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Federalismo en los hechos
Enrique Contreras Montiel

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La amenaza fiscal del 2000
Y de los años que vienen

Ricardo Becerra

A un par de días de concluir el periodo ordinario de sesiones, la Cámara de Diputados seguía sin dar solución a su tarea más importante: proponer la Ley de Ingresos y el Presupuesto de Egresos de la Federación.

Con éste son tres años de zozobra presupuestaria, de jaloneos de última hora, tumultuaria suma de peticiones, reivindicaciones corporativas y de grupo, que arrojarán como resultado un plan de gasto inconexo, incoherente, sujeto a racionalidades distintas y emergido de una negociación opaca.

Los diputados y sus partidos no se atreven a decir lo obvio: México necesita urgentemente incrementar su recaudación fiscal: subir impuestos. Puede que reste votos e inhiba apoyos empresariales, pero es la única conclusión responsable y sensata a la situación financiera del Estado mexicano.

Lo que no discute el Congreso es esto: la inestabilidad de los precios del petróleo y la enorme carga que representa el rescate bancario tienen sobre alfileres a las finanzas estatales. El precio del crudo es inseguro y, en contra, hay que pagar las consecuencias de la crisis sistémica de la banca privatizada. Pocas veces el balance fiscal entre recursos y obligaciones se había visto tan amenazado.

El problema central reside en el monto total de las deudas del gobierno y en la gravitación que éstas van a tener del presupuesto público. Según Luis Rubio, los pasivos provenientes del rescate bancario podrían llegar a un monto similar al de la actual deuda oficial total del gobierno, equivalente en números gruesos a 30% del PIB. Tarde o temprano tendremos que hacer frente al servicio de esas obligaciones. Es una enorme masa de recursos que puede desfondar al Estado -y a la economía toda- en el mediano plazo.

De no existir una reforma fiscal a fondo y en serio, el escenario más probable es el de un Estado que deja de hacer por falta de recursos. Por ejemplo, durante la próxima década será necesario sextuplicar la capacidad de atención en el nivel medio superior. Es una exigencia radical del futuro, de nuestra capacidad competitiva como país y de la equidad social. ¿La resolverán las fuerzas libres del mercado? ¿O es una tarea ineludible del Estado?

El propio Santiago Levy reconoció: "Aún no se tiene la cobertura, ni la calidad que se desea, en una gran gama de servicios en educación, salud, vivienda, capacitación laboral y combate a la pobreza, pero no lo podemos hacer por falta de recursos". Y mientras tanto, nuestros gobiernos neoliberales, igual que nuestro flamante, opositor, Congreso de la Unión no han cambiado la realidad sustancial de nuestra fiscalidad: en 1990 los ingresos públicos dependientes del petróleo alcanzaron 31.8% del presupuesto; en 1999, 32.9; en diez años no se hizo nada para despetrolizar las finanzas del gobierno. Si se revisa con cuidado la "Iniciativa de Ley de Ingresos y proyecto de Presupuesto de Egresos de la Federación" se dará cuenta que sólo 8% del gasto total se puede asignar de modo flexible, de acuerdo con políticas innovadoras o de anticipación.

Sólo en el 2000, el presupuesto tiene presiones para mayores recursos al IPAB, un aumento extraordinario en pensiones y servicios personales derivados de la nueva ley del IMSS y del ISSSTE; proyectos ineludibles de infraestructura en Pemex y la Comisión Federal de Electricidad. Si usted suma los gastos en el Censo de Población y Vivienda y en las elecciones federales, tendrá un gasto de 13 mil millones de pesos, inalcanzables para los ingresos reales del año 2000.

México debe tener una discusión seria acerca de sus necesidades, las nuevas y las viejas, los programas que requiere y lo que cuestan; a partir de ahí una definición de cuántos recursos necesita el Estado y qué tipo de fiscalidad es necesaria.

El país padece una penuria fiscal crónica; Zedillo no la resolvió y el primer Congreso de la democracia ni siquiera lo intentó; por eso, los males endémicos de nuestra vida pública siguen ahí. Así, México no va a poder nunca aspirar seriamente a un futuro sostenido y practicable de prosperidad

Ricardo Becerra estudió Economía en la UNAM.

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