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IRLANDA
Las fronteras invisibles del Ulster

Miguel Arturo Pérez Cabello

There`s many lost, but tell who has won?
The trenches dug within our hearts,
And mother`s children, brothers, sisters torn apart.

U2

Desde hace varias semanas, periódicos y noticieros vienen anunciando que la mano de la historia ha comenzado a escribir las páginas de la paz en Irlanda del Norte. Sin embargo, en las calles de Belfast el ambiente no es de festejo. Nadie ha salido a celebrar. Para la sociedad norirlandesa 30 años de conflicto y tres mil 600 muertos son suficiente razón para guardar la calma y no dejarse llevar por el optimismo de los encabezados. El pasado no se borra de un plumazo. Ellos, más que nadie, saben que las heridas tardarán en sanar y por ello hace tiempo que decidieron adelantarse a la política para iniciar la larga construcción de una paz sólida y verdadera con una actitud mesurada.

A pesar de la divergencia y variedad de posiciones, católicos y protestantes prefieren no enredarse en discusiones político-religiosas para evitar malentendidos y provocaciones.

Antes de escuchar una opinión es necesario crear una atmósfera de confianza. La pregunta nunca se suelta a quemarropa; hay que preparar el terreno con un diálogo ligero. Por lo general, las primeras palabras son elusivas, tientan la neutralidad y el interés del interlocutor. Con distintas voces, hombres y mujeres manifiestan que ya están hartos de heredar rencor. La preocupación principal son las generaciones futuras. Los irlandeses no olvidan, las pérdidas han sido dolorosas y la memoria histórica les aconseja no hacerlo. Algunos no están seguros de poder perdonar pero tampoco quieren más muertos y están dispuestos a cargar con su pena en silencio a cambio de que sus hijos y sus nietos vivan y crezcan sin odios. La consigna es desterrar a los fantasmas del pasado de cada hogar. Ahí, donde germinó la violencia, ahora debe sembrarse la paz. Como muchos afirman, la reconciliación depende de la educación que se reciba en el seno familiar; las raíces de la convivencia pacífica están en la casa. Incluso, aquellos que crecieron rodeados de resentimientos están de acuerdo y no desean arriesgar el destino de otra generación.

En los años por venir no será sencillo superar el recuerdo de la cárcel, la bomba, la injuria, la ofensa, y/o la humillación. Desgraciadamente, el conflicto alcanzó niveles cotidianos más allá de los templos. Los espacios más elementales dan cuenta de ello; de la escuela al trabajo, de la tienda al restaurante las divisiones se fueron marcando. La vida en el Ulster se desarrolla dentro de estas fronteras invisibles para el forastero que de alguna manera han representado un referente mínimo de seguridad y respeto entre ambos bandos.

No es fácil reconstruir la confianza sobre los muertos. El proceso será lento sin duda, y se requerirá una enorme paciencia y voluntad. Por fortuna en las calles impera la tolerancia y la esperanza de poder entregar cuentas de paz en el futuro. Bajo el cielo nublado de Belfast, la lluvia y el tiempo le ha venido arrebatando el brillo y el color a los murales anónimos que rinden culto a la metralla y la granada.

Este hecho no debe pasar desapercibido; por el contrario, se tiene que aprovechar. El gabinete del gobierno autónomo, su asamblea y los partidos políticos están obligados a corresponderle a los norirlandeses honrando los acuerdos del Good Friday. Las visiones irreductibles deben hacerse a un lado. Más allá de lealtades británicas o nacionalistas es necesario comprometerse con la consolidacion de las nuevas instituciones. El momento histórico es harto propicio para la paz; sería una lástima desperdiciarlo

Miguel Arturo Pérez Cabello es profesor de la FCPyS de la UNAM.
Cuando el autor escribió este texto vivía en la ciudad de Ulster.

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