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bahías El linchamiento de Paoli
Rafael Cordera Campos
En solidaridad con Federico Novelo y su familia.
A estas alturas del desarrollo político que se ha logrado en México, no es poco importante la insistencia por corregir algunas prácticas de nuestros políticos. Un botón de muestra es el linchamiento que se ha querido hacer al diputado Francisco José Paoli Bolio por asumir, a conciencia, que era necesario que él optara por abstenerse en un tema de importancia como el del IPAB. No debería ser parte del estilo común de nuestros legisladores y dirigentes que se hablara de "maiceo", de posibles sobornos y todo ese tipo de expresiones, sin mediar prueba alguna, que nuestra transición no ha logrado que formen parte de un pasado que todos dicen querer superar y hasta olvidar. Cómo es posible que un caso como ése, en cuyo centro está un personaje destacado de la política y de la academia, un hombre a quien difícilmente se le puede señalar como de baja o cuestionable calidad moral, sea motivo de las notas y noticias principales en los días que corren. Pero, además, sorprende la incapacidad que algunos han manifestado para entender que lo hecho por el diputado Paoli, como lo hicieron, en el mismo caso, dos diputados más, no solamente es posible sino, en ese y en muchos casos, permitido. No sobra señalar que es una práctica que nada tiene de novedosa. Llama la atención que ese concepto y más bien esa conducta conocida como tolerancia, no aparezca en las mentalidades y comportamientos que hoy pretenden ensuciar un nombre al que muchos le reconocen calidad política y ética. A la hora de hablar en abstracto, no hay político mexicano que no presuma de ser tolerante pero, a la hora de debatir y declarar, sucede todo lo contrario y el vituperio y las afirmaciones sin prueba se vuelven el punto de contacto, lo común a casi todos. En pocas palabras, sigue resultando muy difícil aceptar opiniones diferentes a las propias. Vale la pena destacar algunas declaraciones que Paoli Bolio, presidente de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados, hizo a Crónica (5/I/00): "Yo veo que hay muchos diputados que no sólo dejan de votar, sino que votan en contra de su propio partido y hasta ahora no he visto nada ni que hayan sido objeto de denuestos; con mi voto se dio lo contrario, y no descarto que al estar en el cuerpo colegiado que coordina su trabajo pueda ocasionar disgusto". Como él mismo lo dice, no se trata de una sorpresa sino de una práctica que a estas alturas no debería sorprender a nadie y, por ello mismo, lo que habrá que esperar es el desenlace político de este escándalo. El caso es que terminada la transición, como algunos lo afirman o, en medio de ella, como dicen otros, de lo que no deberían dudar nuestros políticos y, sobre todo, los dirigentes nacionales es de la necesidad de revisar sus prácticas, corregir las que les es posible y mejorar el ambiente, entre otras cuestiones, porque en eso también les va su suerte. Lo que hoy queda claro para muchas personas informadas es que la política debe ser reconocida como necesaria para el desarrollo del país y la solución de sus problemas, particularmente cuando se trata de imprimirle confianza a la sociedad y de hablar con mínimas seguridades respecto de nuestro futuro. Y eso, por ahora, brilla por su ausencia. No se trata, por supuesto, de despreciar los logros que se han obtenido a lo largo de los años. Al contrario, la intención aquí no es otra que llamar la atención acerca de algo que hoy afecta tanto a la política como a quienes la hacen, que perjudica a muchos y aleja de la sociedad y los ciudadanos del interés por participar en asuntos públicos. Por supuesto que no se quiere suponer que existe la posibilidad de que desaparezca la confrontación de ideas y de proyectos en los difíciles terrenos de la política y en especial en tiempos de cambio. Todo lo contrario, lo que se está sugiriendo es que se eleven las miras, que el punto de contacto y confrontación entre los políticos sea diferente a lo que conocemos hasta ahora. Para decirlo de manera resumida, lo que se requiere es que la democracia forme parte de la cotidianidad, que se asiente socialmente. Y para que ello sea posible, los primeros que lo deben hacer y demostrar son, precisamente, nuestros políticos, los dirigentes nacionales y los partidos sin excepción. Querer que cualquier persona no haga uso de sus derechos; pretender que otra esté exenta de cumplir sus obligaciones; suponer que se puede medir a los ciudadanos con distintas varas; no reconocer la posibilidad de las diferencias, las acciones y opiniones encontradas son, entre otras, cuestiones que se deberán desterrar de la política que hoy se distingue por esas prácticas -"usos y costumbres", les llaman otros-. Tal vez no haya mejores condiciones y posibilidades de revisar estas y otras materias, que ahora que estamos prácticamente entrando a las campañas rumbo al 2 de julio. Pero sólo tal vez... Ultima oportunidad en la UNAM Después de nueve meses de haber secuestrado a la Universidad Nacional Autónoma de México; después de que el CGH ha recibido la última propuesta del Consejo Universitario, respaldado por las iniciativas rectorales y de distinguidos y reconocidos académicos, vale la pena preguntarse: ¿qué más quiere la dirección de quienes han logrado lastimar y poner en riesgo, como nadie, a la institución? Si no aceptan dichas propuestas (ésas que les reconocen casi todas sus demandas); si no dan muestras de buena voluntad levantando esa huelga impuesta, autoritaria y minoritaria; si todo sigue siendo un no permanente, solamente hay una conclusión, que no es otra que la de mantener la huelga para que la máxima casa de estudios siga igual o peor. De ser así, la vía de ese tipo de diálogo y negociación quedará cancelada por quienes están más que vistos y reconocidos por la sociedad y la opinión pública. Por las siglas de sus organismos, por los principales nombres que los encabezan, pero sobre todo, por sus acciones -con petardos y sin ellos- quienes están informados los conocen e identifican. Por eso, la salida en beneficio de la Universidad, de los universitarios y de las autoridades legítimas, no se encontrará más que en la voluntad política y la expresión cotidiana de la mayoría que quiere regresar y recuperar académica e institucionalmente la Universidad. Es, tal vez, la última oportunidad y por ello mismo no hay que confundir lo principal con lo secundario. Los acuerdos y propuestas del Consejo Universitario han encontrado, por adelantado, la negativa del CGH. Es posible que una vez cancelada la vía de la negociación seguida hasta ahora, si eso sucede realmente, la única posibilidad política de solución radique en la convocatoria a la comunidad académica y estudiantil para levantar la huelga impuesta y, si esto llega a suceder, establecer que entre todos los universitarios se decida el futuro de la institución Rafael Cordera Campos es profesor en la Facultad de Economía de la UNAM. |
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