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real politik Putin protege la salida de Yeltsin
María Cristina Rosas
Boris Nikoláyevich Yeltsin efectuó un dramático anuncio en la televisión rusa el 31 de diciembre: "Hoy, en el último día del siglo que termina, renuncio". Pálido y agobiado, en un discurso que tomó por sorpresa a la opinión pública de su país y del mundo, Yeltsin explicó que Vladimir Putin, primer ministro y delfín del líder eslavo, lo sucedería como Presidente. Dijo también que Rusia necesitaba un nuevo liderazgo político en el nuevo siglo y que las elecciones presidenciales se llevarán a cabo en 90 días, esto es, el 26 de marzo, en vez de julio, como estaban originalmente programadas. El rey Boris aprovechó la oportunidad para disculparse por no haber hecho realidad los sueños del pueblo ruso y pidió perdón a los eslavos. Aunque sus disculpas difícilmente pueden subsanar el daño hecho al país más grande del mundo. Yeltsin es el hombre que puso fin a la Unión Soviética, y condujo a los rusos por un sendero de pobreza y capitalismo a ultranza que probó ser impactante para una sociedad que por décadas no había operado según las reglas del mercado. Las mafias prosperaron al amparo del nuevo gobierno en la Rusia de Yeltsin y, a la fecha, se han producido dos guerras de exterminio en Chechenia y la intromisión en los asuntos internos de los países de la Comunidad de Estados Independientes (CEI). Pese a ello, Yeltsin pactó con Occidente iniciativas en materia de desarme, y presenció cómo la esfera rusa de influencia se desvanecía frente a los embates de Japón, Turquía, Irán, Alemania y la OTAN, que en 1999 concretó la adhesión, como miembros de pleno derecho, de Polonia, Hungría y la República Checa. A nivel interno, pese a las críticas a su gobierno y a sus innumerables problemas de salud, destacando el alcoholismo y una complicada operación quirúrgica de las coronarias, logró evadir un juicio político en mayo de 1999 y colocó y despidió a cuatro primeros ministros en un lapso de dos años. En 1996, con todo y su impopularidad, obtuvo la victoria para un segundo periodo presidencial al derrotar al líder comunista Gennady Zyuganov. A pesar de su gestión tan accidentada, tras rasgarse las vestiduras (logrando que ese 97% de los rusos que, según las encuestas, lo repudiaban como Presidente), Boris Nikoláyevich logró no sólo emocionar a los rusos que perplejos escuchaban la petición de perdón del hombre más poderoso del país. Al pasar la estafeta a Putin, recibió de éste un decreto que le da inmunidad a él y a su familia, respecto a cualquier acción que la justicia desee emprender en su contra. Así, astutamente, Yeltsin resolvió dos problemas: allanar el camino para que Vladimir Putin se consagre como el segundo Presidente de la Rusia "democrática" y obtener, de la comunidad internacional, elogios a su gestión y a su sucesor. El presidente estadounidense William Clinton, por ejemplo, quien sostuvo una conversación de diez minutos con Putin a unas horas de que éste fuera investido como mandatario, calificó al nuevo ocupante del Kremlin como "una persona seria, letrada y al mando" y externó que en las relaciones EU-Rusia bajo la administración del delfín de Yeltsin hubo un "buen comienzo". La renuncia de Yeltsin, por tanto, no fue un acto irracional sino perfectamente planeado y calculado. En agosto de 1999, varios casos de corrupción y malversación de fondos involucraron a Boris Nikoláyevich y a su pequeño círculo de familiares, empresarios y figuras políticas, que con la protección presidencial se beneficiaron para la consumación de sus negocios. El futuro de esta especie de "familia" parecía sombrío. En ese contexto, el primer ministro Serguei Stepashin fue depuesto por el rey Boris y en su lugar fue nombrado Vladimir Putin, un destacado judoca de cinta negra y ex agente del KGB, pero por lo demás, figura desconocida por el pueblo ruso. Sin embargo, Putin ganó fama y apoyo popular tras los lamentables actos terroristas que tuvieron lugar en Moscú y Rostov atribuidos, sin pruebas, a los chechenos. Este fue el pretexto para iniciar una incursión en Chechenia, que se ha caracterizado por ser un conflicto muy sangriento, tanto para los rebeldes como para las autoridades rusas. Pero parece que entre más sangrienta ha sido la contienda, más aplausos ha habido para Putin, quien todos estos meses ha hecho declaraciones agresivas, groseras y demagógicas respecto de los chechenos. Y en la medida en que la atención se ha dirigido hacia Chechenia, los casos de corrupción de Yeltsin, su hija Tatiana Dyachenko y otros allegados al mandatario, dejaron de estar en el ojo de la tormenta. Asimismo, la crisis económica, el nepotismo y el despilfarro pasaron a un plano secundario. Empero, mantener la popularidad de Putin hasta julio del 2000, fecha para cuando estaban programadas originalmente las elecciones, era un riesgo que Yeltsin no estaba dispuesto a correr, dado que el auge del primer ministro pendía de un hilo, esto es, del desenlace del conflicto bélico. Esto precipitó la dimisión de Boris Nikoláyevich. Desde luego, existen riesgos para Putin. En la medida que su programa político depende casi exclusivamente de la guerra en Chechenia, sus aspiraciones podrían desmoronarse si los chechenos logran derrotar a las tropas federales, como ocurrió en la primera confrontación. Sin embargo, en tres meses Putin podría manejar la situación, ya sea terminando la guerra (lo cual le favorecería sobremanera) o prolongándola con un control informatvo sobre el número de víctimas (que hasta ahora se ha aplicado) para evitar el malestar popular. Más importante es que con el pretexto de la guerra en Chechenia, Putin no será presionado por la población para que dé solución a los desafíos en materia económica y de política social. Y aun cuando estos clamores pudieran manifestarse, Putin tiene tres meses y 50% de aprobación popular, según las encuestas, por lo que, a menos que actúe de manera desastrosa, tiene asegurada la victoria en los comicios del 26 de marzo, mientras Yeltsin goza de la más grande impunidad María Cristina Rosas es profesora-investigadora en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Correo: mcrosas@prodigy.net.mx |
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