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La literatura debe nutrirse de la vida
Adriana Cortés/Sergio Pitol
Sergio Pitol (México, 1933), destacado escritor que en la pasada Feria Internacional del Libro en Guadalajara recibió el Premio Juan Rulfo, platica en esta entrevista sobre sus influencias y el desarrollo que ha tenido su literatura.
¿Por cuál de sus libros tiene una preferencia en especial?
Por varios. En especial, por uno que publiqué hace dos años y medio: El arte de la fuga, una especie de libro muy personal, muy cercano a algunos momentos autobiográficos. En él discurro sobre la literatura, la lectura, la escritura y la vida. Hay un libro de cuentos que también me gustó muchísimo por los retos que representaba; era un libro de temas difíciles de unir, un riesgo para el escritor, se llama Vals de Mefisto.
Si pensara que unos fragmentos pasaran a la posteridad, éstos estarían en el Vals de Mefisto y en una novela violenta y jubilosa a la vez, que es Domar a la divina garza.
En El arte de la fuga, habla sobre la manera de conciliar la vida con la creación. ¿Cómo lo ha logrado Sergio Pitol?
En la juventud, me pasa lo que después he visto en muchas otras autobiografías o memorias de escritores que han pasado por el mismo fenómeno: el escritor joven está dividido entre la soledad que le exige su trabajo y las tentaciones del mundo. Uno va a una fiesta, toma una copa, está espléndidamente a gusto, conoce uno a mucha gente muy brillante y reventada y, de repente, piensa que en esa noche tenía uno que estar traduciendo un texto o estudiando ciertas formas del Ulises Criollo, de Vasconcelos o del monólogo final del Ulises, de James Joyce o de un tratado sobre la novela, la retórica, etcétera, y entonces se le aplasta a uno la fiesta. Y al mismo tiempo cuando uno está en la soledad, lleva horas meditando, escribiendo, tachando, hay un momento en que uno se asoma a la ventana, ve la ciudad, la vida y dice: ¡estoy traicionando a la vida! ¿Qué calidad de literatura es ésta que me aparta de la vida real, cuando la literatura, la narración tiene que nutrirse de esa propia vida? Esa fue una pugna que tuve durante mucho tiempo. Pasados los años, cuando escribí El arte de la fuga y recordaba, veía que estaba yo reconciliado con esas dos partes de mi existencia: la del trabajo y la del placer, la de la meditación y la conversación.
¿Cuáles son los autores que le han hecho vivir más a través de las letras?
Por diversas razones, en distintas épocas y a distintas edades han sido autores muy diversos. En mi niñez estaba enfermo de paludismo. Era un niño además sin padres, encerrado en una casa, en un cuarto, con fiebre muy frecuente. Un día cayó en mis manos un libro de Julio Verne y a partir de ese momento mi vida se volvió extraordinariamente rica al leer los libros de Verne, llenos de niños y adolescentes que salen de su casa y se pierden en islas desiertas, que tienen aventuras extraordinarias, que van al Polo Norte, al centro del Africa, al fondo de la Tierra, a la estratósfera, que recorren la Siberia y los desiertos ardientes, entonces pensaba: ¡qué maravilla es el mundo! ¡Qué extraordinarios son los libros que lo sacan a uno de esta soledad y comunican al lector con unas experiencias excepcionales!
¿Qué autores han influido en usted?
Por ejemplo, William Faulkner en mis primeros relatos. Me hacía sentir al sur de Estados Unidos, después de la guerra de secesión muy semejante al lugar de Veracruz donde yo vivía en una hacienda, después de la revolución. Era un mundo interracial complejo, de una decadencia de un grupo social y el crecimiento de otro, las tensiones que se establecían entre los vencidos y vencedores. Faulkner fue como mi ángel en la primera parte de mi escritura. Después Rulfo me enseñó que la literatura en castellano podía ser más rica y misteriosa que todo lo que yo había leído en lengua castellana. Rulfo inventó un idioma, tomó los giros de los pueblos, de las regiones rurales de Jalisco y les dio un tratamiento musical. Después han venido muchos otros autores: Dickens, Tolstoi, Chéjov, Borges, Cervantes.
¿Cuáles son los autores a quienes le ha gustado más traducir?
Uno fue Los papeles de Aspern, de Henry James; otro, El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. Y otros dos, poco conocidos y muy difíciles de traducir: El buen soldado, de Ford Madox Ford, y Las puertas del paraíso, novela polaca de Jerzy Andrzejewski. Estos libros me enseñaron sobre todo esta parte que no ve uno cuando lee, que es la carpintería de la novela, la composición, la obra negra de la novela. Me hicieron saber que una novela necesita un conocimiento que lleve al autor a vivir sus fuerzas, a desatarlas cuando es necesario, a ir a galope y luego a paso lento, a incluir una frase ligera, un párrafo mínimo en los comienzos de la novela que pase en la lectura como inadvertido y que luego ese párrafo vuelva a reproducirse en otra parte del libro, ampliarlo más y luego se imponga como uno de los pilares sin los cuales la novela no podría existir.
¿Tiene algún descubrimiento literario reciente?
Un autor que me importó mucho y que no me había dado cuenta sino hasta hace pocos años, fue el mexicano Alfonso Reyes. Escribió hacia 1912 un cuento que se llama La cena, un relato de misterio, en el cual un hombre recibe una invitación para asistir a una cena. El hombre de la firma no le dice nada pero hay una especie de apremio, de que tenga piedad para ir a esa cena y nunca sabemos realmente qué pasa, sino que suceden corrientes subterráneas, misteriosas y terroríficas, que Reyes nos da con cuentagotas, y al final existe el terror y no sabemos exactamente por qué.
Desde las primeras tramas de mis novelas y cuentos, y aun en textos críticos o en ensayos, dejo siempre una oquedad que es un misterio, un enigma, fundamental para la novela. La vida de los personajes de mis cuentos y novelas están sujetos a ese enigma, a ese hueco, a ese vacío. Cuando se encuentran los personajes hablan sobre ello, aluden a estas cosas, dando ciertos vislumbres de interpretación y negándolos al mismo tiempo. Al final, la novela se ha hecho, los personajes se han desgastado, casado, asesinado y el enigma no se ha resuelto, lo tiene que resolver el lector.
En su obra existe un paso de la tragedia a la risa. ¿Hacia qué lado se inclina Sergio Pitol?
La vida es trágica. Estamos destinados a la muerte, eso no quiere decir que durante el lapso en que transcurre nuestra vida no conozcamos toda esa comedia de las equivocaciones que está llena de elementos contrastantes: la opulencia, la miseria psíquica, la rapiña, la generosidad y el sarcasmo. En mi juventud mi horizonte literario era trágico: esa decadencia de haciendas y ranchos donde vivían muchos familiares míos, con las circunstancias terribles, las sentía más cercanas que mi vida. Tan pronto como a los 14 años tuve la salud, mi vida fue humorística. Entonces hubo un momento en mi escritura en que sentía obsoleta esta parte trágica, quería yo otros ritmos, otras voces, otro tono. Empezaron a entrar personajes grotescos, a establecerse situaciones jocosas, hasta que mi literatura se convirtió en una caricatura de la sociedad.
¿Qué piensa acerca de la literatura del "crack"?
No la conozco, he oído hablar de ella. Sé que uno de sus seguidores era Jorge Volpi -creo que ahora ya no se dicen los escritores del "crack". He visto con muchísimo gusto que se está creando una narrativa como hacía muchas décadas no la teníamos. Acaban de salir dos libros magistrales: En busca de Klingsor, de Jorge Volpi, un muchacho de 30 años que acaba de ganar uno de los premios más importantes de la lengua española: el Biblioteca Breve de Seix Barral en Barcelona. Es una historia que uno la va leyendo como novela policiaca. Es la historia de la física y la matemática durante la Segunda Guerra Mundial en Alemania. Es un tema abstracto, científico, difícil de captar como ensayo, pero uno lo va siguiendo con avidez. En España lo han comparado con algunos de los clásicos contemporáneos de este siglo, como Thomas Mann o Robert Musil, figuras que marcan este siglo literario. Y hay otra novela: Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, de Daniel Sada, que es también un prodigio de novela. Le llevó seis años escribirla y es una de las grandes novelas del idioma castellano de todos los tiempos. Me maravilla que en este tiempo de tantas dificultades, de que se lee poco, de que cierran las librerías, de que los libros son carísimos, sigan apareciendo estos fenómenos de resurrección que nos honran a todos los escritores mexicanos
Adriana Cortés es periodista cultural.
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