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Fantasías animadas
Israel González Delgado
Recorriendo los locales de las convenciones de tiras cómicas, uno se topa, tarde o temprano, con artistas en plena labor. Muchachos o viejos, con cabello escaso o abundante, siempre grasoso, barbas dejadas crecer y jamás peinadas, sudor en las manos, barriga casi tan grande y estética como sus dibujos o con anemia perniciosa y venas quemadas, y antebrazos de bolichista terminado, tienen a su alrededor gran cantidad de admiradores. Yo encontré dos tipos. El primero, según mi amigo, hace dibujos "tipo americano", mientras que el segundo prefiere "animaciones japonesas". El "tipo americano" tiene semejanza con cualquier cosa, menos con algún sujeto americano que yo haya visto. Lo mismo, más marcado, puedo decir del japonés. Los del primer tipo, varones, son personas con una espalda de dimensiones dinosáuricas y la cintura de una quinceañera, con músculos inexistentes, deltoides y abdominales de más, que seguramente son deformaciones por exceso de esteroides anabólicos bien captadas por el dibujante. Las mujeres son todas una mezcla de gimnastas, patinadoras sobre hielo y modelos de shampoo. Los unos y las otras tienen, casi en su totalidad, la manía de utilizar mallones, leotardos, calzones y toda una variedad de trajes entallados que con seguridad toleran sólo por su calidad superhumana, pues a cualquier hombre normal le cortarían la circulación sanguínea. Pero el "tipo japonés" es el más aterrador. Como cualquier japonés, los personajes son altísimos, de abundante y sedosa cabellera rubia, verde o morada, cintura estrecha, ojos azules redondos y gigantescos, pestañas largas y enchinadas, así como curvas pronunciadas. Mi anterior descripción se refiere a los varones. Las mujeres son fáciles de distinguir, pues usan ropa interior femenina, además de tener el busto propio de una modelo de calendario de refaccionaria, generalmente muy notorio y hasta subrayado por el dibujante. En cuanto a las historias, es necesario encender el televisor y tienen que verlas por ustedes mismos para entenderlas o quizá queden, como un servidor, no entendiendo un bledo. Hay una caricatura (o varias casi idénticas) donde dos sujetos se quedan mirando fijamente durante cinco minutos, y de vez en cuando uno de los dos profiere una amenaza al otro y por respuesta obtiene una pregunta (raro, pero es así). El diálogo está impregnado de frases como: "¡Yo soy más poderoso que tú! -¡No, yo más!". Y así hasta el infinito. Analizar los criterios que hacen a uno de los combatientes superior al otro no es tarea sencilla. Ambos sueltan una carcajada, dicen algunas palabras mágicas (o que cumplen esa función) y luego extienden un brazo o ambos como si golpearan con fuerza. De sus manos sale una bola (como lo oyen) o un rayo de ¿energía? Y uno causa más daño que el otro, llegando a veces al extremo de causar, uno la muerte, y risa el otro. Sin embargo, descubrí una constante que, con la ayuda de alguien que tenga más conocimiento de causa, puede convertirse en regla general, y tiene como base la cabellera de los personajes: mientras más viole las leyes de la física un peinado, más poder tiene quien lo posee. Incluso hay algunos peinados que desafían no sólo la razón (leyes generales de la física) sino el sentido común Israel González Delgado es escritor. |
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