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por los caminos de sancho nostalgia barandal bahías el revés de la trama
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freakziones Feliz Nada-qué-celebrar
Patricia Peñaloza
¿Qué no fue lo mismo el primero de enero del 2000 que cualquier ocho de septiembre? Diantres con tanta basura. Al absurdo diablo con la millonada gastada... por mí que se lo gasten todo. Diantres con que si "la ventaja millonaria del gobierno federal para aplastar las fiestas del gobierno capitalino". Por mí, que se los cojan... bueno, eso no (ojo: dije "eso no"). Y es que toda esta pavada del MILENIO me tiene hasta las cachas; todo me parece un asunto pichiruchi... en el mejor lenguaje mafaldezco (ah, porque no me vengan ahora con que Charlie Brown era la neta, porque era la tira más aburrida; un tío tenía Mafalda -ídola-, Peanuts, Asterix y el Cuarto Reich. De lo poco que pude leer con entusiasmo de Brown & Co. sólo pude identificarme con Peppermint Patti, no sólo por el nombre, sino porque era la única buena onda... los demás eran unos babosos. Y ATENCIÓN: Quino declaró hace poco que él NUNCA mató a Mafalda, que eso fue un invento mexicano. Tampoco la odiaba, la adoraba. Un día le preguntaron qué fue de Mafalda cuando creció, y contestó: "Una desaparecida"). Toda esta sarta de desatinos, para recordar mis fascinantes fiestas de Navidad y Año Nuevo... Una fotito inocente, sumada a la mala leche de una tía, dieron como resultado varios desastres. Quiero suponer que cualquiera de los que leen puede afirmar que NO es condenable modelar de manera profesional, mostrando las carnecitas bellas que la vida a una le dio, sin que las fotos sean lascivas, y sin que algún Sergio Andrade esté obligándome o abusando de mí. Tal vez la mayoría piense que si estas fotos aparecen en la contra de La Jornada, no representen sino, inclusive, algo divertido. Pero mi mamá no piensa lo mismo. Confiada en que mis papás nunca leen ese diario, ni conocen a nadie que lo lea, me hice la occisa. Desafortunadamente, la tía fue con el chisme, y pintó las cosas más fatales de lo que eran; mi amá nunca vio nada, sólo le dijeron que yo era la que más desinhibida lucía, y que el reportaje donde estaba, ilustraba un texto cuyo encabezado decía algo así como "sexo, lujuria y mucha champaña". Mi abuela paterna también lo vio, pero al contrario, me llamó para felicitarme, considerando que soy, hace mucho, una mayor de edad (no así la tía, que actuó como si fuera yo una Karina Yapor). Mi hermana fue quien me informó de lo ocurrido. Cuando supe que a la cena navideña asistiría la famosa tía, estuve a punto de no ir; mi sisterna opinó que mi madre se pondría peor. Me encogí de hombros y asistí... Pero mi mamá ni me dirigió la palabra. No me regaló nada. Mi papá sí me habló, pero escueto. La tía y su marido me saludaron como si cualquier día. Mucha tensión. Otra tía ajena al asunto se enfermó y, para apresurar el festejo, dado que ésta se puso como para hospital, todos abrieron rápido sus regalos, y ya no hubo abrazos ni arrullo al Niño Jesús. Al día siguiente se fueron a Mazatlán, papás, hermanos, hermana con marido e hijo; me habían estado invitando. Pero pa` como estaba todo, ni ganas. Me quedé a respirar ozono. Mi hermana prometió regresar para Año Nuevo. Pero a la mera hora no fue así pues (después ella me diría), mi mamá le habría hecho un graaaan Francisco (un pancho). Mientras, por acá, yo quería ver cómo se reventaba la gran familia mexicana en las calles, y no quería perderme el espectáculo del Centro; al menos quería ver a Ramón Vargas. Pero fue inútil. No me atrevía a ir sola, y mi novio no podía acompañarme desde temprano: si nos hubiéramos largado desde antes de cenar, su mamá lo hubiera matado. Yo no tenía con quién más ir. Después de cenar, pensamos que alcanzaríamos a ver los cuetes en el Zócalo, la gente bailando en Reforma, o cualquier cosa emocionante para contar a los nietos. Cuando llegamos Diego y yo a la Plaza, la situación estaba más que fresa. Cualquier 15 de septiembre es más salvaje. La visión era realmente apocalíptica; asistía a El Mundo Feliz (ya ni siquiera a una escena de Blade Runner): miles estábamos ahí reunidos, en calma y tranquilidad, enchufados a cuatro pantallotas. Habíamos ido al Zócalo... ¡¡A VER LA TELE!! Lo único que nos faltaba como país: el clímax de la idiotización. Ah, pero eso sí, todos juntos y en familia, en el mero Centro. Pantallas de televisión rodeando el lábaro patrio. Eso era todo: "La patria ES la televisión". ¡Chingáo! Había salido huyendo de la tele... ¡para volver a lo mismo! Además, mientras vimos cómo en todos lados la gente gritaba, bailaba, sonreía... aquí todos estaban de bembos. Me hice güey, porque ya bastante había jodido a Diego para que asistiéramos. Todo estuvo mal coordinado, el reloj regresivo era manipulado para que el insípido Fernando de la Mora acabara su numerito. Cuando terminó el conteo final... ¡no hubo cuetes ni nada, sino cinco minutos de silencio! (¿serían por luto a 1999, al siglo XX, al MILENIO?). Unas niñas disfrazadas de tehuanas entonaron la primera frase de Las Mañanitas... De la Mora continuó con el mariachote, y un rato después, sucedió la pirotecnia de media hora, que contaminó al Centro como en todo un siglo no ocurrió. Bueno, los cuetes sí me gustan, pa` qué mentir. Pero después (ni mencionaré el espectáculo de los soldados colgantes), nada de algarabía. Juanga apareció afónico y gordo. Nos fuimos de ahí, esperando que en Reforma estuviera más divertido... pero ya no había nadie. En el Monumento a la Revolución no había público para los grupos furris que tocaban... sólo policías observando, para que no se viera vacío (¡¿entonces quién cuidaba?!). Qué depresión. Recordé que estamos en México, y que la gente sigue siendo "familiar"; que las mamás se sienten de todo, y que no quedarse a la cena es lo peor; que la gente teme que la asalten o maten, y no acostumbra echar relajo nocturno callejero, salvo por el fut (y a las 2 a.m. se van a dormir); que aquí no es España y nunca hay marcha, y que no tenemos mucho de qué reírnos como sí lo tienen quienes viven en Nueva York o París. Ya ni cómo contar lo reciente. Desde Navidad, no había visto a mi mamá; sólo había hablado por teléfono con ella, y no denotaba mayor disgusto. "Ya se alivianó", pensé. Entonces el 5 de enero, en miércoles de dos por uno, se me ocurrió llevar de regalo de Reyes (con prestado, pues ando sin un peso), a mi hermanito, a ver al cine Stuart Little, pues él tenía tiempo insistiéndome en que la quería ver sólo conmigo. No tuve empacho en aparecerme. Mala idea. Mi mamá otra vez no me dirigió la palabra. No la pelé. Pero cuando dije que llevaría al cine a David, me dijo que no iba a permitirme llevar a mi hermanito a ningún lado nunca más; que no quería que él conviviera conmigo, que no lo iba a dejar ir a mi casa... La discusión fue larga, pero no cedió, y yo no podía obligar a David a "desobedecerla". Adoro a mi hermanito y mi madre supo en qué llaga incidir; se "vengaba", pues piensa que lo de las fotos lo hice sólo para agraviarla. Pero bueno... aún me quedan ánimos para desearles... Feliz No Cumpleaños Patricia Peñaloza escribe, modela y canta. Correo: futuram@yahoo.com |
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