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Un tipo demasiado original
Silvestre Revueltas: 100 años en el limbo

Luis Ramón Bustos

"Casi desde que yo me acuerdo van los músicos por las calles, con sus instrumentos; sonrientes, presurosos -ahora sé que a ver al patrón- ya sea el del radio que los esquilma o al de la orquesta sinfónica que después de esquilmarlos les atormenta con Beethoven, Bach o cualquiera de esos desgraciados que no tuvieron mejor vida que la suya, y además con ejecuciones que hacen estremecer en sus tumbas -y seguramente no de placer- a esos pobres diablos."

De ese modo describía Silvestre Revueltas, con aquella mezcla de humor y amargura que le caracterizaba, la pobre existencia de sus compañeros músicos; músicos de sinfónica, músicos egresados del Conservatorio, no se vaya a pensar que se trataba de algún mariachi trashumante. Y, de paso, describía sus propias dificultades económicas y las trabas que siempre halló para desarrollarse a plenitud, para componer música en condiciones adecuadas.

El decenio cuando Silvestre desplegó mayor actividad creadora (1930-1940) debió abrirle el camino hacia su plenitud artística y, sin embargo, su mal fario le condujo a un triste desenlace. Su propio carácter coadyuvó a este fin: siempre pareció estar atrapado en una especie de limbo, instalado en un claroscuro que le hacía mudar impulsivamente de estado de ánimo: de ráfagas de felicidad desbordante pasaba, sin motivo aparente, a largos periodos de amarga melancolía. Nada ocurrió de acuerdo con sus anhelos y aquella etapa de febril nacionalismo no fue generosa con el más genuino de sus artistas.

Las condiciones estaban dadas: campañas de alfabetización, ediciones baratas para que se leyeran libros de buenos autores, gobiernos que alardeaban de nacionalistas, obreros y campesinos en pie de lucha, rescate de lo popular en todos los ámbitos de la cultura, sindicatos y ligas de artistas, etcétera. No obstante, alguien falló, algo estuvo mal. Tal vez Silvestre fue un tipo demasiado original, un tipo habituado a ese limbo permanente que le envenenaba; un gordo demasiado burlón e impredecible. Y acaso, también aquellos años no fueron como los pintan.

Hacia aquellos años el arte nacionalista contaba ya con más de diez años de estar en la brega y había producido buenos frutos. Respecto de la música, desde el primer lustro del siglo XX, Manuel M. Ponce obtuvo reconocimiento con sus Canciones mexicanas y otras obras para piano. Dichas composiciones surgieron de un impulso ideológico completamente opuesto al que por entonces estaba en boga en nuestro medio musical. Melesio Morales, Ricardo Castro, Gustavo Campa (maestro de composición de Silvestre), Rafael Tello y otros, todos ellos románticos trasnochados, italianizantes o afrancesados según el país donde se perfeccionaron, regenteaban la música mexicana como simples copistas de la europea. Manuel M. Ponce buscó retomar las raíces y, basado en temas populares, dio un primer impulso al nacionalismo musical.

La música de Ponce, no obstante, estaba demasiado influida por el romanticismo; de ahí que no tuviera, ni armónica ni rítmicamente, el tratamiento adecuado a las melodías populares. El sabor que les buscaba dar, su intención de reexpresarlas con autenticidad no se cumplió cabalmente. Para que tal empresa tuviera éxito era indispensable la utilización de nuevas técnicas musicales, de una armonía menos apegada a los clásicos. Y el mismo Ponce, en sus años de madurez, se percató de ello y usó otras técnicas.

Hacia el fin de los años 20, la ideología nacionalista que pregonaban los gobiernos de los caudillos sonorenses empezó a manifestarse más decididamente en el ambiente musical. Prueba de ello fue la composición de José Rolón titulada El festín de los enanos, en donde a las influencias de Ravel y Debussy se agregan, en la estructura rítmica, otras de música mestiza y popular. Esta obra, por cierto, fue dirigida por Silvestre en marzo de 1928, conduciendo la Orquesta del Conservatorio. Que así fuera no puede considerarse como circunstancial: ya desde entonces se estaban definiendo los futuros intereses musicales e ideológicos del músico.

En 1935, con el triunfo del cardenismo, la marejada nacionalista creció avasalladoramente, y aunque Silvestre era ya uno de los más brillantes compositores de la Escuela Mexicana de Música, las circunstancias no mejoraron para él. Es indudable que para ello influyó mucho su personalidad contradictoria, irreverente, impulsiva; amén de su militancia comunista, su desapego al dinero y su poco sentido práctico. Sin embargo, la principal causa de ese destino contrario -como él mismo afirmó- fue la explotación y deshumanización inherentes al sistema capitalista.

La gente de su tiempo lo consideraba como un tipo bohemio y controvertido, como aquel músico comunista que utilizaba para sus composiciones, por razones meramente ideológicas, melodías y estructuras armónicas populares; como aquel artista problemático y borracho que provocaba escándalos y tenía que ser recluido en hospitales psiquiátricos por su propio bien.

Que de esa manera opinara la "buena sociedad" mojigata de aquellos años, no tiene nada de raro; pero que estos prejuicios tuvieran eco entre sus propios compañeros artistas y de partido e, incluso, entre sus amigos y familiares, resultó funesto para él. Sin esa simpatía, sin ese apoyo y comprensión que requiere todo artista sensible, su propia estima quedó en entredicho. Navegando entre dos aguas, entre la certeza de su talento y la certeza de que pocos se lo reconocieran, en ese limbo al que lo redujeron sus propias contradicciones y la mezquindad de sus contemporáneos, su genialidad se vio limitada por escollos infranqueables.

Su niñez transcurrió en Santiago Papasquiaro, lugar donde nació el 31 de diciembre de 1899. Su padre, que de soltero se había dedicado exclusivamente al comercio trashumante, ya casado decidió radicar allí. Fue entonces, en ese pueblo enclavado en la zona minera de Durango, que se dieron sus primeros acercamientos a la música: soplando flautas de carrizo, escuchando bandas pueblerinas y golpeando tambores que otros utilizaban como tinas de baño.

Comenzó el solfeo a los siete años. Estudió violín en Colima, Ocotlán y Guadalajara; a los 11 años dio su primer concierto en el Teatro Degollado de esta última ciudad. Sin embargo, no es en su formación académica donde hay que buscar la médula de su obra: su verdadera inspiración provino de las bandas y grupos pueblerinos que le tocó escuchar, durante su niñez, en muchos lugares del norte y occidente del país. Siempre gustó de esa música y cuando ya era un compositor formado en la escuela clásica, no usó esas influencias de modo superficial y acartonado como otros lo hicieron, como un pegote o un añadido nacionalista sobre una estructura musical a la europea. Por el contrario, para Silvestre los enlaces armónicos, los ritmos y melodías de la música mestiza formaban parte intrínseca de su propia imaginación, y los coloreaba y estructuraba a partir de un sentimiento compartido, puesto que provenía de esas mismas raíces.

Desde los 15 años radicó en la ciudad de México. Con el fin de proseguir sus estudios, se perfeccionó en violín y tomó clases de contrapunto, armonía y composición. Sus maestros: José Rocabruna (violín); Rafael Tello (contrapunto) y Gustavo Campa (composición). Dos años después partió hacia Estados Unidos donde asimiló nuevas técnicas y entró en contacto con una cultura musical más refinada; entonces escuchó y aprendió la música de los grandes maestros europeos de avanzada. Sus maestros en Austin y Chicago: Sametini, Felix Borowsky, Vaslav Rochansky y Otokaz Sevsik.

Permaneció en ese país, con varios retornos temporales a México, hasta principios de 1929. Se casó en 1920 con Jule Klarecy, cantante de ópera con quien procreó una hija: Carmen. Concluidos sus estudios, laboró como músico profesional en muchos lugares de Estados Unidos, principalmente en Mobile, Alabama, y en San Antonio, Texas. Siendo concertino de la Orquesta del Teatro Azteca de esta última ciudad gana lo suficiente para vivir con cierta holgura y, en apariencia, se siente satisfecho consigo mismo. Para entonces se ha divorciado de Jule Klarecy y vive con una señora 15 años mayor que él: Aurora S. viuda de Murguía. Al parecer, problemas con los hijos mayores de la viuda y su propia inestabilidad provocaron poco después la ruptura.

Mientras tanto, en México, el ambiente musical repunta a gran velocidad. Se reestructura el Conservatorio Nacional de Música, se imparten nuevas materias, y se pretende darle una orientación más nacionalista y moderna. Compositores como Carlos Chávez, José Rolón y Candelario Huizar daban forma a un renacimiento basado en la recuperación de las raíces y apuntalado por nuevas técnicas de composición occidentales. Se fundaron varias orquestas sinfónicas; Chávez organizó la Orquesta Sinfónica de México y, en 1928, en reiteradas ocasiones requirió a Silvestre como director asistente. Este, que residía aún en San Antonio, seguía con atención la efervescencia musical de nuestro país, y sus anhelos de componer y de participar en las luchas populares lo empujaron finalmente a regresar. Aceptó el ofrecimiento de Carlos Chávez y permaneció como director asistente desde principios de 1929 hasta 1935. La ruptura con Chávez provino de diferencias en sus personalidades y, sobre todo, de diferencias insoslayables en lo estético e ideológico.

Aunque su primera composición totalmente acabada fue Batik (1926), se considera que Cuauhnáhuac es su primera obra la cual, estrenada en 1930 por la Orquesta Sinfónica, no tuvo buena acogida. Por aquel entonces la Escuela Mexicana de Música estaba dominada por la vertiente encabezada por Carlos Chávez y sus epígonos. En ella predominaba una estética grandilocuente y retórica, basada en una utilización superficial de la música popular y en la exploración de supuestas fuentes prehispánicas.

La llegada del compositor duranguense a este medio musical resultó, por lo tanto, incomprendida. Incluso un crítico musical muy apreciado en ese tiempo, Mayer Serra, afirmó que Silvestre carecía de un principio constructivo propio y que su material se encontraba primitivamente expuesto y sin elaborar. La verdad era asaz distinta: Revueltas superó con mucho los niveles musicales de su tiempo, creando una sintaxis más moderna, reexpresando su querida música mestiza, y no la indígena como dictaba la moda; es decir, reexpresando una música viva, en pleno desarrollo, espontánea e inclinada a la improvisación. Para colmo de heterodoxias rompió con la tonalidad, cosa que la Escuela Mexicana de Música rechazaba, pues desde su punto de vista el pueblo asimilaba mejor la música atonal. Y tampoco ahí concluyeron sus rebeldías: se puso a jugar con los sonsonetes y rasposidades de los ritmos rancheros, los exageraba con gozo, con malicia, cultivando algo insólito en nuestro ambiente cultural y musical: el sentido del humor y la ironía.

Incluso, no echó mano de melodías propias del acervo mestizo o popular, sino que las creaba él mismo; y si sus composiciones tienen esas características es porque las moldeaba dentro de los esquemas rítmicos y melódicos del cancionero nacional.

Respecto de los compositores occidentales, sus principales fuentes de inspiración provienen del romanticismo tardío. Richard Wagner, Richard Strauss y Gustav Mahler fueron sus favoritos y en sus orquestaciones se evidencia esa relación. No obstante, tuvo respecto de ellos claras diferencias: sus trabajos fueron siempre de poca duración, amplió la sección de percusiones y le dio mayor importancia dentro del conjunto orquestal, y su estilo tendió siempre hacia la frescura y el desenfado. En tanto que los maestros del romanticismo tardío se caracterizaron por su solemnidad, grandilocuencia y la gran duración de sus obras.

Esquinas, Ventanas, Alcancías, Colorines, Renacuajos paseadores, Dúos de patos y canarios, Feria, Caminos, son algunos de los títulos de sus obras. No son gratuitos. Refieren sus intereses cotidianos y sus fantasías musicales. Provienen de nuestras señas particulares, de la geografía popular, y hacen de ella un motivo para jugar muy seriamente con las armonías, para experimentar con los ritmos, para componer con tanta libertad como cualquier músico callejero.

De la literatura provienen, asimismo, algunos de sus temas. Puso música a poemas de Nicolás Guillén, Federico García Lorca, Carlos Pellicer y Ramón López Velarde. Su inclinación hacia la literatura resultó fructífera. De ella se nutría para enriquecer sus ideas musicales, como en el caso del Renacuajo paseador, ballet-pantomima para títeres, basado en un texto de Vanegas Arroyo. Mas no se quedó allí su interés por las letras: también escribió poesía, pequeños cuentos, aforismos, páginas autobiográficas y cartas que son verdaderos poemas en prosa. En sus cartas personales reveló algunos aspectos poco conocidos de su vida, amén de un agudo sentido de observación y de su permanente estilo irónico y pesimista.

En el campo de la docencia incursionó con generosidad. Dio clases de violín y música de cámara en el Conservatorio. Su labor como maestro le proporcionó dos recompensas: 250 a 260 pesos al mes (sueldo apenas mayor al que ganaban los obreros de entonces que, al igual que los de hoy, materialmente vivían coqueteando con el hambre) y una relación amorosa con una alumna, Angela Acevedo, quien sería su última esposa.

En junio de 1937 emprendió un viaje a España con el fin de participar en el II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas para la Defensa de la Cultura, que se realizó en Valencia, capital de la España Republicana. Hacia aquel año era secretario general de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR), y en esa calidad, y como destacado compositor de militancia comunista, se le invitó al Congreso. La delegación mexicana comprendía, entre otras personalidades, a José Mancicidor (jefe de la delegación), Juan de la Cabada, Carlos Pellicer, Fernando Gamboa, Octavio Paz, Elena Garro, José Chávez Morado y María Luisa Vera.

Para Silvestre, como solía ocurrirle en todos los lances de su vida, el viaje significó una interminable epopeya por falta de dinero. Encontró serias dificultades para embarcarse y continuar la travesía desde Nueva York; en El Havre, en París, tuvo que alargar sus estancias a la espera de fondos. La Ciudad Luz le parece fría; la percibe como una máquina bien aceitada y perfecta a la que le falta vida real, personalidad. Aguardando el dinero y la visa que habrían de conducirle a España, reanuda sus viejos lazos con la melancolía.

En una carta narra sus paseos por esa ciudad y revela pensamientos poco ortodoxos; así, el 14 de julio, en lugar de acudir al desfile militar, como la fecha reclamaba, se embarca en una de esas largas caminatas que le mitigaban el mal humor. La soledad, como él mismo afirmaba, le ayudaba a aclarar ideas, a formar estructuras musicales y a desarrollar su poder de observación. Entonces ocurre una escena que le hace sonreír: mientras pasa el desfile, un hombre se lanza al río Sena y de inmediato monopoliza la atención de la gente, que acude presurosa a observar. Silvestre escribió al respecto: "Un hombre muerto o en peligro, es sin duda mejor espectáculo que cualquier desfile militar".

Finalmente cruzó la frontera española el 16 de julio, lo que le impidió llegar a tiempo al Congreso. En Valencia, típico de él, se regodea la vista con la hermosura de las mujeres, quiere abrazar a todas, hacerles el amor. Comenta con sentido crítico la situación de esa ciudad, la cual estaba muy bien abastecida (mientras en Madrid la gente padecía hambre por la larga resistencia), lo que le pareció un derroche imperdonable, una prueba de desorganización. "La retaguardia -escribió- debería hacer mayores sacrificios y colaborar a la economía de guerra".

Permanece varias semanas en Valencia, Madrid y Barcelona. En las tres ciudades dirige conciertos, presentando, desde luego, su Homenaje a García Lorca. Dos de esos conciertos obtuvieron mayor resonancia: el de Madrid, del 19 de septiembre, en el Teatro de la Comedia, donde dirigiendo a la Orquesta Sinfónica y a la Filarmónica de Madrid juntas, sintió que Janitzio nunca se había escuchado mejor; y el de Barcelona, del 7 de octubre, en el Palau de la Música Catalana, donde en un gran suceso condujo a la Orquesta de Pau Casals, interpretando Redes, Caminos y Janitzio. Su deseo de entablar contacto directo con la guerra se materializó en visitas a los frentes de Pozo Blanco (donde había un destacamento de mexicanos de las Brigadas Internacionales), en Guadalajara y en Belchite. Allí le tocó corroborar lo que se decía por todo el mundo: la capacidad de sacrificio y el valor de las mujeres y los niños republicanos.

Abandonó España el 9 de octubre. A su paso por París, donde permanece dos meses al garete con la esperanza de recibir fondos para viajar a la Unión Soviética, se le recrudecen los malos humores, la desesperación, la abulia. Intenta contrarrestarlos con su acostumbrada medicina de escribir cartas a su esposa Angela y perderse por las calles. Sin recursos para continuar hasta el "paraíso soviético", retorna a México en diciembre; realiza la travesía con Carlos Pellicer en un vapor alemán y en tercera clase, desde Francia a Veracruz.

Entre 1938 y 1940 la vida de Silvestre Revueltas se concentra en sus trabajos como compositor y en la dirección de orquesta; aumentan sus problemas económicos y familiares; se distancia un poco de sus compañeros comunistas, con quienes nunca encajó su temperamento burlón y contradictorio. Una sombra nueva se añadió: en 1939, a raíz de una crisis por problemas de alcoholismo, fue internado en el sanatorio del doctor Falcón. Estas reclusiones se repitieron varias veces hasta 1940, año en que falleció.

Estas crisis afectaron su labor como compositor. En esos dos años sólo realizó obras de pequeña envergadura, salvo el ballet La coronela, que dejó inconcluso y que, posteriormente, fue terminado por Blas Galindo y orquestado por Candelario Huizar.

Se dijo muchas veces de Silvestre algo semejante a lo que Alfonso Reyes comentó de Valle Inclán: sus amigos, sus conocidos, se preguntaban a qué horas desarrollaba su labor creativa puesto que siempre se le veía entre la gente, charlando, indagando, o en sus reuniones políticas o en los ensayos de orquesta, o simplemente perdiendo con placidez el tiempo; y, cuando menos se esperaba, sin saberse cómo, anunciaba la terminación de un poema sinfónico o de una obra musical importante. La respuesta la dio el propio Silvestre en diversas ocasiones: sus composiciones las concebía y desarrollaba caminando, escuchando (de ahí que sus amigos lo recordaran casi siempre distraído y silencioso), alimentando su imaginación con los ruidos y las escenas callejeras.

Estas fuentes de inspiración, las callejeras y las del paisaje, fueron para Silvestre meros pretextos para disparar sus fantasías sonoras. Nunca pretendió ser un pintor musical, como lo fueron casi todos los compositores de la Escuela Mexicana de Música. Sus comentarios a Janitzio sintetizan, con un claro dejo de burla, su posición al respecto: el lago le parecía bastante feo, sin mayor interés, pero se decidió a componerle música para no defraudar a toda esa gente que visitaba la isla michoacana creyéndola una tarjeta postal, haciendo del lugar un edén propicio a los besos y apapachos, buscando, por qué no, aumentar su propia gloria y renombre y pasar a la historia como genio de la música. Su mala leche, por lo visto, no perdonaba ni los paisajes pintorescos.

Murió a causa de un problema pulmonar mal cuidado. Un sistema social injusto -el capitalismo que él anhelaba destruir-, le impidió tener los recursos necesarios para acudir al médico. Falleció el 5 de octubre de 1940, dejando trunca una carrera como compositor y director de orquesta que vaticinaba frutos excepcionales. Su historia personal y su originalísima obra avalan el lugar que ahora tiene en nuestra música.

Pocos artistas de esa década pueden encarnar, en temperamento y espíritu, aquella insurrección popular, ese tiempo de nacionalismo y de esperanza en un futuro socialista, como Silvestre Revueltas. Tal vez por eso se quedó anclado en esos años, y aún se toma sus oscuras en la cervecería "El Riel" y se echa sus carcajadas; y cavila con el pensamiento puesto en un pentagrama de melodías rasposas y atonales. Tal vez por eso se le ve aún allí, poniendo cara de incrédulo ante el catecismo de sus compañeros del PCM, denostando sarcásticamente las verdades burguesas, y no tomándose en serio ni a sí mismo

Luis Ramón Bustos es ensayista y traductor, especialista en narrativa del siglo XIX.

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