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snoopy Adiós a los Peanuts
Trascender la niñez Más que Charlie Brown, Woodstock o Snoopy, me llamó la atención el conjunto de niños que los rodeaban. Schulz logró representar en cada uno de ellos la aparente disfuncionalidad de la infancia: adictos al piano, a las cobijitas, a chuparse el dedo, a mentirle al profesor y a ver la tele sumidos en un sillón; con miedo al coco y a los hermanos mayores, los niños que pueblan estos cartones -capaces de grandes conversaciones con perros y sin igual a la hora de comer crema de cacahuate- representan ese mundo infantil delirante que termina disolviéndose en nuestros estrictos parámetros de lo normal. Queden, pues, Charlie Brown y sus amigos como el testimonio de alguien que logró trascender su niñez sin olvidar, en el fondo, de lo que se trataba. Julieta García González ¿Erigir monumentos? Suponiendo que en el nuevo milenio la soberbia raza humana aún necesitara de ídolos a quién admirar para luego emular, sería preferible construir ahora monumentos a Snoopy, Charlie Brown y sus amigos. Aunque, pensándolo bien, sería infinitamente incómodo recordar de manera tan evidente lo que realmente somos: simples mortales. Alejandra Betanzo Ultimo inning Charlie Brown no volverá a sufrir la angustia de ganar el próximo juego de beisbol; ni Linus sufrirá más apuros para que no se le ensope el cereal mientras encuentra algo para leer; ni Snoopy tendrá que emproblemarse más tratando de explicarle el mundo a Woodstock; ni volveremos a hacer nuestras las dificultades de Lucy por conquistar a Schroeder, ni las de Schroeder por ejecutar bien una sinfonía sin que Lucy lo esté importunando. ¿Y nosotros?, ¿a dónde dirigir ahora la posibilidad de compartir las angustias, los apuros, los problemas, las dificultades propias con los de los personajes de Peanuts?, ¿qué hacer con la expectativa que diariamente encontraba cauce en las ocurrencias de Schulz? Volga Cecilia del Riego La sabiduría de Charlie Brown A los siete años, mientras mi hermano entrenaba beisbol, yo mataba el tiempo contando uno por uno los ratones que pasaban en hileras junto al coche en el que permanecía encerrada. Cuando lograba despertar a mi madre para alertarla sobre las familias de roedores, éstos desaparecían inmediatamente y yo sólo recibía los ruidos guturales de dos revoluciones por minuto que emitía la señora. Fue entonces cuando descubrí la sabiduría de Charlie Brown, todos los adultos hablaban como la maestra, mis hermanos mayores se creían Lucy y Charlie, la más chica se restregaba su frazada, se chupaba el dedo y salía siempre llorando; por lo que a mí me tocaba pelearme con las niñas tontas y ligarme al más feo de los amigos de mi hermano. Me decían Pecas Paty, pero en realidad yo sólo quería ser como Snoopy, para mantener el control de la comunicación bajo el poder mental. Adriana Curiel Un mundo sin inocencia "Existe un mercado para la inocencia", fue la premisa en la cual se basó Charles M. Schulz para crear hace 45 años Peanuts, tira cómica lanzada al público por el United Feature Syndicate y que con el paso de los años se convirtió la viñeta más ampliamente difundida en el mundo -incluso más que la de Robert Ripley, Aunque Ud. no lo crea- publicándose en más de dos mil 300 periódicos del planeta. Admirador de Picasso, Schulz no se equivocó al elegir a la niñez como tema y mercado. Todo lo contrario, su lápiz supo trazar las líneas generosas y delicadas de la infancia, otorgándole los candores y angustias inherentes a la etapa más gentil del desarrollo humano. En su gesta, Schulz creó personajes que hoy día son imposibles de extirpar de la conciencia universal, de los que sobresalen, por supuesto, Charlie Brown y su perro Snoopy, una mascota peculiar, cuya silente sabiduría animal llegó a representar la crítica sofocada de la sociedad y la era en la que nació como personaje ficticio. A finales de este año, Schulz decidió que Peanuts debía llegar a su fin. Vano intento, pues si Quino mató a su creación infantil "Mafalda" porque la odiaba, a Snoopy y a Charlie Brown es imposible desaparecerlos con una anodina goma de borrar, simple y sencillamente porque a esa simpática pareja nadie, créanmelo, puede odiarla José Luis Durán King |
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