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tintero Narrativa al margen
Luis Ramón Bustos
Hace 50 años que José Guadalupe de Anda falleció; escritor que en su momento, gracias a Los cristeros, obtuvo resonancia en el país y que, posteriormente, pasó por completo al olvido. Fuera de alguna referencia elogiosa de John S. Brushwood, las historias de la literatura mexicana lo ignoran. Sin embargo, sus tres novelas conocidas son una fuente testimonial y literaria que revelan una hondura humana poco frecuente. Narrador al margen, acaso fue olvidado porque fue capaz de evidenciar algunas de las peores lacras de nuestro sistema social. En 1937, todavía humeantes los campos a causa de la revuelta cristera, publicó Los cristeros. La Guerra Santa en los Altos. En esta novela describe por primera vez con objetividad, dentro de la literatura mexicana, los pormenores de la Cristiada en las tierras altas de Jalisco. Ya antes, otros novelistas como Fernando Robles habían tratado con mesura el tema; sin embargo, ninguno como De Anda para tornar hombres de carne y hueso a aquellos fanáticos -con su sombrero galonado de santos y vírgenes- capaces de incendiar el campo mexicano. Personajes como doña Trinidad, tío Alejo, Felipe y don Ramón, gente de paz que rechazaba la violencia cristera, son símbolo del campesino que sufrió las consecuencias de aquella guerra: personajes como Policarpo, el Pando, la Pachanga, el Canelo, Marta Torres y el Patas, encarnan al cristero de buena fe; personajes como el Pinto, el Ruñido, el Tortugo, el Ciempiés, y los padres Angulo, Vega y Pedroza, son prototipo del cristero sanguinario. De algún modo, bajo estos tres tipos genéricos, De Anda sintetiza las características de quienes participaron o sufrieron la Cristiada. Sin tomar partido, con pleno conocimiento del terreno (el autor nació en San Juan de los Lagos, el 12 de diciembre de 1880) reexpresa con tonos dramáticos aquel ciego fanatismo religioso que provocó odios irreconciliables entre los católicos del país y "los ateos" callistas. Allí se evidencia que los iniciadores de la insurrección cristera fueron los altos jerarcas de la Iglesia y algunos terratenientes disfrazados de beatos y que, ya encendida la mecha, ellos partieron al extranjero o se ocultaron en sus ricas mansiones para dejar que el pueblo mocho peleara la batalla. Azuzando a sus propios mártires para que martirizaran a sus enemigos, dejando un ejército de linchados, quemando a diestra y siniestra, asesinando y robando impunemente, la infantería de la Cristiada causó terribles estragos en la zona alteña. Asimismo, el ejército federal reprimió y asesinó de manera indiscriminada, pagando las consecuencias los pobladores inermes. Esto lo pinta crudamente el autor, con pluma que descubre una insólita habilidad para indagar en el espíritu del campesino ignorante; amén de una exploración del fanatismo católico que rebasa en sutileza y profundidad cualquier tratado sociológico. Como en todas sus obras, da color al ambiente por medio de una fidedigna reproducción del lenguaje popular. En Juan del Riel (1942), también el lenguaje es parte medular. El argot ferrocarrilero revela la psicología de esos trabajadores. A lo largo de la novela, las frases, las expresiones, los nombres, los adjetivos, los apodos, son detalles significativos que configuran un mural del gremio. De hecho, que el personaje central (también nacido en los Altos) se llame Juan no es simple coincidencia: en aquellos años se les llamaba Juanes a todos los trabajadores ferroviarios de poca categoría. Juan del Riel es, pues, una alegoría de la historia del gremio y un prototipo del trabajador ferrocarrilero. Comenzada desde el porfiriato, teniendo como soporte referencial a una administración gringa que privilegiaba a sus compatriotas y sobreexplotaba a los nuestros, la novela recorre la historia del ferrocarril mexicano. Incluso, estableciendo un parangón narrativo entre personaje y entramado social, la juventud de Juan coincide con el primer impulso de construcción; su madurez con el apogeo de los ferrocarriles y la revolución; y un Juan ya cercano a la vejez, luchador social (influenciado por Scott, un ferrocarrilero gringo que pertenecía a la IWW), sortea los primeros años postrevolucionarios y padece ahora la dictadura de los "rifleros" -ferrocarrileros sin experiencia que sólo por haber luchado en la revolución se les nombró jefes-. Parábola de los padecimientos proletarios, el dibujo descarnado tiene momentos de insospechada belleza, de un realismo complejo y sin concesiones. Su tercera novela, Los bragados (1942), confirma las virtudes de las anteriores y las supera, gracias a un mayor oficio. De hecho, en ella retoma la historia de Los cristeros allí donde la había concluido: en la Reconcentración. Algunos inconformes con la paz firmada a sus espaldas por el Vaticano y los altos prelados permanecieron como guerrilla aislada. Años después, la educación socialista establecida por el gobierno cardenista, les dio pábulo a otra guerra santa: exterminar a esos maestros impíos que decapitaban santos y rezaban en nombre del demonio. Con sobriedad de recursos, afinando su lenguaje popular que aquí alcanza vuelos metafóricos, explorando con mejores armas el modo de ser del alteño, la narración se mueve entre ritmos telegráficos; amalgama el ritmo narrativo y la historia para desarrollarlos en tono de elegía. Aquí, el Pinacate y el Ruñido -quienes ya habían aparecido en Los cristeros- son la encarnación de un fanatismo doblemente sanguinario y secular. Aquellos bragados -con su lema al pecho de "Muera la Educación Socialista"- fueron el brazo armado de otro brote cristero que comenzó con mujeres lapidando maestros impíos. Este fugaz brote fanático sirvió a De Anda como pretexto para explorar con mayor profundidad y sutileza psicológica a la gente de su región natal; y lo hizo como gran artista: con sobrias pinceladas definió al alteño y, de paso, a todo ser humano. La carrera novelística de José Guadalupe de Anda concluyó con Los bragados. No se le conoce obra posterior. Sin embargo, esas tres recias pinceladas bastan para corroborar una excepcional capacidad de observación. Y quien se anime a leerlo, seguro lo confirmará Luis Ramón Bustos es ensayista y traductor, especialista en narrativa del siglo XIX. |
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