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Colón y Humboldt
Dos miradas sobre el nuevo mundo

Víctor Bravo

Visión y ceguera

En 1498, frente al golfo de Paria, un hombre, hijo de la imaginación de la Edad Media, mira con los ojos enceguecidos por una enfermedad contraída a bordo, y por un modo, cimentado por siglos, de entender el mundo; y, comerciante, ve, una vez más, la posibilidad del oro; hombre de una época que concluye, ve lo desconocido a través del terco cristal de sus certezas y su fe; y, elegido de Dios, como se cree a sí mismo, ve en la desembocadura del Orinoco uno de los ríos del cercano Paraíso Terrenal. En 1799, frente al golfo de Paria, un hombre ilustrado, con la lámpara de la razón como guía, mira por encima de tres siglos, aquella primera mirada enceguecida y el espectáculo de lo desconocido que se abre ante ella, y comprende que debe recibir la herencia de aquel hombre afiebrado de visiones, y nombrarla nuevamente.

Colón y Humboldt -en ese arco de tres siglos- representarán los márgenes de dos visiones del mundo, y dos incomparables momentos en la historia de la humanidad en los que la imaginación muestra a la vez sus poderes y sus limitaciones para nombrar lo desconocido.

Teniendo como remoto trasfondo a Jenófanes, para quien, si los bueyes, caballos y leones pudiesen pintar a sus dioses, "harían sus cuerpos a semejanza precisa del porte de cada uno", un filósofo de nuestro siglo, Wittgenstein, reveló el "funcionamiento" de la imaginación para nombrar lo inexistente o lo desconocido. "¿Cómo se puede imaginar lo que no existe?" (Wittgenstein, 1968: 60), se pregunta el filósofo, y plantea su tesis: "Sólo es posible imaginar combinaciones no existentes de elementos existentes: un centauro no existe, pero existen cabezas y torsos y brazos de hombres y patas de caballo", y señala: "Pero, ¿no podemos imaginar un objeto completamente diferente de cualquier objeto existente? Nos inclinamos a responder: no; los elementos, los individuos tienen que existir. Si no existieran la rojez, la redondez y la dulzura, no podríamos imaginarlos".

Frente al golfo de Paria, en dos tiempos distintos, dos hombres miran y nombran una realidad desconocida; y esas miradas y su nombrar partirán de diferentes trasfondos y dejarán distintas huellas, las que conformarán, entre sus extremos, el horizonte de una cultura. Mythos y logos, encantamiento y secularización, deformación y objetividad, en las dos orillas del nombrar. Es necesario decir que esta distinción no es tajante: Humboldt, desde Cosmos (1859), su última monumental publicación, reconocerá en Colón la observación atenta de "la configuración de las comarcas, la fisonomía de las formas vegetales, las costumbres de los animales, la destilación del calor y las variaciones del magnetismo terrestre"; incluso ve, por encima del afán transformador -y deformador- del genovés, el antecedente de su propia labor científica: "En el Diario marítimo de Colón y en sus relaciones de viaje publicados por primera vez desde 1825 a 1829, se encuentran planteadas ya todas las cuestiones hacia las cuales se dirigió la actividad científica en la última mitad del siglo XV y durante el XVI" (1859: 291). En la mirada objetiva y minuciosa de Humboldt es posible observar una suerte de reencantamiento de la naturaleza, en una hermosa visión de correspondencias románticas con el arte. Sin embargo, en una y otra mirada domina la inflexión mítica y el intento de inteligibilidad de la ratio. Entre las dos se abre el escenario donde Occidente realiza el complejo proceso de clausura de una época y de apertura de otra: el giro de la Edad Media a la modernidad.

Huella y trasfondo en Colón

Por lo menos tres fuerzas parecen marcar la inflexión de la mirada de Colón: la del comerciante y político, que atravesará el "mar tenebroso" en busca de las riquezas fabulosas de Asia, que lo harían rico y lo convertirían en el mejor súbdito de los reyes españoles; la visión medieval, sustentada en una inconmovible fe, capaz de negar o transformar en su subjetividad la más contundente realidad, y la del destino del elegido, capaz de romper la tela del mito, la que señalaba el precipicio universal en el más allá del mar tenebroso, sólo para recoser esa tela en la certeza del descubrimiento no de la tierra firme de un nuevo continente sino del umbral mismo del paraíso terrenal. Es una de las más grandes figuras contradictorias la de ese gran viajero que abre la ruta de la modernidad, sumergido en los densos signos medievales.

La búsqueda del oro se convierte en la primera obsesión del almirante. Esa obsesión no respondía solamente a la ambición personal de la riqueza sino, también, a la necesidad de justificar la empresa ante el reino y ante los múltiples enemigos de la corte. Esa obsesión abre un surco que transitarán los conquistadores, quienes topan con la argucia de la resistencia indígena, pues éstos lograrán muchas veces trocarles el viaje en errancia, en viaje infinito hacia las tierras de ninguna parte de El Dorado. "Castrar el sol, eso es lo que han venido a hacer los extranjeros", se dice en el Chilám Balám, frente a esa fuerza de la destrucción que silenciaba culturas, memorias, monumentos, que borraba huellas y cancelaba destinos que no fuesen los marcados por la cruz y la espada. El hallazgo del oro era la primera apuesta de los temerarios viajeros, y esa búsqueda atraviesa el Diario de a bordo del almirante quien, en la inminencia o el fracaso del hallazgo, verifica, promete, justifica o plantea alternativas como la de la esclavitud. En el Diario del tercer viaje la justificación por no "haber enviado los navíos cargados de oro" deriva hacia distintas argumentaciones: el poco tiempo de búsqueda, la valoración de otros logros como la propagación de la fe, hasta el hallazgo del paraíso terrenal, en una confluencia paradójica de convicción y argucia verbal. Así dirá en el Diario del tercer viaje: "Nació allí mal decir y menosprecio de la empresa comenzada en ello, porque no había yo enviado luego los navíos cargados de oro, sin considerar la brevedad del tiempo y lo otro que yo dije de tantos inconvenientes". Colón deberá enfrentar el susurro negativo de los enemigos en los oídos del rey y, por ello, reiterará la magnitud de su empresa, el gasto no tan alto, en comparación con otras empresas del reino, y la sustitución del valor del oro por otro valor ("... que bien que no se hayan enviado los navíos cargados, se han enviado suficientes muestras de ello y de otras cosas de valor").

Esta emergencia de conquista que guía al viajero se une a un trasfondo de hombre de la Edad Media que crea las representaciones de la realidad por medio del espejo deformador de lo mitológico. En el trasfondo de la visión del almirante se encuentra, por ejemplo, la Historia natural de Plinio, historia que parece cumplir a cabalidad el modo de expresión de lo imaginario sobre lo desconocido, según la citada descripción de Wittgenstein, de integración de partes de elementos ya existentes. La "etnología" de Plinio crea el cruce fantástico de elementos conocidos para crear seres extraños. Así encontramos en las "razas plinianas" hombres y mujeres peludas, seres con ojos de lechuza, habitantes de las montañas con cabeza de perro, unos que caminan a gatas como las bestias, otros con pezuñas de caballo, gigantes y cíclopes, enanos y amazonas, los que tienen un labio tan grande que les sirve de paraguas y los que no tienen boca, los andróginos, que se pasean en la indiferente plenitud de posesión de los dos sexos, los que no tienen cabeza y tienen la cara en el pecho, y otros cruces fantásticos que poblaron el imaginario de la Edad Media y navegaron en las naves del almirante como la gran visión para lo desconocido que de pronto emergería en el esplendor de otro mundo. Ya el testimonio de Marco Polo había poblado las tierras desconocidas de seres irreales, de hombres, por ejemplo, que tenían "cabeza de perro y dientes y hocico semejantes a los de un gran mastín", y Colón, ante el Nuevo Mundo, borra, como diría Lezama, "los confines entre la fabulación y lo inmediato" y ve un gran ramo de fuego en el mar, y un gran perro cuya boca sostiene como una columna de madera, donde cree ver letras, y ve, en los manatíes, sirenas "no tan hermosas como las pintan, que en alguna manera tenían forma de hombre en la cara", y así, el surco de la mirada queda abierto para la gran fiesta de la imaginación que se mostrará en la certeza del paraíso terrenal, el más restallante de sus delirios, y así, siguiendo este surco, sir Walter Raleigh nos habla de los Ewaipanomas, "que tienen los ojos en los hombros y la boca en medio del pecho y un gran mechón de pelo les crece hacia atrás entre los hombros"; de los Monocelos, de pies tan grandes que les sirven de quitasol, nos habla de gigantes, de pigmeos, de amazonas, mandrágoras, basiliscos, sirenas, y del esplendor, en un más allá de la imantación, del oro de El Dorado. Américo Vespucio testificará sobre los gigantes patagones; Gonzalo Fernández de Oviedo, sobre "los hombres marinos que viven en el mar"; Pedro Martín de Anglería, de una región llamada Yuciquanim, donde arribó en otro tiempo, por el mar, "una gente con cola larga de un palmo y recia como el brazo", quienes cuando querían sentarse, empleaban asientos con agujeros. En el origen del Nuevo Mundo no sólo se encuentra el asombro y la destrucción sino también el delirio imaginativo que se quedará para siempre en la imagen y el destino del continente.

Ese delirio llega a uno de sus extremos, en el Diario del tercer viaje, en la constatación, por parte de Colón, de encontrarse en el umbral del paraíso terrenal. En esa dualidad que parece acompañarlo, Colón, frente a tan desmesurado hallazgo, parece presentarse, a la vez, como un elegido de los designios de Dios y, de manera sorprendente, como un pícaro. Leonard (1949: 28) sugiere que la lectura de Medea, de Séneca, le da a Colón la certeza de ser el elegido. Dice Séneca: "Vendrán los tardos años del mundo ciertos tiempos en los cuales el mar océano aflojará los atamientos de las cosas y se abrirá una grande tierra y un nuevo marinero como aquel que fue guía de Jasón que hubo nombre Thyphis descubrirá nuevo mundo y entonces no será la Thule la postrera de las tierras". La certeza de ser el elegido se revelará en Colón teniendo como trasfondo una imagen que luego será una de las preferidas de Humboldt, la imagen del encuentro del río Orinoco con el mar, "... con aquel surgir tan fuerte, que era pelea del agua dulce con la salada", que lo hace afirmar por más de tres veces en el diario que ha descubierto la entrada al paraíso terrenal, "porque creo que allí es el Paraíso terrenal, a donde no puede llegar nadie, salvo por voluntad divina". Esta confirmación hace emerger también el rostro del "pícaro", aquel que en vez del oro prometido afirma el más extraordinario de los hallazgos. Así lo interpretará Carpentier en El arpa y la sombra (1979), quien hace decir a Colón personaje: "¡Bueno!, si no hallé la india de las especies sino la india de los caníbales, pero ¡carajo!, encontré nada menos que el Paraíso terrenal" (1979: 155). El hecho de que este "descubrimiento" sea una idea recurrente en el Diario del tercer viaje, mas no su preocupación central (que es el oro), lleva a pensar que tal certeza en Colón era a la vez, contradictoriamente, un convencimiento y una argucia, en el mismo sentido en que, mutatis mutandis, la mentira de Sancho Panza sobre la entrevista con Dulcinea, en el capítulo X del Quijote (segunda parte), según la clásica lectura de Auerbach, es una argucia y, finalmente, un convencimiento en el mismo Sancho Panza que urdió la mentira.

Colón no hace sino obligar a coincidir la realidad con los mapas medievales, donde aparecía el paraíso terrenal, así como -según Oscar Wilde- sería incompleto un mapa moderno que no incluyese el país utopía. Una y otra representación -paraíso terrenal y utopía- son formaciones imaginarias que caracterizan épocas distintas -la Edad Media y la modernidad- y ambas representaciones tendrán como referencia el nuevo continente, tal como puede verse en el Diario del tercer viaje, de Colón, para la primera, y en la utopía de Moro, para la segunda. El nuevo continente se convierte de este modo en una suerte de puente de piedra, exuberancia y asombro que une las dos orillas de dos épocas, la clausura de una, la apertura de otra, en una articulación confusa de anacronismos y fallidas realizaciones.

Los ojos enfermos de Colón, frente al golfo de Paria, crean una de las últimas representaciones de una época que se cierra y deja el surco abierto para que otra época, con sus propias inflexiones, rearticule esas representaciones en otras formas de inteligibilidad. Así lo entenderá Humboldt, quien reintegrará, desde el logos, no sólo la mirada mitológica de Colón sino la de uno de sus más remotos antecedentes, la etnología delirante de Plinio el Viejo.

Trasfondo y huella de Humboldt

En Cosmos, Humboldt dirá de la Historia natural, de Plinio, que es una gran empresa que "intenta abarcar una descripción general del mundo", y la considera "el monumento más grande que la historia latina ha legado a la literatura de la Edad Media". En Colón reconocerá, como decíamos, la descripción cuidadosa del Nuevo Mundo, más acá o más allá de las deformaciones imaginativas que la acompañan. La ratio incorporando en un nuevo horizonte de inteligibilidad lo legado por otras miradas. De allí que la imagen de las aguas que se encuentran en la desembocadura del Orinoco, en la mirada de Humboldt, repetirá el asombro de Colón, lo que le hará exclamar, en carta a su hermano Guillermo: "Hemos cruzado ante esa desembocadura, ¡es un terrible encuentro de aguas!". La imagen del río desembocando en el mar produce tanto asombro en Colón como en Humboldt, de allí que el sabio alemán coloque su mirada en un segundo grado respecto de la primera. Humboldt rescata la bondad de aquella primera mirada; cito in extenso:

"La dulce frescura que al calor del día reemplazaba la transparente pureza del estrellado cielo, el balsámico perfume de las flores que las brisas de tierra arrastraban, llevaron la creencia al ánimo de Colón, según Herrera, de que el jardín del edén, santa morada del primer hombre, se hallaba próximo. Vio en el Orinoco uno de los cuatro ríos, que según las venerables tradiciones esparcidas desde la infancia del mundo, nacían del paraíso para regar y dividir la tierra, adornada de flores sin cesar abiertas... Este poético paisaje... (es) nueva prueba de que la creadora imaginación del poeta se manifiesta en el atrevido navegante que sale en busca de mundos..." (1808: 192-3).

Pero ese rescatar es también una distanciación: la nueva mirada será la del logos que, como Ulises frente al canto de las sirenas, disfrutará la belleza de las primeras visiones en el mismo acto en que las desplaza para ocupar su lugar e instaurar un nuevo horizonte de inteligibilidad. Es la mirada objetiva que tratará de ver, en la multiplicidad de los fenómenos, la unidad de la ley, la que, como señalara Lezama, une "los instrumentos y el ojo observador", y donde "la medición de altura es al propio tiempo el descubrimiento de una colina" (Lezama, 1968: 201), y donde, en el recuento de la diversidad, la mirada tiene el soporte de un nuevo discurso para dar cuenta de la botánica y geografía de las plantas, de zoología, de mediciones astronómicas y barométricas, de descripciones geográficas y geopolíticas; todo en la fascinación de una narrativa de viajes que rearticula incesantemente el dato objetivo con un nuevo asombro, nacido ya no de la dimensión mítica sino de las entrañas mismas del logos.

Entre Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente (1814) y Cosmos (1859) se produce en Humboldt lo que es quizá la tarea estelar del logos: la comprensión de la naturaleza, del cosmos, del hombre, en un arco tendido entre la multiplicidad de los fenómenos y la precisión de la ley. Humboldt señala claramente el objetivo de su viaje: "Un doble fin me había propuesto en el viaje cuya relación histórica publico ahora. Deseaba que se conociesen los países que he visitado, y recoger hechos que diesen luz sobre una ciencia apenas bosquejada y asaz vagamente designada con los nombres de Física del mundo, de Teoría de la tierra o de Geografía física" (1814: 4). En el libro de 1814 se cumple el propósito de un exhaustivo registro de un mundo; en Cosmos, la distanciación teórica para producir una interpretación del mundo físico en su generalidad. La obra de Humboldt es uno de los más espectaculares ejemplos de cómo la ratio, en un continuo movimiento entre la descripción de los fenómenos y la formulación de la ley, hace inteligible el mundo por medio de procesos objetivos de comprensión.

Dos tipos de asombro

Pero si Humboldt produce el desplazamiento del mythos al logos en la comprensión del continente y del universo, también aporta una nueva vertiente en esa comprensión: un nuevo tipo de asombro. Ante la mirada de Humboldt la naturaleza del Nuevo Mundo es exuberancia, profusión, plenitud de una extraña belleza, y hasta la figura humana se diluye en el paisaje: "En el viejo mundo son los pueblos y los matices de su civilización los que dan al cuadro su principal carácter; en el nuevo, el hombre y sus producciones desaparecen por decirlo así en medio de una gigantesca y salvaje naturaleza" (1814: 29). Ese asombro es distinto, sin embargo, al de Colón y los conquistadores: mientras en éstos el asombro restallaba en la dimensión mitológica de un imaginario de transformaciones, en el sabio alemán el asombro lleva a una mayor pasión por la descripción minuciosa, y a una criba vinculada a la sensibilidad romántica (y que luego será el principio estético del simbolismo): la de las correspondencias. La mirada de Humboldt sobre la naturaleza americana realiza la transposición hacia la naturaleza en el arte y la literatura, tal como se expresa en las obras de Rousseau, Bernardino de Saint Pierre y Chateaubriand. En Cosmos, uno de cuyos capítulos se denomina "Influencias de la pintura del paisaje sobre el estudio de la naturaleza", el tramado de correspondencias se desplaza de la naturaleza del Nuevo Mundo a la obra de Tiziano, por ejemplo, o a la lectura de Pablo y Virginia, produciendo, en esa mirada, la manifestación de una visión estética y de la sensibilidad.

Colón y Humboldt extenderán dos discursos distintos sobre un "continente vacío", según la expresión de Eduardo Subirats (1994), en un intento de aprehensión de lo desconocido. Mythos y logos despliegan así sus transformaciones o sus minuciosas descripciones, creando las dos orillas entre las cuales debería fundarse la imagen de un continente, de una cultura.

En el ámbito contradictorio producido por esa doble mirada la cultura latinoamericana, frente al nuevo milenio, lucha por alcanzar su inteligibilidad y su destino, en su relación a la vez de integración y diferencia con la cultura occidental

Bibliografía

Cristóbal Colón (1451-1506):
Textos y documentos completos. Prólogo y notas de Consuelo Varela, Madrid, Alianza Universidad, 1984.
Diario de Colón, Pról. de Gregorio Marañón, Madrid, Ediciones de Cultura Hispánica, 1972.
Diario de a bordo, Madrid, Anaya, 1985.

Alejandro de Humboldt (1769-1859):
Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Mundo (1831), Caracas, Monte Avila, 1985 (4 tomos).
Cuadros de la naturaleza (1808), Caracas, Monte Avila, 1972.
Cosmos (1859), Buenos Aires, Glem, 1945.
Cartas americanas, Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1980.

Bibliografía general
T. Adorno y Max Horkheimer, Dialéctica del iluminismo, Buenos Aires, Sudamericana, 1969.
Erich Auerbach, Mímesis: la realidad en la literatura (1942), México, FCE, 1975.
Roger Bartra, El salvaje en el espejo, Barcelona, Destino, 1996.
Alejo Carpentier, El arpa y la sombra, México, Siglo XXI, 1979.
Howard Rollin Patch, El otro mundo en la literatura medieval (1959), México, FCE, 1963.
Irving A. Leonard, Los libros del conquistador (1949), México, FCE, 1979.
José Lezama Lima, Tratados en La Habana, Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1968.
Eduardo Subirats, El continente vacío, Barcelona, Anaya, 1994.
Wittgenstein, Los cuadernos azul y marrón (1968), Madrid, Taurus, 1993.
Leopoldo Zea, El descubrimiento de América y su impacto en la historia, México, 1991.

Víctor Bravo es escritor, se interesa en asuntos históricos y literarios.

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