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reseña La calavera y el caníbal
Hannibal Lecter*
Buenos Aires, Argentina, Estimado señor Trejo: Reciba un cordial saludo desde esta bella ciudad porteña, mi refugio actual. No me molesta que usted y sus lectores se enteren de mi presente paradero, pues eso no significará nada para el FBI y la Interpol, organismos bastante atrasados en sus pesquisas sobre mi destino. Además, teniendo a mi lado a la única agente capaz de capturarme, puedo dormir tranquilo mientras comparto mi lecho con ella. El motivo de la presente es sencillo: uno de sus colaboradores, el inepto y pretendidamente gracioso Salvador Quiauhtlazollin, me ha pedido mi sentir sobre la reciente publicación de la novela Hannibal, de Thomas Harris, mi creador. En retribución, Salvador, un paranoico más de los que forman mi séquito de seguidores, promete abstenerse de opinar de la misma. Como puede ver, es un trato que me conviene, pues libera al libro de reseñas triviales realizadas sin cuidado y contaminadas con la entusiasta complicidad de un banal escritor que, como Stephen King y otros, me han convertido en su ídolo... muy acertadamente, debo añadir. Para los que no están al tanto del trabajo de Thomas Harris, mi creador, debo señalar que se trata de un periodista de nota roja que hizo lo más lógico: convirtió el barro de su trabajo en una pulida pieza de cerámica. Aunque su pretensión ha sido siempre el best seller digerible, Harris ha logrado la fidelidad de los lectores con sus recreaciones del lado oscuro: lo que mejor ha dado han sido torturados engendros malévolos. Ya en su primera y sensacionalista novela, Domingo negro, se adivinaba este rasgo distintivo: Michael Lander, un piloto maniaco depresivo que decide estallar 500 kilogramos de explosivo plástico sobre los entusiastas aficionados del Super Tazón, es el eje de una historia tan convencional que fue necesario dotarla de una violencia enfermiza y exagerada en su paso al cine. Pero sin duda Lander, con sus rasgos de autoconmiseración y su desmedido odio interior, es el prototipo del villano fanático y demente que tanto deleite me proporciona. Fue en su siguiente obra, El dragón rojo, donde uno de los personajes alcanza una descripción sublime que aún sigue cautivando mi alma: Francis Dolarhyde, peregrino de labio leporino que se cree desfigurado. El señor Dolarhyde, esquizofrénico asesino serial, resultó cómodo para mis planes en mi primera aparición. Sin embargo, su destino final no me convenció del todo: Harris hace de su historia una colección sintomatológica de la famosa tríada clásica que caracteriza a los asesinos seriales. Con todo, este bello personaje y las matanzas a las que lo lleva su autorrealización merecen todo mi respeto y admiración. Mucho menor es Jame Gumb, el siniestro despellejador de El silencio de los corderos (o El silencio de los inocentes, como ustedes conocen su versión cinematográfica). Por Dios, una mente tan plana y obtusa, tan poco imaginativa y carente de toda sutileza, sólo sirvió de despreciable patiño para que yo luciera mi naturaleza ingeniosa e innovadora y mi analítica mente despojada de toda consideración ética. Por lo demás, las andanzas de este torvo esquizoide que se cree un verdadero transexual por lo menos me dieron la oportunidad de conocer a la agente Clarice Starling, mi actual compañera. La forma como ella y yo llegamos a compartir nuestro destino la omito para no estropearle la sorpresa a los lectores de Hannibal, la reciente novela sobre mis andares. Sobre ésta quisiera extenderme, pero creo que con ello no sólo pecaría de egolatría, sino además de mal gusto. Baste decir que haré algunas breves anotaciones: La primera es mi total entusiasmo con la descripción de mi némesis, el deforme e inválido Mason Verger. Efectivamente, en un momento de inspiración lo dejé en su estado presente. Sólo fue necesario un poco de psicoactivos y él mismo se despellejó la cara, dando a unos perros algunos trozos de su de por sí desfavorecida faz. El momento sublime fue cuando devoró su propia nariz. ¡Lástima que yo haya fallado al quebrarle el cuello! Para su infortunio (y mi posterior diversión, debo admitir) quedó convertido en una piltrafa humana, con sólo pocos dedos de una mano liberados de una total parálisis. Sin piel en el rostro, el buen Mason no es ahora más que una calavera parlante de larga trenza, un despojo que sólo se ha salvado de su piadosa eliminación por su calidad de heredero y poseedor de la mayor fortuna que la industria de la carne haya producido. ¡Mason, Mason! La narración de la novela no será más que su tortuoso plan para capturarme y darme de pitanza a unos cerdos antropófagos. Su obsesión lo llevará a buscarme (atinadamente, debo añadir) en la culta Florencia, donde he encontrado cómodo refugio y adecuado empleo como curador de un bello palacio. Sus triquiñuelas y corruptelas lo acercarán lo bastante a mí como lo exige cualquier trama que se respete, pero pueden estar seguros que sabré cumplir la promesa que le hago: el último rostro que verá antes de morir será el mío. Pero, pese a todo, Mason me simpatiza. Darle terapia por sus abusos sexuales contra menores no representó para mí gran trabajo y me dio la oportunidad de conocer a su hermana Margot. Además, creo que nadie puede sentir antipatía por alguien que tiene el buen gusto de aderezar sus martinis con las lágrimas arrancadas despóticamente a un niño miserable. Otro muy buen rasgo de esta novela es acentuar mis aficiones, especialmente la gastronomía, la música, el arte, la buena literatura y, en general, todas esas cosas que hacen de mí un bon vivant. Además, me divirtió sobremanera la forma como se trata a los personajes italianos: están completamente fuera de lugar, pero aun así son divertidos. Mas hay algunos detalles que me hacen dudar antes de coronar con total aprobación la publicación de Hannibal (en México la distribuye Grijalbo). Tres son los detalles que me hacen detenerme antes de considerarla la novela definitiva sobre mi persona. Lo primero es su vano intento pseudopsicoanalítico sobre la construcción de mi mente. Desde mis primeras apariciones quedó claro que mi particular cosmovisión me ponía muy por encima de los demás, y que si, ciertamente, mis acciones a algunos le parecían atroces, por otro lado yo las cometía en forma totalmente amoral, sin ningún disturbio y mucho menos justificación. Por ello, regresar desde la Lituania de la Segunda Guerra el recuerdo de mi asesinada hermana Mischa me parece no sólo inútil, sino absurdo. También más allá del absurdo, rayando en el ridículo, es el destino de la agente Starling. Pretender su adopción de la antropofagia después de un forzado reencuentro paterno es un chiste cruel que sólo divirtió a Harris, que finalmente podría recurrir a este tipo de desvaríos pues ya había cobrado varios millones de dólares por adelantado por entregar el libro. Por último, me opongo completamente a que se olvide mi lugar como demiurgo literario y se me sumerja en algunos rasgos de compasión. Es imposible en mí, porque en el fondo soy el Dragón, el Demonio, el Alfa y el Omega. No soy un loco: esa definición está muy, muy lejana de mi persona; y la novela no me sitúa en el sitio que merezco. Sin embargo, creo que el resultado final es alentador, y no me cabe duda que algún guionista excelente llevará mi regreso del ostracismo a la pantalla con edificante dignidad. Por ello levantaré mi pulgar por la novela y daré oportunidad a los lectores de descubrirse en el negro espejo que yo represento. Suyo atentamente P.D. Si hay tiempo, en el futuro, junte usted a un pequeño grupo de colaboradores y lectores selectos. Nada me gustará más que tenerlos para cenar *El doctor Hannibal Lecter es un destacado psiquiatra y gastrónomo. La policía internacional lo busca por su comisión de, al menos, 19 homicidios. |
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