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letras

Vigencia de Arreola
Gran juglar de las letras

José Antonio Gurrea C.

La mujer que amo es un fantasma. Yo soy el lugar de las apariciones.
Juan José Arreola

Juglar, dueño del oficio, saltimbanqui de las palabras, reinvindicador del idioma y del amor por las palabras, ejemplo subversivo, escritor-maestro de las letras mexicanas, la fiesta del lenguaje... Los elogios abundan cuando se trata de definir a Juan José Arreola, figura imprescindible de las letras mexicanas. Sin embargo, la adjetivación glorificadora no es suficiente. El maestro jalisciense, no con justicia, ha sido poco leído y comprendido, ha sufrido la indiferencia de la mayor parte de los medios (que prefieren hablar de literatos y seudoliteratos con mayores "tirajes"), así como una inconcebible marginación por parte de la cultura oficial, para la cual su 80 aniversario, hace poco más de un año, pasó prácticamente desapercibido. En el extranjero, mientras tanto, su narrativa no ha sido adecuadamente difundida y estudiada, como sí ha sucedido con numerosos literatos latinoamericanos, aun de menor valía.

Frecuentemente emparentado con Juan Rulfo ("almas gemelas, hermanos de letras") por ciertos paralelismos (los dos son jaliscienses, los dos cuentistas fuera de serie; ambos irrumpen en la primera mitad de los 50 con sendos textos -El llano en llamas y Confabulario- que transforman el panorama de las letras nacionales; ambos cuentan con una producción que se antoja demasiado breve, consecuencia de un prematuro y lamentable retiro de la literatura), sin embargo hay dos cosas que los separan: la obra de Arreola, a diferencia de la de su coterráneo, quien ha sido objeto de abundantes estudios tanto en México como en el exterior y con una producción leída y difundida profusamente (existen traducciones al inglés, francés, italiano, polaco, sueco, holandés, danés, noruego y alemán, entre otros), se lee poco y menos se estudia. Sin duda, y aquí viene la otra diferencia, en esto tiene que ver el hecho de que ambos escritores ejercen el arte de la narrativa con estilos que poco tienen en común. Mientras la literatura del creador de Pedro Páramo se centra sobre temas campiranos que en el ámbito nacional provocan mayor identificación del público con la obra y que, a los ojos extranjeros, la permea de un aire exótico que le otorga mayor rating (por llamarlo de alguna forma), la narrativa de Arreola transita por cosmopolitas senderos que permiten vislumbrar claramente las múltiples influencias de un escritor que a los 12 años lee con avidez a Whitman, a Baudelaire y a Papini, y antes de los 20 devora con verdadera fruición lo mismo la Biblia, que a Kafka, a Marcel Schwob o a los cronistas de lndias pasando por tratados de ciencias naturales y física atómica pero, que a la vez, se regodea escuchando canciones y dichos populares, así como las conversaciones de la gente del campo.

En una entrevista concedida a Emmanuel Carballo (Protagonistas de la literatura mexicana, Porrúa, 1994), Arreola asegura: "Debajo del literato aparente, he sido siempre el payo jalisciense, el niño que fui y que pasó su vida en el campo viendo el desarrollo de las labores agrícolas y escuchando los dichos y las canciones de los campesinos...". El mismo Arreola califica a este proceso como "un verdadero mestizaje literario". Sus detractores, por su parte, arguyen con ligereza que en su obra sobresalen las "extranjerías y los excesos de estímulos literarios".

De esta incomprensión hacia su literatura, el propio escritor refiere: "... me ven como a un autor de florituras, extranjerismos, cosmopolitismo y cultura: un escritor libresco, memorión y citatextos. En esto me siento unido con Borges, quien me dijo en una ocasión: `Arreola, más vale ser leído por pocos, que poco leído por muchos`. Esa es mi bandera" (Héctor de Mauleón, "No me interesa nada, sino lo imposible", en Crónica, 21/IX/98). En este contexto, Felipe Garrido asume la defensa del autor de Bestiario cuando apunta: "Arreola no necesita parecer mexicano. Su mexicanidad es una fatal manera de ser. Su mexicanidad no reside en los personajes ni en la anécdota, sino en la manera de sentir y construir la narración" (Narrativa completa. Arreola, Alfaguara, 1997).

Este "mestizaje" que marca su formación impregna la mayor parte de su narrativa. Ejemplos de esta dualidad, pero también de la permanencia de su obra son numerosos: en "Tres días y un cenicero", cuento que abre Palindroma, este escritor autodidacta, a quien la guerra cristera llevó a abandonar las aulas a los 12 años, introduce magistralmente en la vida cotidiana de su querido Zapotlán a la cultura griega, a través de la anécdota, por demás divertida, de un joven cazador que se topa con una escultura en el lugar menos pensado: ¡una laguna! Empero, gracias a la maestría de Arreola el relato jamás pierde verosimilitud.

El lagunero nos prestó una soga. Amarramos el bulto del pescuezo y primero a pulso y después con el coche, lo jalamos a la orilla. El hombre dijo: `Parece un santo`, porque nomás se veía algo del cuerpo en el lodazal. `Sí es un santo. Lo echaron al agua los cristeros... ¿se acuerda del Padre Ubiarco?`. `¿El que fusilaron?`. `Ese mero. Una sobrina me dio la relación y lo hallamos`... `Bendito sea Dios`, dijo el lagunero y se persignó.

En el caso de La feria, su única novela, sus cosmopolitas influencias coexisten con "el afán de Arreola por no dejar morir el mundo lingüístico de su infancia" (Felipe Garrido, dixit). Al respecto, se cuenta que el maestro pidió a muchos de sus paisanos que escribieran adivinanzas, refranes, tradiciones... además de que se sirvió de cartas, documentos antiguos, recortes del periódico local, pasajes bíblicos. Todo con tal de capturar la esencia oral de su tierra natal.

-Me acuso Padre de que el otro día adiviné una adivinanza.
-Dímela.
-`Tenderete el petatete,
alzarete el camisón...`
-¿Qué más?
-Es muy fea... es la lavativa...
-¿Quién te la enseñó?
-Chole. Mi prima.

Mientras tanto, en Bestiario, un compendio de pequeños textos calificados alguna vez por Octavio Paz como "perfectos" ("después de decir eso, ¿qué podemos agregar? No se puede agregar nada a la perfección"), y que Arreola dictó a un orgulloso José Emilio Pacheco, uno de sus numerosos alumnos que luego se volverían célebres escritores ("cuando entre en el infierno y los demás me pregunten: y usted, ¿qué fue en la vida?, podré responderles con orgullo: amanuense de Arreola", en Tierra adentro, núm. 93), el maestro de Zapotlán el grande, amén de hacer gala de una ejemplar concisión discursiva, se vale de las bestias -¿nuestro imprescindible espejo?- para hacer sus mordaces alusiones al género humano:

Ama al prójimo desmerecido y chancletas. Ama al prójimo malholiente, vestido de miseria y jaspeado de mugre. Saluda con todo tu corazón al esperpento de butifarra que a nombre de la humanidad te entrega su credencial de gelatina, la mano de pescado muerto, mientras te confronta su mirada de perro. Ama al prójimo porcino y gallináceo, que trota gozoso a los crasos paraísos de la posesión animal. Y ama a la prójima que de pronto se transforma a tu lado, y con piyama de vaca se pone a rumiar interminablemente los bolos pastosos de la rutina doméstica.

Y qué decir de "El guardagujas", un sorprendente relato fantástico sobre trenes y pasajeros que -como prácticamente la totalidad de Confabulario, obra maestra a la que pertenece- se mantiene fresco y vigente a casi medio siglo de haber sido escrito. En este cuento de imaginación desbordada, impregnado de una atmósfera totalmente kafkiana, el maestro nos asombra, nos desespera, nos atrapa. De Arreola y de este texto, Borges escribió: "Creo descreer del libre albedrío pero si me obligaran a cifrar a Juan José Arreola en una sola palabra que no fuera su propio nombre... esa palabra, estoy seguro sería libertad. Libertad de una ilimitada imaginación, regida por una lúcida inteligencia. La gran sombra de Kafka se proyecta sobre el más famoso de sus relatos `El guardagujas`, pero en Arreola hay algo infantil y festivo ajeno a su maestro" (Jaime Ramírez Garrido, "La palabra libertad lo define: Jorge Luis Borges", en Crónica, 21/IX/98).

-¿Me llevará ese tren a T.?

-¿Y por qué se empeña usted en que ha de ser precisamente a T.? Debería darse por satisfecho si pudiera abordarlo. Una vez en el tren, su vida tomará efectivamente algún rumbo. ¿Qué importa si ese rumbo no es el de T.?

No hay duda. En pleno año 2000 la obra de Arreola goza de perfectas condiciones de salud. Es menester, entonces, acercarse, releer, valorar y otorgarle su verdadera dimensión a un escritor capital de este siglo, cuya honestidad consigo mismo lo llevó al retiro, para muchos prematuro ("¿vale la pena escribir realmente algo que no supere a lo ya hecho y sólo agregue cantidad?", se preguntaba Arreola una y otra vez cuando alguien cuestionaba su poca producción); a un autor, cuya pasión por las letras lo convirtió en maestro y guía de varias generaciones de escritores mexicanos a quienes inculcó su pasión por la literatura (Carlos Monsiváis, Beatriz Espejo, Gustavo Sainz, Gerardo de la Torre, José Agustín, Elsa Cross...), a un apasionado divulgador de la cultura que no escatimó esfuerzos para fundar revistas (Pan, Mester, entre otras), colecciones de narrativa ("Los Presentes", "Cuadernos del Unicornio") o aparecer, sin prejuicios, en radio y televisión.

Fue precisamente a través de la tv que muchos hoy treintañeros supimos de su existencia allá a principios de los 70. En el caso de quien esto escribe, primero, a través de la palabra cuando Arreola, acompañado de sus "estrafalarias" capas y su, ya desde entonces, blanca melena alborotada, daba lustre a la maratónica emisión de Sábados con Saldaña, del fallecido Canal 13 estatal. Más tarde, mediante la letra impresa, cuando con su Lectura en voz alta, texto imprescindible que nos guió por nuestras primeras lecturas, el último gran juglar nos enseñó, como quizá también a miles de mexicanos, a amar la literatura

José Antonio Gurrea C. es redactor de etcétera. Correo: jgurrea@etcetera.com.mx

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