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ETA vuelve a matar

Christian G. Polanco

Madrid, España. Regresan los ríos de sangre; las explosiones y los coches bomba. La gente sufre. Nadie entiende y apenas unos pocos saben el significado de la palabra cordura. De nuevo, el miedo se ha apoderado de las calles españolas. ETA regresa: la explosión de 20 kilos de dinamita instalados en un coche mata a Pedro Antonio Blanco García, teniente coronel de la Guardia Civil, de 47 años y con quien, a su vez, murió cualquier atisbo de esperanza.

Habían pasado 53 días desde que la organización terrorista ETA anunciara el cese unilateral de la tregua. Habían pasado casi 19 meses desde que la organización terrorista asesinara a su última víctima: el político del Partido Popular, Manuel Zamarreño. Habían pasado tres años desde que ETA cometiera su último asesinato en Madrid: el magistrado del Tribunal Supremo Rafael Martínez Emperador. Restan menos de 50 días para las elecciones legislativas en España.

Pedro Antonio Blanco García, casado y con dos hijos de 16 y nueve años, conocía estos datos de memoria. Era teniente coronel del cuerpo de seguridad español de la Guardia Civil, uno de los principales objetivos de ETA en su carrera criminal de 30 años. Por ello, en la calle siempre vestía de paisano. Vivía en una zona de residencias militares, foco de siete atentados de ETA. El viernes 21 de enero, cuando las luces del alba daban paso a una mañana fría y soleada en la capital de España, se despidió de su esposa, María Concepción Martín, y salió de su casa. Las medidas de seguridad y protección se intensificaron cuando ETA anunció la ruptura de la tregua. Todos imaginaban un nuevo atentado. Pedro fue el muerto 810 de la banda terrorista. Y se resquebraron más aún las grietas políticas, y las emocionales de un país dividido en la estrategia, en las reglas del juego democrático para acabar, de una vez por todas, con la bestia negra y sangrienta de España.

Pedro Antonio Blanco se dirigió a pie por la Avenida Virgen del Puerto hacia la calle de la Pizarra, donde le esperaba todos los días su chofer. Ese viernes también lo esperaban sus verdugos. Atentos a los movimientos del militar en los últimos meses, sabían exactamente cuándo pasaría al lado de un Renault modelo Clío, color rojo. A las ocho horas y ocho minutos de la mañana, accionados con un mando a distancia, a sangre y corazón helado, 20 kilogramos de dinamita destrozaron el cuerpo y la vida del teniente coronel. La onda expansiva dañó 14 automóviles y 32 viviendas cercanas, e hirió levemente a Sara, una joven de 13 años que se preparaba junto a la ventana de su casa para ir a la escuela. Una acción que -según el presidente del gobierno español, José María Aznar- "tendrá consecuencias". Los españoles sufren como hace año y medio la vuelta del terrorismo y han escuchado esas palabras en decenas e incumplidas ocasiones. Seguramente Pedro Antonio Blanco las oyó decir alguna otra vez en compañía de sus hijos o bajo el féretro de un compañero asesinado. Los políticos españoles están más divididos que nunca. Y ETA vuelve a asesinar, extorsionando por la vía de la sangre. Habrá más muertos.

En el País Vasco, en Madrid, en Andalucía -tres de los lugares con mayor número de atentados perpetrados por ETA- la vida diaria cambió el viernes. En la calle, militares y ciudadanos civiles -sobre todo políticos- vigilan los pasos y la mirada de cualquier rostro sospechoso. Los amenazados revisan su coche de arriba a abajo cada vez que van a utilizarlo, mientras su familia espera -atenta y temerosa- a 200 metros. Las fotografías de supuestos etarras vuelven a erigirse como imágenes buscadas en centros hospitalarios, policiales, institucionales. Y los políticos lamentan las muertes y se enzarzan en una pelea verbal entre ellos.

A las ocho horas y nueve minutos de la mañana, los vecinos de la colonia donde explotó la bomba sólo sabían que un coche envuelto en llamas había explotado. Periodistas y políticos se apersonaron en el lugar de los hechos y, en minutos, se supo de la existencia de un muerto. Pero no su identidad. A las pocas horas se averiguó que se trataba de Pedro Antonio Blanco, y los medios de comunicación empezaron a difundir la noticia. Su esposa y sus hijos estaban viendo la televisión en ese momento. Ante la noticia, uno de los niños gritó: "¡Mamá, es papá!", y comenzaron los llantos.

Los etarras que cometieron la acción hicieron explotar el coche utilizado para la huida a dos manzanas de la primera detonación. A las 8:45 de la mañana. La conmoción fue entonces mayor y, también, la confusión social: más alarmas ante sospechas de otros coches bomba, un policía mata a un delincuente común al confundirlo con uno de los etarras_ La "Operación Jaula" no logra detener a los asesinos y el Comando Madrid de ETA acaba con resultado favorable su reunificación, aquella que todo el mundo llora y lamenta.

Euskal Herritarrok (EH), brazo político de ETA, anunció hace meses que no se presentará a las elecciones legislativas del 12 de marzo porque no creen en la Constitución española. No iban a intervenir por esa vía. Gran parte de la población española cree haber descubierto la verdadera vía de actuación en el proceso electoral: la que se inició el viernes por la mañana.

La actuación de las fuerzas de seguridad del Estado impidió que el primer atentado de ETA tras la ruptura de la tregua se perpetrase el 20 de diciembre de 1999 y el 4 de enero de 2000. El primer día estaba previsto que explotasen en Madrid dos camionetas con mil 700 kilogramos de explosivos. Para el segundo, el Comando Vizcaya tenía preparada otra acción criminal. Nadie pudo detener la tercera y certera acción. Como declaró el comandante José Luis Ruiz, "cuando van por uno es difícil escapar". Sólo basta, para volver a empezar, que ambas fuerzas enfrentadas hablen, alguna vez, el mismo lenguaje. Si no, el entendimiento seguirá siendo imposible, y las muertes, constantes

Christian G. Polancoes periodista español. Correo: krahe@mixmail.com

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