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por los caminos de sancho barandal freakziones
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nostalgia La red, el muro y el 2000
Julián Andrade Jardí
Más allá del debate sobre el fin del milenio, lo cierto es que la llegada del año 2000 nos aleja de un siglo cruzado por la violencia y el desamparo, pero en el cual el avance de la ciencia fue portentoso. Hoy un adolescente, digamos de 13 años, tiene un nivel de información superior al de un sabio en la Edad Media. Dos guerras mundiales marcaron el signo de la primera etapa de este siglo "corto" como lo llama E. J. Hobsbawm y una división del planeta en bloques que acompañó el tiempo de la guerra fría y el espionaje, en cierto modo romántico, al estilo de los libros de John Le Carré. Pienso que será difícil explicar que algunos de nosotros crecimos en la idea de una sociedad gobernada por la lucha de clases y en la que el socialismo era un horizonte, no sólo necesario sino inhabitable. Marx, sin duda, es el espíritu más poderoso del siglo XX, por las malinterpretaciones de su obra y por los grandes monstruos que se crearon a su alrededor. Murió el siglo pasado, pero su influencia perduró 100 años. Un buen día nos levantamos con la noticia de que el Muro de Berlín era derribado por alemanes cansados de la división y de la opresión en Alemania del Este. Vendrían grandes textos para explicar el desplome del poderío soviético y de sus dictaduras satélites y sin duda uno de los más destacables es la novela de Julian Barnes, El puercoespín. Otro tanto podría decirse de la prosa de Ian McEwan, en Los perros negros, en un intento de explicar la maldad y la sombra negra que cubrió Europa durante la guerra. Los perros negros, capaces de violar mujeres, son el sentido mismo del nazismo y todas sus atrocidades. Pero también está la visión de los vencidos, la nostalgia que se desprende de las páginas de El artista del mudo flotante, de Kazuo Ishiguro, donde el protagonista es sometido al descrédito por el Japón que no fue, por la rendición a otro imperio y por la entrada a una batalla sin futuro. ¿Quién es el culpable? No lo sabemos, pero el interrogante recorrió, también, nuestro siglo. No sabemos si el futuro será de esos jeques que viajan en jet y están conectados a sus negocios desde sus computadoras por medio de la Internet, como ya apuntaba Jacques Attali en su libro Las líneas del horizonte, pero ya tenemos un esquema bastante acabado de qué futuro nos depara una vida ligada a las redes de comunicación. El avance es más que notable. Hace unos 15 años, uno todavía podía mentir sobre las computadoras, explicar que un trabajo no estaba terminado por la mala fortuna de apretar una tecla en el momento menos indicado. Hoy las cosas son más fáciles, aunque el potencial de las nuevas tecnologías siga aún inexplorado. Vendrán las grandes explicaciones del siglo, pero lo cierto es que de algún modo seremos gente de otra época, de un mundo que cabalgó entre la tradición y la explosión de lo virtual. Hoy podemos leer los periódicos del mundo entero, pero debo admitir que extraño las excursiones para poder conseguir un ejemplar de Le Monde o de The New York Times. Quizá en eso radique la diferencia, en ser sobrevivientes de un momento cuando las noticias se tomaban su tiempo, en el que lo más rápido que existía era el noticiero de la noche y en el que no podíamos tener datos del momento sino por algunas estaciones de radio y con muchas limitaciones. La red cambió todo, la avalancha de información por momentos sofoca y nosotros vamos equipados en nuestro viejo Ford, mientras otros nos rebasan en autos que ni siquiera comprendemos. En fin, cuando esta colaboración se publique estaremos en el año 2000 y sus celebraciones. Es posible que nuestra manía de darle fecha a lo que no la tiene sea absurda, pero a fin de cuentas importa y eso lo veremos al momento de entrar en ese territorio incierto, con nuestras manías y esperanzas, las de gentes que ya somos de otro siglo Julián Andrade Jardí es subdirector de Información del periódico Crónica. |
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