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freakziones Recuerditos navideños
Patricia Peñaloza
En aquellos días, al niño Jesús le iba muy bien, pero más a mi hermano y a mí. Vivíamos en Narcueducto de Guadalupe, unidad habitacional por demás horrenda; sin embargo, a José Luis (a quien le llevo dos años) y a mí, nos encantaba, porque nos divertíamos de lo chulo en los andadores y jardines, entonces aún confiables. Ese día 25 fue espléndido, perteneciente a una época setentera de promesas, donde los escuincles éramos dizque el "futuro de la patria", "los hombres del año 2000" (me acuerdo clarito de un comercial de por ai` del 77, que decía algo así). Decía que al niñito Jesús le iba bien, y a nosotros más, porque esa Navidad nos dotó de lo necesario para que dejáramos en paz a nuestra madre, y descansara de nosotros por las tardes. Diosito nos vehiculizó, es decir, nos trajo una flamante bicicleta Bimex a cada uno, además de unos horribles pero efectivos patines metálicos, de esos que se adaptaban al tamaño de la pata de conejo del chamaco, pesadísimos para hacer pantorrilla, que se oxidaban si no los usabas, y nunca tan bonitos como los blancos de bota que todos los niños presumían. Pero en fin, yo me divertía igual. Aventarnos de las "bajaditas" (que había muchas) era lo máximo, así como dejarse jalar en patines por el otro en bicicleta (la cual podía convertirse en moto si colocabas un bote de Frutsi sobre su llanta trasera). Yuuupiiii. Como niño podías andar en la calle por horas, sin que las madres tuvieran que estar con el Jesús en la boca. A mi hermano lo mandaban por las tortillas, a más de cinco cuadras de la casa, a los cinco años de edad. Ahora a mi otro hermanito, de diez, apenas lo están dejando ir solo a la tienda, mientras mi jefa se queda echándose el rosario. Otra cosa bonita era ir a casa de mis abuelos maternos; esa casa monumento al abandono y la ruina, envejecida y con más arrugas que las de mis abuelitos juntos, fantasía y regocijo, con todo y "cuarto embrujado", según algunos primos, de la chilpayatiza que corrimos por sus pisos enlosados, y rompimos toda porcelana posible. Era una maravilla llegar y ver el arbolito plateado de plástico, a cuyos pies borbotaban regalos para todos los nietos (ya otro día platiqué de la cantidad estratosférica de descendencia que regaron mis agüeliux). A veces pasábamos ahí Navidad, donde la neta-pantaleta era un reloj de pared que daba las horas con campanadas lánguidas, melancólicas, de miedo, como para impedir el sueño a cualquiera que ahí pernoctara. Uno de mis muchos primos, de niño me contó que en esa casa vio a los Reyes Magos por la noche, pues se había hecho el dormido; decía que no eran como humanos normales, sino que eran transparentes, formadas sus figuras por polvitos brillantes, como diamantina, razón por la cual podían colarse por debajo de las puertas, desfigurándose para volverse a formar después: "No caminan, flotan, por eso no dejan huellas...". Explicaba también que un Rey vestía túnica rosa oscuro, otro verde, y otro morada. Yo le debatía: "¿Y los regalos?, ¿a poco también son de polvo?, ¿cómo los pasan por debajo de las puertas?". El contestaba muy serio: "Ah, cuando los vi, no llevaban nada. Pero acuérdate que son magos. Leen tu carta y aparecen los juguetes con su magia". Yo replicaba: "Estás mal. Son `los Santos Reyes`, no los `Reyes Magos`". Aun así, su explicación me pareció razonable, si se toma en cuenta que, cuando yo tenía seis años, creía que todos los humanos teníamos poderes mágicos, pero debíamos encontrar nuestro ademán personal para accionarlos, como Jennie inclinaba la cabeza sobre sus brazos cruzados, o como Hechizada movía su nariz; o tal vez poseyendo una varita mágica como la de la Señorita Cometa... Ah, pero cuánto atrofie causa la tele... Santa Claus nunca apareció en mi casa. Ese panzón nos caía regordo, nunca creímos en él ni le hicimos cartita. Hace poco, cuando mi hermano menor iba en primero de primaria, unos compañeritos le preguntaron qué le iba a pedir a Santa, él contestó muy serio: "Santa Claus no existe". Ya se imaginarán las caras de sus cuates... Pero aunque a Davidcito le siguen trayendo cosas el niño Jesús y los Reyes, los regalos ya no son tan pródigos como cuando José Luis y yo gozábamos de las mieles previas a la crisis-forever iniciada en el 82. Fue a finales de los 80 que nos entró la mochez catatónica a los Peñaloza-Torres: a mis papás les dio por realizar el popular ritual que hasta ahora repiten, y que tanta vergüenza les causa a mis dos hermanos de en medio, no así a mi carnal el más chico y a mí (el chico porque cree con ternura en ello, y yo porque prefiero tomarlo con humor): cargan al niñito Jesús de cerámica, lo arrullan, evocan lecturas de la Biblia, cantan villancicos, y lo rotan para que todos lo besemos. La mejor parte es la hora del lucimiento de mi madre -y ahora, de mi sisterna- en el comedor, pues entre sus seis hermanas, mi mamá es reconocida como la mejor cocinera. Yeah. Ansío comer ya de sus deliciosos platillos, sumados a los mexico-alemanes potajes que sabe preparar mi hermana. ¡Yomiii! Para muchos, la Navidad es un momento para chillar o mentarle la madre al hermano. Yo nunca he entendido eso de las ganas de llorar en Navidad, pues de niña siempre la pasé bomba abriendo regalitos, cantando cuanto disco sacara de los anaqueles ajenos, organizando puestitas en escena entre los primos para presentarlas a los grandes. Si por ai` de los 20 a los 24 me entró la melancolía en diciembre, era porque me la pasaba en la depresión los 365 días del año, y ese mes lo incluía y acrecentaba pues, entre otras muchas cosas, no tenía nunca un novio que me regalara algo lindo. También me ponía densa pues sentía que debía "ser profunda" en todo, vivir esos días con recogimiento espiritual, pensar en las trascendencias de la vida. De manera tal que me cuidaba de no cometer frivolidades excesivas, por no sentirme culpable (Pati, la artista post-adolescente, siempre atrasada cinco años a lo que le "correspondería" a su edad); me preguntaba por el sentido de tales festividades, cuestionaba las acciones, para mí torpes, de los convidados. Ya después se me pasó (hablo de como hace apenas cuatro años), y me dediqué a evadir a los tíos platicones, a charlar con las primas más chavillas, a reír y acordarnos de la infancia, y cenar delicioso sin pensar tanto en los regalitos. Es tan repetitivo todo, que acaba por perder su posible magia... Sniff. A ver si este año se nos ocurre algo distinto (ja). Aunque eso sí, si algo habrá de diferente y triste en esta Navidad será la ausencia de mi abuelo, quien en todas las Navidades recibía regalos a raudales, además de que amenizaba las reuniones con su guitarra o con su violín. No podremos evitar recordarlo y arrojar harto moco... Sniff cuádruple... Ahora llega el 2000, y ni me siento la "mujer del futuro" ni me he encontrado al señor Sónico sobre su nave. Cuando de niña hacía cuentas, pensaba: "Para entonces voy a tener 27 años... uy, ya voy a ser una señora". Por fortuna, no soy una señora, y muy al contrario, perfilo cada vez más a ser una adolescente perenne...¡Que la pasen bonito y que cenen rico! Mmmh... Patricia Peñaloza escribe, modela y canta. Correo: futuram@yahoo.com |
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