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Más allá de los clichés
Ciencia y literatura postmodernista

José Luis Durán King

El veloz incremento de la especialización ha conducido a una cultura académica en la cual no sólo los miembros de las diferentes disciplinas sino también los investigadores de las mismas han encontrado problemas para comunicarse entre sí. Los intentos para construir un puente entre ciencia y literatura se han complicado porque la autodefinición de literatura, por lo menos en los dos últimos siglos, se opone a la ciencia: escritores y críticos han visto en la literatura la representación de la imaginación, de la intuición, de las emociones; en resumen, una disciplina opuesta casi por descalificación a lo "inhumano", a las explicaciones mecánicas del mundo que la ciencia presuntamente ofrece. Las artes -de acuerdo con el punto de vista del quehacer científico- han tomado partido en favor de los vapores del espíritu humano en vez de los abusos de la industrialización, la urbanización y la tecnología.

Sin embargo, hay más similitudes entre la literatura y la ciencia de las que podría pensarse. Por ejemplo, la ciencia y la tecnología aparecen frecuentemente en escenarios apocalípticos donde los científicos crean cuerpos o mentes humanos monstruosamente deformes (Frankenstein, de Mary Shelley, o Rappaccini, de Hawthorne); ambientes opresivos que degradan a los humanos al convertirlos en simples refacciones de maquinarias (Metrópolis, la película de Fritz Lang); o sociedades totalitarias como la planteada por Aldoux Huxley en Un mundo feliz. Bajo la amenaza bicéfala de la aniquilación nuclear y el colapso ambiental, dichos escenarios se han intensificado en la literatura postmoderna: desde los planteamientos de "un día después" de las novelas nucleares hasta las películas de ciudades ocultas por nubes tóxicas, sobrepobladas o incluso que han dejado de existir.

Sin embargo, después del calentamiento que trajo consigo la guerra fría, la relación entre literatura y ciencia ha cambiado. Esta última generalmente ya no cacarea sus huevos como lo hiciera en épocas pasadas, quizá debido a una "crisis de credibilidad", por el incremento de la especialización o por la misma naturaleza de los descubrimientos, a los que el público casi nunca comprende en su dimensión real. La literatura tampoco se ha mantenido a la saga y se ha vuelto más ambivalente acerca de su propio papel, por lo que sus fronteras en la categorización de literatura "culta" y literatura "popular" le ha permitido confinarse en ciertos géneros -como el de la ciencia ficción- para extender sus márgenes de dominio. Con las computadoras transformando constantemente el trabajo visual de los artistas, de los directores de cine, de los poetas, físicos y hasta fabricantes de estadísticas, el sentido de separación entre ciencia y arte es difícil de precisar.

Consecuentemente, la literatura postmoderna, más allá de la simple asociación de la tecnología con el apocalipsis, también celebra el potencial transformador del cuerpo humano, de la mente y de la propia cultura. Desde la poesía tecno-utópica de John Cage en los años 60 y 70 hasta la fascinación de los novelistas ciberpunk con las redes globales computacionales y las alteraciones del cascarón humano, la ciencia indudablemente ha inspirado a los escritores postmodernos con escenarios que ofrecen posibilidades verdaderamente fantásticas. Desiertos y lunas transformados en hábitat con posibilidades de vida, hambrunas resueltas mediante el cultivo de proteínas artificiales, seres humanos con sensores implantados, todo forma parte de nuevos mundos donde se ensamblan perfectamente ciencia, tecnología y literatura.

Los clanes familiares genéticamente construidos y psicológicamente reacondicionados planteados por Bruce Sterling causarían terror incluso a una mente extraída del mundo feliz huxleyano; los ninjas de William Gibson posiblemente causen cierta incomodidad aunque no pueden ser denominadas visiones monstruosas o de control totalitario, conceptos ambos que antaño se ganaba todo aquel que osaba escribir acerca del "futuro". La liberación de una inteligencia artificial del control de su creador, en la novela Neuromancer, de William Gibson, es un artilugio que puede ser rastreado en las novelas primitivas del género: la creación alcanza su libertad para vagar después como espectro en las tinieblas amenazando a su creador. Sin embargo, en la novela de Gibson nada de esto ocurre; todo lo contrario, la independencia de AI Wintermute de sus controladores humanos es un heraldo que anuncia buenas nuevas.

Pero no todas las novelas ciber celebran el progreso tecnológico. Tritón, de Samuel Delany, describe un mundo donde la gente cambia de género con relativa facilidad, pero donde las guerras interplanetarias eliminan a millones de seres vivos en cuestión de minutos. Asimismo, las ciudades decadentes propuestas por Gibson, donde el crimen reina sin contrapesos, provocan que el lector vea en enclaves como Ciudad Juárez un verdadero oasis.

Los autores estadounidenses Thomas Pynchon y Don DeLillo, algunas de cuyas obras se estructuran alrededor de conceptos como la termodinámica y las teorías de la información, retratan sociedades saturadas de tecnologías que pueden tornarse lo mismo liberadoras que amenazantes. Otros autores como Stanislaw Lem, Arno Schmidt, Primo Levi e Italo Calvino han experimentado con elementos prestados de la ciencia y las matemáticas para estructurar textos ficcionales. Y, a fines de las décadas de los 80 y 90 de nuestro siglo, las teorías del caos fueron una gran fuente de inspiración para escritores como Tom Stoppard (Arcadia) y Bruce Sterling (Schismatrix).

Así, el postmodernismo ahora se mueve lejos de clichés convencionales, inaugurando una narrativa que integra la ciencia dentro de los textos literarios, sin dejar de lado la concepción renacentista de que el hombre es el centro de todas las cosas

José Luis Durán King es autor del libro de cuentos Tabula Rasa.

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