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el revés de la trama El país del Teletón
Edgardo Bermejo Mora
Noventa años después, la revolución mexicana y el régimen que de ella surgió siguen demostrando su incapacidad de procurar la justicia social tantas veces prometida. La pobreza, la desigualdad, el horror de la miseria, no son hoy en el país menos lacerantes de como pudo ser a principios de siglo. Ni la democracia política ni el desarrollo económico del país, el libre comercio, los avances en materia educativa y de salud, o la consolidación de una amplia franja de clases medias, reparan el dato más ominoso de nuestro paisaje: 40 millones de pobres, la cifra implacable y atroz que el siglo XX mexicano le heredará al nuevo milenio. A falta de una política de Estado capaz de garantizar el desarrollo social del país, aliviando la pobreza y la desigualdad en todos sus órdenes, la filantropía privada ha terminado por elevarse al rango de política nacional, en la era crepuscular del Estado benefactor. Del socialismo y el liberalismo justiciero, pasamos a fin de cuentas a la caridad privada como eje aglutinador de nuestras buenas costumbres, cuando se apela a la solidaridad de todos antes que a la responsabilidad histórica del Estado. Ya no derechos y garantías asentados en la letra constitucional, sino dádivas arrojadas a los pobres como fruto generoso del altruismo colectivo y la misericordia mediática. Es el país de los buenos que ayudan a los pobres, de las manos que se entrelazan para corear un himno cursilón a la caridad, de la limosna que se brinda a bordo de una limusina; es, en suma, el país del Teletón, el reino magnánimo de Lucerito y Pedro Ferriz, el país que en los hechos trasladó las funciones del Estado al Canal de las Estrellas. De seguir así, la próxima campaña nacional de vacunación será financiada por miles de compatriotas estimulados al ritmo de una tonadita pegajosa en voz de Adal Ramones y Thalía, quienes al filo de la medianoche deletrearán sobrecogidos la cifra milagrosa:"¡Cinco-millones-quinientos-veintitrés-mil-niños-vacunados! ¡¡Gracias-México!!"; y veremos de nuevo al Presidente de la República y a su esposa acudir emocionados al llamado de los nuevos filántropos, para donar un macrocheque que sufrague mil vacunas contra el sarampión, y a Carlos Slim llamando desde el mar Adriático a bordo de su yate, para donar otras diez mil vacunas que aseguren el cumplimiento de la meta establecida. Moraleja: cuando el gobierno no puede cumplir con sus programas, "el amor hace milagros". Vemos entonces cómo se ha distorsionado la responsabilidad histórica del Estado mexicano en materia de justicia social, en un afán de los medios por erigirse en los nuevos generadores y transmisores de la solidaridad y el altruismo nacional. Lo que ayer era un derecho constitucional, como lo es la atención médica gratuita en caso de una discapacidad o de cualquier otro mal, hoy parecería depender de la nobleza de Azcárraga Jean y su caterva plañidera de filántropos de ocasión. En el país del Teletón hay una ciudad capital llamada Televisa, y una provincia generosa gobernada por Televisión Azteca. En la capital se reúne dinero para los discapacitados; en la provincia, juguetes para los niños pobres. En ambas, la caridad dadivosa se propone como remedio falaz a nuestros males estructurales y nuestro subdesarrollo. Entre el Teletón y el Juguetón no hay gran diferencia, como no sea la disputa por el cetro beatificador en esta suerte de altruismo mediático elevado a rango de moda. Ya ganados por la fiebre altruista, sobran las iniciativas gentiles. Si no al poder económico de los grandes magnates, es a la inefable "sociedad civil" a quien se le pretende adjudicar toda suerte de responsabilidades, lo mismo cooperar en la lucha contra el cáncer, que en los casos de parálisis cerebral, en el frío de los tarahumaras, o en la reconstrucción de zonas devastadas por desastres naturales. Se agradece naturalmente el interés y las buenas intenciones de sus promotores, pero se extraña invariablemente la intervención del Estado como verdadero y principal garante de la justicia social. Ahí donde el Estado no cumple sus funciones, no vemos un reclamo articulado que lo obligue a actuar, sino la intervención de una o muchas manos generosas que en el mejor de los casos contribuirán momentáneamente a paliar los problemas, pero que no son en modo alguno una solución definitiva y a largo plazo. Ya sabemos, como dijo Keynes, que en el largo plazo todos estaremos muertos, pero no es menos cierto que no puede haber un verdadero sistema de justicia sin la existencia de un Estado fuerte y eficaz que trabaje precisamente en el largo plazo. El último caso conocido raya en el esperpento. De acuerdo con una nota periodística, los escritores Guadalupe Loaeza y Germán Dehesa promovieron una pastorela en apoyo a la Asociación Pro Personas con Parálisis Cerebral (APAC). Ambos estuvieron dispuestos a representar los papeles de María y José, respectivamente, y en lo que parecería una broma, se mencionó que los candidatos a la Presidencia representarían a su vez el papel de reyes magos. En efecto, Francisco, Vicente y Cuauhtémoc haciendo las veces de Melchor, Gaspar y Baltazar. "Además de actuar -declaró la organizadora- los candidatos darán regalos a los niños" (Reforma, 14/11/99). ¿Hay algo más que agregar después de esto? Edgardo Bermejo Mora es escritor y periodista. Correo: edbeme@prodigy.net.mx |
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