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¿Se puede perdonar la deuda Ricardo Becerra
Un consenso internacional: casi todos los países pobres cargan con una deuda externa muy importante, con pagos anuales que drenan su capacidad financiera y, lo peor, parecen estar condenados para siempre a ese vía crucis que les quita recursos y los coloca en el desesperado papel de ingentes buscadores de dólares... simplemente para poder pagar. Como informa el economista español Luis de Sebastián, típicamente el peso de la deuda se coloca en un rango que va de 30 a 40% del valor de sus exportaciones anuales. Es una fuga sistemática de recursos que impide a los países pobres avanzar rápidamente cuando no provoca retrocesos o bloqueos irremediables (como Nicaragua, Honduras o Mozambique, por ejemplo). Según el informe preliminar World Economic Outlook, del FMI, la deuda total de los países en desarrollo llegó en 1999 a dos billones de dólares; usted leyó bien: dos millones de millones de billetes verdes como deuda de Africa, Asia, Oriente medio, Europa del Este y América Latina. ¿Y cuál de estas regiones está más endeudada? Adivinó: América Latina. Muchas razones explican por qué hemos llegado a este punto. Cierta izquierda en México como en Europa quiere explicarse esta impresionante carga sólo a partir de la malignidad imperialista, como si los centros financieros mundiales hubieran obligado, contra la voluntad de centenas de gobiernos nacionales, a pedir deuda tras deuda y, además, los hubieran inducido a administrarla tan mal como lo hicieron. Pero la cosa no es así. Cierto que la contratación de deuda en dólares y la manipulación de las tasas de interés es una decisión de los países poderosos, y en esa medida son plenamente responsables de la situación. Pero el problema se multiplica cuando los gobiernos locales no usan la deuda de manera previsora y constructiva sino, simplemente, tapan agujeros del presente sin consecuencias productivas. El FMI calcula que 40% de los préstamos contraídos por países pobres en 1998 fueron deudas asumidas para pagar otras deudas y para saldar retrasos. Y es que los países en desarrollo son así, precisamente porque todos, sin excepción, padecen de un síndrome económico funesto: están estructuralmente inducidos al endeudamiento; en otras palabras, sus propias necesidades los rebasan, no pueden vivir de los recursos propios. Varios determinantes concurren a este cuadro patológico: Así hemos llegado a este punto: la deuda está consumiendo ¡22% de lo que produce Africa al año!, y está absorbiendo ¡45% de los ingresos en dólares que América Latina consigue a través de sus exportaciones!... exportamos para pagar. Dada esta insostenible realidad financiera, acompañada por el ambiente jubilar del año 2000 y azuzada por las catástrofes naturales -especialmente por los efectos de los huracanes en Centroamérica y el Caribe- se ha planteado en varios foros y por personalidades muy importantes (desde Bill Clinton hasta el papa) esta necesidad: condonar la deuda externa a los países más pobres. Pero, ¿a quiénes?, ¿cómo?, ¿con qué criterios y, sobre todo, con qué consecuencias? Hay que volver a ello la próxima semana Ricardo Becerra estudió Economía en la UNAM. |
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