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¿Niño o niña?
Fedro Carlos Guillén
Es frecuente la pregunta que las viejas chotas dirigen a una pareja de futuros padres respecto del sexo que prefieren para su retoño. La respuesta -igualmente frecuente- es que "no importa el sexo, sino que venga bien". Lo anterior es generalmente una gran mentira y ello ha determinado que una creciente cantidad de parejas recurran al ultrasonido, procedimiento mediante el cual un ginecólogo pasa una especie de micrófono de los 40 sobre el vientre materno buscando en un monitor las partes prudentes de la criatura. Mi mujer y yo recurrimos a dicho método con dos ginecólogos, ¿por qué? Porque el primero era tan bruto que se negaba a dar la información por temor "a las consecuencias". ¿Qué consecuencias? Nunca lo supe. El sexo de una persona se determina por la presencia de cromosomas del tipo X o Y, dado que la mujer sólo tiene un tipo y el padre ambas variantes, es éste el que, en función del cromosoma que aporte, produce un varón o una fémina. Ello, por cierto, es un hecho fisiológico y nada tiene que ver con los encuentros y desencuentros recientes entre hombres y mujeres que han producido una batalla de los sexos en la que hay que andar con casco. Las estrategias para averiguar (o producir) el sexo de los que vendrán han sido ligeramente estremecedoras; hay quienes creen que una posición sexual determinada produce únicamente varones y a ello se dedican con entusiasmos palpitantes. Otros creen que hay que pasar una medallita por la panza de una señora embarazada y en función de la orientación se puede averiguar de forma inequívoca el sexo del bebé. La eficacia de estos métodos, aunque conserve el sabor de la ingenuidad, es bastante pobre. Entonces, ¿qué hacer si a uno no le da la gana meterse a una plancha y le pongan un liquidito que tiene la temperatura de congelación del tungsteno? Un reciente hallazgo, publicado en la revista médica The Lancet, ha arrojado nuevas pistas para saber el sexo de los que vendrán. Investigadores del Instituto Karolinska, en Estocolmo, aseguran que la cosa es simple: aquellas mujeres embarazadas que padecen de mayores malestares durante el proceso, darán a luz una niña. ¿Por qué? No se sabe. El trabajo se basa en un análisis realizado con todos los nacimientos ocurridos en Suecia entre 1987 y 1995, periodo en el cual nacieron más de un millón de bebés. De esta cantidad poco más de la mitad (51%) fueron niñas y 49% varones; esta es una proporción ortodoxa, pues el proceso por el cual el hombre aporta un cromosoma X o Y es completamente aleatorio. Sin embargo, cuando únicamente se analizó a la población de cinco mil 900 mujeres internadas hospitalariamente durante los primeros tres meses de embarazo debido a vómitos y mareos, se encontró que esa proporción variaba a 56% de niñas y 44% de niños. Este notable hallazgo sugiere que una forma probable de anticipar el sexo del niño sea el malestar femenino durante los tres primeros meses. En este caso, como en muchos otros, los científicos hallan un efecto y se lanzan a la búsqueda de las causas que le dieron origen. Supongo que será muy fácil cotejar su propia experiencia con lo que relata este estudio y ratificar o rectificar el hallazgo de forma tal que asombre a sus amigos en la próxima reunión con sus capacidades adivinatorias. Esto siempre será mejor que hacer trucos de magia o contar chistes que no tienen destino y dejan a todos dormidos mientras ladran los perros de la madrugada Fedro Carlos Guillén es biólogo, con doctorado en Ciencias por la UNAM. |
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