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barandal El socialista en La Moneda
Ciro Murayama
El nuevo triunfo de la Concertación en las elecciones presidenciales en Chile, el pasado 16 de enero, es una noticia alentadora, cargada de significados, y resume una experiencia positiva que descansa en ciertas claves de la actuación de parte de sus actores políticos centrales. Esta vez, además, el candidato de la coalición triunfante proviene del Partido Socialista y no de las filas de la Democracia Cristiana, lo que habla del avance de la democratización chilena y de cómo van despejándose los prejuicios y hasta los temores que durante años fueron sembrados -en buena medida a golpe de terror- contra la posibilidad de que la izquierda encabezara aquella nación. A diferencia de lo que dice el famoso tango, en ciertos asuntos 20 años son una eternidad, pero al echar la mirada dos décadas atrás y comparar aquella película con las portadas de la prensa de hoy, no se puede sino reconocer un cambio profundo y constructivo, que refleja a un país habitable para sus ciudadanos. El triunfo de Lagos es de la izquierda, pero hoy podemos congratularnos de su victoria precisamente porque se consiguió no sólo desde la izquierda sino en una operación inclusiva más amplia. Desde la segunda mitad de los 80, los socialistas buscaron tender puentes con la Democracia Cristiana para derrotar por la vía electoral a la dictadura, trabajaron juntos por el "no" en el plebiscito y aceptaron un marco de reglas de participación que si bien no les resultaba satisfactorio, respetaron. A partir de 1990 han colaborado en los gobiernos de la Concertación, después de haber perdido elecciones primarias, y se han responsabilizado de distintas carteras. Esa izquierda chilena que ha sabido esperar y sumar, ahora insiste en proseguir con la reconciliación, y no tiene otra alternativa para responder a los votos que obtuvo una amplia coalición donde la centroderecha tiene un peso relevante. La moderación de los socialistas, incluso con tantos agravios a cuestas, su apuesta por una transformación certera aunque lenta, ha sido una de sus grandes virtudes. El nuevo gobierno se enfrenta a una coyuntura económica menos favorable que la que encararon al inicio de sus gestiones Aylwin y Frei. Lagos ha dicho, efectivamente, que el sector privado será el motor del crecimiento, que impulsará políticas redistributivas y de empleo, que mantendrá y promoverá la inserción internacional de la economía chilena y que, en suma, su mandato no será uno que dé grandes virajes en la conducción económica. Discrepando con las respectivas notas de las profesoras María Cristina Rosas y Gloria Abella, aparecidas en estas páginas la semana pasada, no creo que las definiciones de Lagos le hagan un socialista sólo de "titulares" o que su pretensión se reduzca a "tranquilizar a inversionistas nerviosos". Como a los socialistas europeos, a los chilenos ahora se les puede reprochar que asuman que el mercado es un buen asignador, aunque imperfecto, de recursos, y que concedan a la acción estatal un rol más distributivo y de conducción económica que de empresario e inversor (afirmar que el sector privado va a ser el "motor del crecimiento" quiere decir simplemente que será el responsable principal de la inversión que se realice y de la generación de producto en un escenario de restricciones reales -no ideológicas- donde no puede esperarse tal cosa de las arcas públicas). Además, enviar señales "tranquilizadoras" a los agentes externos es responsabilidad de los gobernantes en un mundo de economías abiertas, sea cual sea el signo del partido que les llevó al poder. Las señales equivocadas acaban haciendo favores semejantes al que nos hizo Serra Puche hace un sexenio. Por otra parte, no encuentro evidencia en la literatura económica que se ha ocupado del caso chileno en los últimos años, y tampoco en el texto de la profesora Abella, de que sea la inserción internacional de la economía de aquel país el elemento que esté condicionando un desarrollo más igualitario. Lo que hemos visto en el caso de los países menos desarrollados de la Unión Europea, así como en México y en Chile, por citar algunos ejemplos, es que los procesos de liberalización favorecen más a unos sectores que a otros, que pueden llegar a imprimir distintas velocidades al crecimiento económico y que tienden a subrayar procesos de dualización que, desde antes, aparecían en los tejidos productivos internos. Por lo mismo, la apertura e inserción económica internacional no son la panacea ni el remedio principal a los males endémicos de las naciones (como quisieran los free-traders), pero tampoco cabe achacarles problemas que se encuentran fundamentalmente en las fallas estructurales y de articulación del mercado doméstico. Y ahí, las políticas fiscales y de distribución de la renta, de promoción y realización de inversiones en áreas donde el sector privado no acudirá, por lo menos, son los instrumentos por excelencia, en nuestros días, de la política económica. Así, las pegas de Rosas y Abella al programa de Lagos, me resultan más fundadas en la pretensión de encontrar alineamientos simples y ya anticuados para la izquierda, que en la intención de comprender la complejidad de la economía política actual y las enseñanzas de la historia económica reciente, de las que la izquierda ha de hacerse cargo si quiere gobernar y, más aún, dotar de vigencia a los objetivos que le dan singularidad. A mi modo de ver, asumir las restricciones -por feas que nos resulten- que la economía contemporánea impone y aun así saber elegir las herramientas y las directrices de política para generar crecimiento y equidad sin desmoronar la estabilidad macroeconómica -que cuando se derrumba arrastra al conjunto de metas económicas-, es responsabilidad de todo gobierno que pretenda hacer algo más que quitar obstáculos a la inexistente competencia perfecta o echar mano de una demagogia que la experiencia demuestra insostenible e infructuosa. Encontrar espacios para impulsar la equidad sin darle la espalda a la realidad económica es, creo, la tarea de la izquierda y, también, la serena y sensata apuesta de Lagos. Esperemos que tenga viento en favor Ciro Murayama es economista por la UNAM. Realizó estudios de postgrado en la Universidad Autónoma de Madrid. |
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