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reseña Derroche de cubanía
Xavier Quirarte
"La música afrocubana es fuego, sabrosura y humo, es almíbar, sandunga y alivio; como un ron sonoro que se bebe por los oídos, que en el trazo iguala y junta a las gentes y en los sentidos dinamiza la vida". Bajo este epígrafe de Fernando Ortiz se inicia la travesía por el libro Son de Cuba, que recoge las fotografías que Tomàs Casademunt realizó con un noble propósito: "Reflejar unos cuerpos como homenaje a los mensajeros del son y como un acto en contra del olvido". Para ello contó con la ayuda del musicólogo Helio Orovio, autor del Diccionario de la música cubana, que a la manera del Virgilio de Dante, lo condujo por los vericuetos de una música que no sólo no ha perdido su vitalidad sino que, con toda justicia, ha sido devuelta al mundo a partir de la exitosa edición del disco Buena Vista Social Club y la revitalización de músicos como Ibrahím Ferrer, Compay Segundo y Rubén González. En su prólogo, el novelista Eliseo Alberto define a Cuba a partir de las imágenes que ha recogido la cámara de Tomàs Casademunt: "Propongo un acertijo salomónico: desde la Punta de Maisí, hasta el Cabo de San Antonio, por arriba y por abajo, en las buenas y en las malas, de pies a cabeza, dentro o afuera, Cuba es quien diablos la quiera". El fotógrafo ha elegido quererla -entre otras muchas formas- a partir de su música, muchas veces imitada, pocas igualada. "La música -agrega el novelista-, la música se respira. Y la música se respira porque en esa isla venturosa, rodeada de sustos por todas partes, no sólo es una bocanada de aire sino también una epidemia, un virus que se adquiere en el momento del desembarco". Desde la fotografía del trompetista Lázaro Herrera "el Pecoso" (nacido en 1903), hasta la de Adalberto Alvarez, compositor, fagotista y pianista (nacido en 1948), Son de Cuba es el recorrido amoroso de un artista que logra la cercanía con los músicos en su hábitat. Casademunt es el testigo invisible que, respirando el mismo aire que los sujetos a los que fotografía, se compenetra de su atmósfera. Sabe que la cubanía no se pierde, sólo se transforma. Así, lo mismo retrata a glorias cubanas como Alfredo "Chocolate" Armenteros, Juan Formell, Pío Leyva, Manuel Licea "Puntillita" y a las mencionadas estrellas del Buena Vista Social Club, que a quienes han dejado la isla mas no su esencia, como Israel "Cachao" López, Celia Cruz, Bebo Valdés, Carlos "Patato" Valdés y Mongo Santamaría. También están en todo su esplendor cantantes como Merceditas Valdés, Celina González, Celeste Mendoza y Omara Portuondo, y, gozando el derroche del son, los bailarines anónimos que sólo piden ritmo a raudales. Además de las espléndidas fotografías de Tomàs Casademunt, el libro ofrece otra rica lectura a través de los textos de Leonardo Acosta, René Espí y Adriana Orejuela, que derrochan tanto sabor como la música que los ha provocado. A través de sus plumas, Son de Cuba recoge esencias, presencias y ausencias, sin otro ánimo que el de satisfacer a los iniciados y convertir a los que no pueden evitar la curiosidad de acercarse a una música que es vitalidad a borbotones. Es un hecho que, sin la música, Cuba habría tenido otro destino a partir del infame bloqueo económico a que ha sido sometida. "Sigo siendo sonero y sigo siendo danzonero y sigo jazzista", confiesa Lázaro Herrera, mientras Faustino Oramas "el Guayabero" canta: "Nunca estoy solo, tengo veinte mujeres de diferentes colores, cada una tiene un número en el pecho; así se sabe que son de `el Guayabero`". A su lado, Walfrido Guevara clama: "Si me toca bailar con la más fea, si baila bueno no me importa ná". Finalmente, Son de Cuba recoge la poesía que se nutre de esta música, como el caso de Guillermo Cabrera Infante, que en "Boleros Son" escribe: "La danza no son los cuerpos sino el vacío que dejan en su movimiento los cuerpos. Ravel llamó a su bolero eterno `paroxismo del ritmo`. La música cubana podría ser el ritmo de un paroxismo. O en su defecto: El parorritmo/ El populismo/ El popurritmo/ y el parangón y la paragonia del bolero". La poesía de Severo Sarduy nos muestra la que pudiera ser la última voluntad de un sonero: "Que me den guayaba con queso/ y haya son en mi velorio:/ que el protocolo mortuorio/ se acorte y limite a eso./ Ni lamentos en exceso,/ ni Bach; música ligera:/ la Sonora Matancera" Tomàs Casademunt, Son de Cuba, México, Trilce Ediciones, 1999, 118 pp. Xavier Quirarte es periodista. Su libro más reciente es Ritmos de la eternidad (CNCA, 1999). |
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