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Nueva información Ricardo Becerra
A partir del año 2000, los economistas podrán vivir más tranquilos y, sobre todo, más seguros: el INEGI, en octubre de este año, publicó un nuevo Sistema de Cuentas Nacionales. Una compilación novedosa y actualizada de los datos y la evolución económica de México de 1993 a 1997. Lo que hay que subrayar es la absoluta trascendencia de esta sistematización estadística: nos informa de un México nuevo, en cierto modo desconocido. Veamos. La primera aportación de este sistema se halla en la novedosa clasificación y separación entre los "sectores institucionales" de la economía: hogares, empresas y gobierno. Desde ahora va a ser posible conocer la producción, los ingresos, el ahorro, la formación de capital y la forma como financian sus actividades. Es un mejor mirador de la economía: ya no se trata de exponer las grandes cifras agregadas que se acomodan a las ecuaciones clásicas de los economistas, sino de echar un vistazo a la verdadera "fisiología" de nuestra economía. Hasta 1999 era imposible conocer esa realidad, precisamente por la forma como se trabajaba y se presentaba la información. Obsérvese, por ejemplo, el siguiente dato: 30% de la producción del país la realizan los hogares. Esta sencilla forma de mirar a la economía rompe de un plumazo con un supuesto tradicional según el cual la producción de un país es realizada por las empresas, mientras que los hogares simplemente demandan y consumen los bienes disponibles en la economía. En México no es así, al menos para 11 o 12 millones de mexicanos. El Sistema de Cuentas Nacionales de 1999 respalda las afirmaciones y sospechas de muchos economistas y demógrafos: la economía informal representa, probablemente, una masa de valor muy superior a 10% del PIB, es decir, ¡unos 380 mil millones de pesos! Es una proporción elevadísima: he aquí una de nuestras deformaciones más ostensibles: ¿cómo integrar esa enorme masa de micronegocios a la economía moderna, a la seguridad social y a la fiscalidad? El sistema nos ofrece otra información inquietante, pues revela la fragilidad del entorno económico e institucional: a partir de la crisis de 1994 el conjunto de empresas mexicanas se ha transformado en ahorradoras netas, más que en inversoras. Según los cánones de la economía las empresas son los agentes de la inversión, pero en el México de fin de siglo los empresarios dejan de invertir, guardan parte de sus ganancias, ahorran, para luego utilizar esos recursos en la formación de sus activos fijos. Esta conducta se explica en parte por la ausencia de crédito bancario en los últimos años: los empresarios no recurren a la banca para financiar sus proyectos, sacan recursos de la economía y esperan un mejor momento para desarrollar y expandir sus empresas. Otra mala noticia: en relación con el ingreso, y cómo se distribuye entre capitalistas y asalariados, la estadística de INEGI es inequívoca: después de la crisis de 1994-95 los trabajadores han perdido terreno, y ahora se llevan poco más de 35% del ingreso total; el ingreso restante es distribuido dentro de las clases de por sí mejor colocadas socialmente. Infiere el informe que esta situación -la pérdida del ingreso entre los asalariados- está siendo revertida a partir de 1997 y es posible que cerremos el año superando la crisis; es decir, que el PIB por habitante sea mayor en 1999 que en 1994: un sexenio para remontar ese indicador crucial. La renuncia de los bancos a prestar dinero es uno de los elementos explicativos esenciales del último lustro del siglo: es lo que explica que la inversión haya crecido poco, que las diferencias entre grandes empresas (con acceso a bancos extranjeros) y las demás se hayan ensanchado, y que sectores tan importantes como la agricultura y bienes raíces se deprimieran en los últimos años. El crédito bancario ha ido sistemáticamente a la baja desde 1995: hoy hay menos de la mitad del crédito que hace seis años. La década que agoniza, informan las Cuentas Nacionales, nos deja ese nuevo saldo: una banca que no es palanca, resorte, sino lastre del desarrollo. La década liberal nos deja un problema más -y de que tamaño- a los que ya veníamos arrastrando de nuestra era populista Ricardo Becerra estudió Economía en la UNAM. |
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