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No
¿Hermosa "provincia" mexicana?
Jaime Santos

 

 

 

 

 

 

Sí. Es correcto

Roberto Quevedo

La palabra provincia (provincit: lo conquistado) fue impuesta por Roma a los territorios agregados durante todo su imperio político. Heredera de gran cantidad de elementos de la cultura románica, España agregó el vocablo a nuestra definición política. España llega a América para otorgarle un nombre y funda lo que ahora llamamos la nación mexicana. De aquí las provincias, y hasta muy entrado el siglo XIX el debate sobre cómo llamar a los territorios mexicanos se vuelve problema de ideología. La palabra ya modificada por su uso político pierde su significado inicial, adquiriendo en general un matiz diferente; aunque las provincias son, en general, los territorios de un imperio o país, se habían convertido en uno de los signos y símbolos de la Corona española y su despotismo. Su uso y desuso, visto desde una perspectiva histórica es entonces, más que erróneo, una confusión.

Sólo existe un Estado político, aunque la Constitución Política mexicana confunda algunas cosas y que dentro de él no pueden subsistir otros; acaso "naciones" e incluso "patrias", en el sentido de "lugar donde se nace" y "lugar donde nacen los padres", significando otras idiosincrasias, pero nunca otros estados.

Provincia como denominativo político territorial es negado igual que se reniega de las raíces españolas. Sin embargo nos determina en un pasado indiscutible: la influencia de Roma (no como vencidos, que el sacro imperio germánico latino, definitivamente no existe más, a pesar de los sueños guajiros de algunos políticos europeos), la presencia de las raíces hispánicas y la avenencia de los pueblos indígenas bajo los transoccidentales.

¿Qué significa provincia actualmente? Mejor, ¿quiénes son o somos los provincianos? Desde los fundamentos históricos de Roma, todos los actuales europeos son provincianos; en un sentido plenamente cultural todos los occidentales y los occidentalizados somos provincianos (algunos pueblos indígenas se encuentran en proceso de provincialismo) y entre más "culto" se es, de acuerdo con los parámetros formales actuales, también se es más provinciano.

Lo cierto es que la provincia es también un mito. Algunos "capitalinos" creen que el sitio aquél, tan lejano y gris, así, tan o más roto que la chingada ni siquiera existe. Como que es un sitio pequeñito y pintoresco, donde los políticos son prietitos, chistosos y narcos, usan todos sombrero y su estilo de corrupción se confunde con la charrería y las peleas de gallos. Los artistas compiten en candorosos juegos florales de rima y métrica que hablan de floripondios y mejillas sonrosadas y realizan denodados esfuerzos para civilizarse. Los provincianos son los pobres hermanos en desgracia que aparecen por Televisa cuando se inunda todo el sureste y se reseca todo el norte. Son los que atrapa la migra.

Por eso, hay muchos héroes intelectuales que hoy abogan por que las palabras provincia y provincialismo sean desterradas pues, según ellos, significan claramente un epíteto de menosprecio y hasta cierto racismo contra el resto de los pobres hermanitos mexicanos y, entonces, todos debemos esforzarnos por evitar frases como "fulano viene de la provincia" o "pasaré mis vacaciones en la provincia". Lo grave es que al aceptar la negación de denominar como provincia a los sitios de provincia (válgame la aparente redundancia), incluyendo al DF, no sólo negamos un pasado que nos marca; de paso, aceptamos que quien coloca y quita los nombres a las cosas son quienes viven en la ciudad de México.

Si bien provinciano sigue utilizándose en un sentido peyorativo, no necesariamente deberá aceptarse esta sola acepción. Baste recordar que provincial significa el que vence

Roberto Quevedo es jefe del Departamento de Literatura y Ediciones del Instituto Cultural de Aguascalientes. En 1991 recibió el Premio Nacional de Teatro Histórico Rodolfo Usigli.

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