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María Cristina Rosas

 

 

 

 

 

 

Sí. Muestra el triunfo
del bien sobre el mal

Norma Araceli Bautista

Es de las pocas caricaturas con batallas triunfales y un final trágico. Tiene más de 150 personajes y todos con personalidad perfectamente delineada. Es la caricatura con mayor fantasía. Está respaldada por un éxito rotundo en Japón, donde la mercancía alusiva a la serie ha vendido cerca de seis millones de dólares. Lo anterior, aunque no es lo fundamental, ayuda para estar en favor del cañonazo llamado Pokémon.

Después de ser espectadora de las más diversas excentricidades en Ranma1/2 o asimilar 30 minutos continuos de violencia en Dragon Ball (primera y segunda parte), me parece que Pokémon es un intento por retornar a la inocencia dentro de las caricaturas. Y si bien en esta serie el eterno peregrinar y las constantes peleas siguen siendo parte fundamental de la trama, el impacto de ello se modifica y el eje motor de la caricatura recae en resaltar el espíritu de competencia.

Seguro coincidiremos en que ofende menos ver pelear a dos pequeños monstruos inexistentes y provenientes de una tierra imaginaria, que ser testigos del intercambio de golpes entre dos hombres, aun cuando sean dibujos animados. Si hemos de preguntarnos el motivo por el cual Pokémon tiene tanta aceptación entre los niños, la respuesta ha de encontrarse en el factor imaginario que trabaja al máximo durante sus 30 minutos de proyección diaria.

La preferencia de los niños hacia ciertas series animadas depende en un alto porcentaje de lo fantasiosas que resulten y no porque sean violentas o, por lo menos, este aspecto no es indispensable como el primero para lograr el éxito de una caricatura. Y si el desacuerdo está en la violencia, puedo asegurar que este aspecto preocupa porque estamos acostumbrados a tratar a los niños como seres inhabilitados para discernir entre lo real y lo fantasioso. Peor aún, damos por hecho su incapacidad para percibir el mundo cargado de violencia que les rodea, por ello, nos espanta que las caricaturas hagan uso de ella y la presenten sin pudor a nuestros hijos o sobrinos.

Sin embargo, hasta el uso de la violencia se plantea dentro de los términos que la imaginación permite; es decir, todo lo increíbles (refiriéndome a lo no creíble) que puedan ser. Y pese a que su pequeño repita cada hora que quiere ser entrenador pokémon, o incluso alguno de los 150 pokémones, él sabe que todo es parte de su mundo de juegos.

Es añeja la inquietud de cuestionarse sobre el perjuicio o no de cierta serie animada en los niños; sin embargo, verificar que la exposición ante una caricatura violenta afecta el desarrollo de los infantes es un hecho aún no demostrado ampliamente.

Un aplauso más, porque la serie de Norman Grossfeld posee un elemento nuevo en la barra nocturna de las caricaturas. Pokémon tiene la consigna de enseñar a los chicos el valor del trabajo en equipo como la única opción para ser el mejor; demuestra el inevitable triunfo del bien sobre el mal y resalta valores preciados en cualquier sociedad como son el amor, la verdad, la amistad y la honestidad.

Y mejor aún, no sólo presenta estos valores como conceptos abstractos, los materializa en cada una de las competencias; pues los combates entre monstruos son ganados por aquellos que saben cómo manejar su poder (virtud) conferido.

Preguntémonos, ¿tiene algo de nocivo una serie que me está enseñando la importancia de luchar por un ideal y convertirme en el mejor para lograrlo?

Pokémon es un estímulo que despierta en los niños el deseo de sobresalir. Una mentalidad competitiva nunca estorba, y menos en niños que viven en un país donde muchos tienen la misma meta y sólo el mejor consigue llegar hasta ella.

¿Pokémon fomentará la frustración de quienes no logren llegar? Para nada, así como los efectos negativos no tienen un impacto definitivo en su desarrollo; los positivos funcionan sólo hasta que llegue una nueva serie a la televisión, y de la familia depende que ese mensaje que convierta en parte de su ideal de vida

Norma Araceli Bautista estudia Comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

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