficción, que era común y corriente que los militares de alto rango se "entretuvieran" con prisioneras en las cámaras de tortura. En "Simetrías" explota la cara irónica del asunto, pero "Cambio de armas" da cuenta del dolor físico y moral de la víctima. Dentro de ese mismo libro se localiza una joya que recoge una gama de recursos narrativos: "Cuarta versión", historia romántica -la única del catálogo cuentístico de Luisa- que flirtea burlona con el tono de la tradicional novela rosa, pero queda redondeada por la incisiva voz narrativa que patentiza su dificultad para ofrecer una versión a la altura de las circunstancias: Luisa, otra vez, imponiéndose en escena, narrándose a sí misma y nos ubica en una especie de teatro de títeres, donde Bella, la bella refugiada de una embajada, se convierte en la obsesión amorosa del embajador, dando pie a una relación juguetona, persecutoria, onírica, que desemboca en conmoción. Los diálogos entre los dos protagonistas son sabiduría permeada de frivolidad: la voz del embajador es acaso la más aterciopelada en el universo narrativo de Luisa Valenzuela. Feminista declarada, Luisa es también lo bastante imaginativa para manifestarse al estilo Simone de Beauvoir. Sus personajes femeninos están conscientes de su condición desventajosa, pero ni se lamentan ni se extravían en diatribas: se mofan. Dirigen su mirada despiadada y no exenta de azoro y compasión a las absurdas disposiciones del mundo regido por el hombre. Del mismo modo que no le ha afectado a Luisa no lograr las ventas de aquellas que han hecho de la cocina, el realismo mágico y los avatares de la pareja su leitmotiv, tampoco ha patentizado malestar excesivo por su exclusión del botín de la gran literatura latinoamericana. Su feminismo no es de rencor y minusvalía, sino pleno de risa. El libro que más pudiera significar a esta faceta es Cuentos de hades (1993) donde, mediante una reescritura de los más populares cuentos de hadas, explora la psicología de esta estela de príncipes azules, bellas durmientes, hadas zalameras y niñas precoces, y desentraña así la simbología moralista que duerme en el fondo de estas narraciones. Lo que hace Luisa, en concreto, es exponer el brasier que Perrault ocultaba entre sus ropas. "Si esto es la vida, yo soy Caperucita Roja", plantea la freudiana teoría de la envidia de la madre por la hija -tema abordado desde una óptica más realista en "Cuchillo y madre", del libro Simetrías- y pone en relieve las verdaderas intenciones de la madre de Caperucita que la empuja a las profundidades del bosque, a sabiendas que ahí acecha el lobo, el violador. En "4 príncipes 4", yuxtapone los vicios y las taras que viene arrastrando la mentalidad masculina, que conserva el ideal principesco de buscar a su bella durmiente, la que escucha pero no habla. Finalmente, "Avatares" alegoriza la concepción del papel jugado por el padre en la vida de las mujeres, nada más y nada menos que a través de los padres ausentes de Cenicienta y Blancanieves: "Los ronquidos de los padres no llegan allí, donde las niñas empiezan a cobrar brillo propio" Eve Gil es escritora y periodista. Correo: acuarius94@ yahoo.com |
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