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páginas La mirada del cartógrafo
Adrián Acosta Silva
1. Suele agradecerse siempre la combinación de buena escritura, ideas consistentes y agudas reflexiones, en ese u otro orden. Combinar la lucidez intelectual con la capacidad analítica suele dejar buenos dividendos para el lector, dividendos que ordinariamente pueden ser medidos en términos de dudas, nuevas preguntas, rutas reflexivas, el descubrimiento, o redescubrimiento, de lugares y perspectivas de observación que se mantienen generalmente subordinados al imperio de los sentidos que gobiernan nuestra vida cotidiana, la pública y la privada. El libro de Silva-Herzog Márquez tiene las virtudes de todo buen libro de análisis político: densidad intelectual, ojo crítico, buena escritura, brevedad analítica, coherencia. Es un libro-insignia de que, aun en los tiempos del escándalo y la videopolítica, de la fiesta de las ocurrencias y la comicidad voluntaria e involuntaria de nuestros políticos (más la primera), de la pérdida de sentido y direccionalidad de nuestro hogar público, en nuestra sociedad hay quienes con talento y profundidad aspiran a entender y a hacer inteligible eso que los antiguos llamaban "la cosa pública" y que hoy, extraviados y asombrados ante el desorden hogareño que han producido los nuevos tiempos, el azar y la acción racional de nuestras élites a lo largo dela última década, los modernos (nuestros modernos) llaman "transición a la democracia". Armado con algunos conceptos, ideas e intuiciones, Silva-Herzog emprende en este libro la vieja pero siempre difícil tarea del cartógrafo: dibujar un mapa que dé cuenta de los múltiples caminos que atraviesan la transición política mexicana. 2. La democracia, como se sabe, no es un animal de la región. En realidad, es una especie importada, en cierta medida exótica, implantada sólo recientemente en nuestro medio, gracias, entre otras cosas, al efecto tardío de la tercera ola democratizadora que, según Huntington, recorrió el mundo en los años 60 y 80. Sus referencias y extrañas apariciones, sin embargo, se remontan al siglo pasado, donde los antiguos liberales mexicanos solían referirse a ella como una forma deseable de gobierno, como un ideal de convivencia política, o hasta como un forma o "estilo" de vida, como se señala en la Constitución de 1917. Tres formas aparente y realmente distintas de referirse al "animal" que, sin embargo, han coexistido en el imaginario de nuestras élites políticas pasadas y presentes, independentistas, postrevolucionarias y las que confluyeron en la gran transición política de fin de siglo. La gran paradoja es que este animal imaginario y deseable convivió con el animal autoritario y filantrópico, persuasivo y feroz que se produjo en estas tierras, sobre todo a lo largo de casi todo el siglo XX. Este animal -cuyos antecedentes genéticos se encuentran en el gran periodo del hiato ocurrido entre 1810 (la declaración de independencia) y 1878 (la llegada al poder de Porfirio Díaz)- adquirió algunos de sus perfiles y rasgos característicos en el porfiriato, y nació plenamente bajo la forma del ornitorrinco que refiere Silva-Herzog en 1929 (con Plutarco Elías Calles) y se desarrolló a lo largo de casi todo el siglo XX mexicano. Irreconocible para los observadores externos (en especial para aquellos pertenecientes a regiones donde el animal democrático es abundante), el ornitorrinco mexicano combinó desde su aparición rasgos extraños: caudillismo y ejercicio patrimonial del poder, inclusividad política corporativa, celebración regular y puntualísima de elecciones, fraude electoral y voto efectivo, hiperpresidencialismo y separación constitucional de poderes, nacionalismo y laicismo, libertad constitucional de asociación y expresión y restricción cotidiana del ejercicio de las garantías constitucionales. Ese metafórico animal es el que el autor intenta descifrar y explicar como el autoritarismo mexicano. Sus rasgos, complejos y, para muchos, inverosímiles, son el punto de partida para analizar sus cambios en las últimas dos décadas. Amorfa construcción social de varias generaciones de ideas y políticos, el "animal" sirvió eficazmente durante un largo tiempo para lo que fue diseñado: primero que nada, para controlar políticamente a los grupos y caudillos revolucionarios; instaurar la subordinación al jefe máximo; transitar del respeto al jefe-militar al respeto al Presidente de la República. En segundo término, regular la lucha política a través de su institucionalización en un solo partido político (PNR-PRM-PRI) capaz de representar en singular a la sociedad fragmentada y potencialmente plural que se desarrolló en los años 30 y se extendió vertiginosamente hasta bien entrados los años 70. Ese animal, nos dice el autor, comenzó a cambiar a mediados de los años 70 a partir del reconocimiento de la atrofia de uno de sus rasgos más apreciados y reconocibles: la eficacia electoral, que necesitaba el pleno reconocimiento de una pluralidad política que nunca fue formalmente negada pero tampoco alentada. Pero existe, desde mi punto de vista, otro elemento central de la metamorfosis del ornitorrinco: el cambio del ambiente, de las condiciones sociales, donde se había procreado vigorosamente nuestro animal político autoritario. Si la reforma electoral de 1976-1977 puede ser vista como el inicio del cambio político en México, el movimiento estudiantil del 68, la insurgencia sindical de los años 70 y el agotamiento del modelo desarrollista en la economía fueron las señales poderosísimas de que el ambiente estaba cambiando, afectando el hábitat del animal y desafiando su capacidad de adaptación al medio. 3. ¿Cuándo comenzó nuestra transición a la democracia? ¿Cuándo terminó? En el oscuro mundillo de las pasiones políticas que hemos observado en los últimos años, varias posiciones aspiran a construir una explicación satisfactoria alrededor de estas preguntas. Muchasde ellas están dirigidas al autoconsumo de sus impulsores, más coherente con un cuerpo difuso de creencias y prejuicios pseudodemocráticas, que animadas por ofrecer una explicación que no sólo sea lógica y empíricamente consistente con la realidad, sino que se base en la demolición de los lugares comunes edificados desde las filas del oficialismo y del oposicionismo político en nuestro medio. Una vertiente poderosa e influyente en las franjas oposicionistas y aun rebeldes de la vida política nacional suele afirmar sin rubor y sin pena que la transición todavía no comienza y que estamos apenas en los umbrales de los tiempos verdaderamente democráticos de la nación. Por ahí andan las declaraciones de Marcos y las de ciertas franjas de los partidos políticos. Otras voces señalan, al contrario, que en realidad vivimos una profundización de nuestra vida democrática, el florecimiento de la perfectibilidad del régimen político surgido de la revolución de 1917. Por ahí andan las siempre floridas declaraciones de líderes como Rodríguez Alcaine o del ahora ex gobernador nayarita Rigoberto Ochoa. Estas son sólo algunas de las posiciones extremas que disecciona Silva-Herzog para desmontar los lugares comunes y las ocurrencias sobre las cuales se funda su éxito relativo. El antiguo régimen y la transición en México es un esfuerzo sistemático -no obstante su tono ensayístico- por discutir y contrastar el pulso de la transición, de los abusos conceptuales y políticos que en nombre de ella se han hecho a lo largo de casi una década. Es una crítica construida a partir no sólo de un poderoso aparato conceptual nutrido tanto por pensadores clásicos como Maquiavelo o Tocqueville, o por los politólogos y "transitólogos" contemporáneos (Bobbio, Linz, Przeworski, Sartori, O`Donnell o Huntington), sino también alimentado por las referencias hacia lo que el discurso y las acciones de la transitología en México ha erosionado o demolido sin ofrecer nada a cambio. Es, pues, un intento por mirar desde una poderosa lente politológica los juegos que juegan los actores políticos en la ya larga, sinuosa y hasta en ocasiones aburrida transición hacia la democracia. Identificar y analizar el "espíritu de la transición" del "autoritarismo consensual al régimen de la desconfianza, de la hegemonía unipartidista a la diversidad polarizada" es el propósito central del texto. 4. El autoritarismo y la democracia son animales no sólo distintos sino que, por lo menos teóricamente, adversarios encarnizados. Más aún, el autoritario es un régimen depredador, que suele asolar las regiones donde la fuerza y la negociación cotidiana y extendida de la ley son las monedas de uso común entre las élites y los ciudadanos, el código básico y casi único de ejercicio del poder. Pero en la metamorfosis mexicana hacia la democracia, un nuevo y extraño animal se gestó e instaló entre nosotros: la "transitocracia", es decir, en palabras de Silva-Herzog, "un sistema político con un amplio pero irresponsable pluralismo en donde los actores políticos adquieren el poder para bloquear las acciones de los adversarios pero carecen de la determinación para actuar en concierto". De la parálisis autoritaria intentamos pasar a la dinámica democrática, pero nos quedamos atorados en el reclamo improductivo, en el típico juego de suma cero que producen los intercambios políticos no cooperativos. "Si el autoritarismo se sostiene en el puño y la democracia en el diálogo, la transitocracia descansa en la sordera", dice el autor en uno de los lúcidos ensayos incluidos en el libro. Enfrascadas en este juego, nuestras élites políticas confeccionaron un típico escenario de pantano, donde cada movimiento de uno es bloqueado por el otro, sin darse cuenta que ambos se hunden irremediablemente. Paradójicamente, mientras se construía una salida por la ladera electoral del horizonte político, a través de sucesivas reformas en la normatividad electoral para tratar de eliminar la sobrerrepresentación del partido hegemónico y para alentar la participación de otros partidos, a través de comicios transparentes y confiables, en el centro mismo del escenario, el viejo partido dominante (PRI), el nada joven partido de la oposición leal (PAN), y el partido que se gestó en la transición (PRD), principalmente, se enfrascaron en una estruendosa lucha donde la demagogia, la descalificación y el ejercicio del chantaje y el poder del bloqueo constituyeron las señales de que nuestro tránsito se interrumpió, como bien dice Silva-Herzog, "a mitad del puente". Los registros empíricos del estruendo son abundantes, pero sus efectos han sido corrosivos sobre dos de los recursos escasos pero insustituibles de la política democrática: la confianza y la responsabilidad políticas que significan, entre otras cosas, la posibilidad de dialogar respetuosamente, colocar los acuerdos por encima de las diferencias, fortalecer las instituciones, evitar las simulaciones. La transitocracia y los transitócratas de todos los partidos han tenido un éxito notable en presentar el pasado antiguo y reciente como el reino de la simulación y el servilismo institucionalizado, de la corrupción y la falsedad políticas, pero no han tenido igual éxito en convencerse y convencernos de que lo que ellos intentan construir sea el reino de la pureza y la virtud republicanas propia de una vida democráticas. De esta incapacidad se han alimentado diversas subcorrientes políticas e ideológicas que, desde la "sociedad civil" (lo que eso signifique), reclaman para sí la autenticidad de la representación política o social que critican la "partidocracia", que exigen espacios y recursos públicos y privados. Ese movimiento "socialcivilista" es el que también ha surgido en la transición política mexicana, una de las criaturas que desean ser reconocidas y escuchadas para negociar sus intereses específicos, que suelen ser presentados como intereses generales, colectivos. El riesgo de ello es que esos movimientos pueden llegar a sustituir en momentos determinados a los partidos y a sus dirigentes, logrando el descrédito de la política institucionalizada y dando pie a los fenómenos que han representado grotescamente Bucaram en Ecuador, Fujimori en Perú, o, más recientemente, Hugo Chávez en el caso venezolano. Ya se sabe: los partidos políticos pueden existir en un régimen no democrático, pero no existe, hasta hoy, en ninguna parte del mundo, una democracia sin partidos. Ese riesgo se ha construido no en el régimen autoritario sino en el curso de nuestra peculiar transición hacia la democracia. 5. Si, como dice el autor al final de su texto, la transición ya es un "hecho histórico", podemos suponer que las nuevas generaciones de cambios políticos deberían tender a consolidar la incipiente democracia mexicana. Estamos ya plenamente instalados, por lo menos desde 1997, en la incertidumbre electoral característica de toda democracia. Tenemos autoridades electorales imparciales, "ciudadanizadas" (con todo y los excesos que hemos visto), un sistema de partidos plural, libertades efectivas de expresión y de información, un Congreso más activo, experiencias de gobiernos estatales divididos, elección de jefe de gobierno en el DF. Es decir, el régimen político (que es la combinación de instituciones, partidos políticos y leyes) ya cambió, y lo que tenemos pendiente es su consolidación democrática. Tenemos, para decirlo brevemente, un régimen político de tendencia democrática que, sin embargo, está en tensión con un sistema político (es decir, el cuerpo de valores, creencias y hábitos políticos) propenso a ser autoritario, cuyos rasgos principales son el caudillismo, el patrimonialismo, el corporativismo estatista, pero también la intolerancia religiosa, el antilaicismo, la negación de la libertad sexual, la discriminación de género o de raza. Tal vez en esta "tensión esencial" entre régimen y sistema político se encuentre la clave de nuestro futuro político. 6. Coincido plenamente con Silva-Herzog: nuestra transición ya terminó. El régimen político cambió, aunque muchos ciudadanos y dirigentes políticos no lo crean. Sin embargo, también es cierto que aún no tenemos un régimen plenamente democrático sino una democracia frágil, sujeta a múltiples contingencias. Algunas de esas contingencias provienen de la débil institucionalidad política construida en los años de la transición, que propicia que los actores políticos tengan más incentivos para negociar cotidianamente esa institucionalidad a efecto de alcanzar sus intereses específicos, que someterse estrictamente a su regulación. Es una tensión típica de las consolidaciones democráticas entre institucionalización y desinstitucionalización de las prácticas y comportamientos políticos. En su versión más cruda, es el condicionamiento a la observancia de la ley si y sólo si es justa para alcanzar los intereses particulares de los actores. Ello debilita la relación productiva entre legalidad y legitimidad, propia de todo régimen democrático. Ello se relaciona con el convencimiento de los actores políticos de que logran más (es decir, maximizan sus intereses específicos) tramitando sus asuntos en la institucionalidad política vigente que negociándolos por fuera o en los márgenes de dicha institucionalidad. Como ha señalado Linz, una democracia consolidada significa, entre otras cosas, que los actores participantes y emergentes están convencidos de que la democracia es the only game in town, con todo y sus limitaciones, imperfecciones y debilidades. Ello contribuiría a formar una suerte de "sentido común democrático" en nuestro medio, que ayudaría, a su vez, a identificar con mayor claridad nuestros haberes y déficit institucionales. Pero existe otra poderosa fuente de contingencias que en sentido estricto podríamos denominar "extrapolíticas", y tienen que ver con el viejo, histórico y crecientemente agudizado problema de desigualdad y pobreza. Como ha señalado insistentemente Przeworski, las nuevas democracias no puede vivir demasiado tiempo asentadas en niveles bárbaros de desigualdad y pobreza. Economía y política guardan una relación distante, pero constante, y su separación durante mucho tiempo suele acumular facturas altísimas para las democracias. En México, muchos huevos de serpiente políticos han comenzado a gestarse en los rincones más oscuros de nuestra transición política, amenazando con ello la consolidación de nuestra democracia. En la hora de la consolidación democrática no hay que perder de vista que ese gravísimo e histórico asunto, de no resolverse, será la fuente principal de la anomia política, de la ausencia de expectativas e incentivos para la participación, y se convertirá, en algún momento, en el principal motor de los comportamientos y pseudoideologías que ven en la democracia y en la política un estorbo para el desarrollo de la sociedad. Y ese es el marco propicio para que el tiempo de los canallas (la expresión es de Rolando Cordera) sustituya al tiempo de los demócratas, sin importar que sean católicos, liberales o de izquierda Adrián Acosta Silva es sociólogo. Profesor-investigador de la Universidad de Guadalajara. Texto leído en la presentación del libro de Jesús Silva-Herzog Márquez, El antiguo régimen y la transición en México (México, Planeta/Joaquín Mortiz, 1999), en el auditorio del Fondo de Cultura Económica en Guadalajara, el 29 de septiembre de 1999. |
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