etcétera el país el mundo dinero columnas
gente medios ciberia ensayos
cultura mañana tianguis libros
espectáculos águila y sol etcétera

libros

de la imprenta
Discutiendo la universidad

reseña
Faroles y empedrados
Ernesto Soto Paéz

reseña
Camino de Santiago
Carlos Castillo López

conversación
El mundo es una invención
Héctor González Jordán/Antonio Skármeta

letras
Fuentes: Actualidad de Tiempo mexicano
Alvaro Ruiz Abreu

páginas
El libro póstumo de Carlos Castaneda
Héctor González Jordán

 

 

 

 

 

tintero

Una voz definitiva
La constancia poética de José Emilio Pacheco

Manuel Fernández Perera

Desde hace muchos años, José Emilio Pacheco ha entonado la misma canción; más bien, canciones muy parecidas que han mantenido una singular fijeza en cuanto a la visión de las cosas, la actitud frente al medio y una suerte de incurable nostalgia. Desde mediados de los años 60, cuando decidió abandonar para bien de sí mismo y sus numerosos lectores la grave abstracción de sus primeros libros, Los elementos de la noche y El reposo del fuego (que le valieron inmediato reconocimiento por su dominio formal), Pacheco encontró su voz definitiva, que dio a conocer en el tercer libro de poemas, No me preguntes cómo pasa el tiempo (Poemas, 1964-1968), publicado en 1969.

En ese libro, que significó un hito para el autor y la poesía mexicana, ya estaban presentes, de manera muy definida, como cuajado anticipo y pronta maduración, sus temas, sus preocupaciones sociales, sus manías personales, sus graves advertencias denunciantes, sus asuntos cotidianos (que son compartidos), su registro acuciante y muy atento de lo fugitivo (una permanente obsesión por el tiempo), pero sobre todo su inconfundible personalidad poética. No asombra, por tanto, que su nuevo libro, La arena errante (Poemas / 1992-1998) -Editorial Era, 1999-, vuelva sobre las mismas cosas.

En efecto, el lector que haya seguido a José Emilio Pacheco a lo largo de su extenso desempeño poético, no encontrará novedades en La arena errante (el título viene de un poema de Federico García Lorca). Y, sin embargo, no podrá dejar de apreciar y disfrutar su lectura para finalmente reconocer a un autor que ha sido fundamental para al menos dos generaciones, porque en sus libros siempre hay buenos poemas, excelente factura y versos memorables.

Mucho se ha dicho sobre una cuestión evidente en la poesía de Pacheco, un asunto que ha tratado desde (casi) todos los ángulos posibles y pervade el conjunto de su obra. Se trata en principio de una actitud que deriva en una perspectiva y aun toda una visión, y constituye el meollo de su poesía; es su tendencia al fatalismo, su afición derrotista, su engolosinamiento en la devastación y su añeja residencia en "tanatopía" (no sin humor, él repara diciendo que sólo hace descripciones). En La arena errante continúa ese afán de encontrar en (casi) todo el signo de la erosión, la lenta o precipitada caída, el recuerdo despedazado por el tiempo, la ruina, la última arena en que la realidad se desperdiga:

Y a la orilla del mar que es mi memoria
sigue creciendo el insaciable desierto.

El curso de los acontecimientos nacionales e incluso internacionales parecen estarnos diciendo: miren alrededor, Pacheco tenía razón; y quizá él mismo en su fuero interno tenga la amarga satisfacción de haber enfilado sus baterías en la dirección correcta (algo que le ha dado muchos lectores). Pero, qué cosa tan imposible es la prefiguración del futuro: hemos pasado, al menos, una de las fechas fatídicas y espantables que difundió George Orwell como un Nostradamus al uso, el cabalístico 1984. Y bueno, nada; estamos muy cerca de otra cifra que parecía inalcanzable y también envuelta en el halo de las premoniciones funestas, el 2001, y tampoco nada. Si con el pasado -aun el reciente- se cometen errores y tergiversaciones, ¿qué podríamos esperar de las prospectivas a futuro? Bien, Pacheco puede decir: ¡acerté!

No hay nada extraño en que un poeta, por propia voluntad (o infranqueable fatalidad, podría decir Pacheco), se ocupe de los temas y cuestiones que quiera, ni tampoco que los reitere una y otra vez. Finalmente, el mundo ancho y ajeno siempre termina siendo el muy estricto y personal. Y no es corta la lista de muy buenos y aun excelentes escritores, de primera, que han insistido en un solo registro y también fueron muy afectos a la cavilación sobre lo fugaz o absurdo de la vida (hay clásicos: Quevedo; hay modernos: Kafka). ¿Podría ser este motivo suficiente para descalificarlos? Habría que encontrar explicaciones y, mejor aún, las razones de ello. Y así como no resulta aconsejable timar a un timador, tampoco debiera exagerarse (o tomarse muy a pecho) algo que ya de por sí está acentuado y es en primer lugar un recurso literario utilizado para crear un efecto y provocar una reacción en el lector (el poeta fue un consumado retórico en sus primeros libros).

Pero, sobre todo, hay muchas cosas más en la poesía de José Emilio Pacheco. Presenta, por supuesto, contrastes. Y el más elemental que puede advertirse es que el autor de La arena errante, sí, registra el deterioro, se lamenta de la ruina que contempla; pero también ha exaltado la existencia. No son pocos los poemas de este libro (y otros suyos) que cultivan la fina ironía (nada tremebunda) e incluso el abierto humor; ni los que prodigan sensualidad, gozo y alegría. En "La aguja", por ejemplo, dice:

Sólo la forma del huevo
iguala en perfección a la anatomía
de la aguja esbelta y redonda.
Herramienta leve, inhallable
en un pajar o en el caos doméstico.
Tan femenina como fálica,
hermafrodita, andrógina, unisex, polimorfa
en su diseño aerodinámico.

Esta actitud atenta a las cosas de todos los días, divertida y plena de sentidos, con un muy dotado oído para la expresión coloquial y una singular capacidad para vertirla a la poesía, es una de las mejores cualidades del autor. En otros poemas del libro, notablemente en "Nueces", "Las uñas", "Niños y adultos" y "El fornicador", esta línea alcanza sus mejores momentos.

Para quienes empezaron a escribir poemas hacia fines de los años 60 y buena parte de los 70, José Emilio Pacheco representó, sin duda, una vía no sólo novedosa y de notable calidad ante un panorama dominado por la ampulosidad y casi restringido a la circunvolución de la poesía sobre sí misma, como atolondrada por el mero prestigio de la lustrosa cultura sino la certidumbre de la válida alternativa de escribir poesía menos enrarecida, más clara y no menos buena.

El momento, además, demandaba cambio, nuevos aires estimulantes y, sobre todo, lo que fue un gran mérito de Pacheco, restablecer contacto con los lectores, a quienes no les decían nada los poemas muy perfectos sobre abstracciones recónditas (o peor, tenían que hacerse a la idea de que sí significaban algo). En buena parte gracias a ese nuevo tratamiento, la poesía cundió entre los jóvenes durante aquellos años y varios de ellos se cuentan hoy entre nuestros mejores poetas.

Pacheco abrió cauces y procuró con inusitado denuedo, con decisión ejemplar, ganar el ámbito para la poesía en el momento contemporáneo (donde la cultura también se devalúa y hace crack) y, al mismo tiempo, crear la poesía propia de esa situación. Encontró en la poesía grecolatina y otras muchas fuentes (es un asiduo traductor) antiguos y modernos autores que lo impulsaron a escribir poemas no populares, ni de programa político, sino ciudadanos y personales, de vía pública y conversación íntima (casi diálogos consigo mismo).

José Emilio Pacheco ha plasmado en su obra el recuento de los últimos 30 años, logrando un registro poético y moral que atiende las preocupaciones comunes y las filtra por medio de una voz personal; quien quiera saber qué cosas importaban, cómo se sentía, cuáles eran los lugares comunes, qué se odiaba y qué se temía entonces, tendrá que recurrir de manera ineludible a Pacheco para tener el cuadro anímico y mental. Y no deberá pasarse por alto que ha sido también una voz crítica, empeñada en señalar con la poesía las taras políticas y sociales contemporáneas, los poderes excesivos que a menudo ejercen nuestras instituciones y la futilidad que difunden los medios electrónicos junto con las agencias publicitarias.

Pacheco, felizmente, ha persistido en La arena errante, como antes en El silencio de la luna (Poemas, 1985-1993), y sigue demostrando ser uno de nuestros poetas imprescindibles

Manuel Fernández Perera es economista, colaborador del Grupo Euro de Analistas.

principal | correo | publicidad | búsqueda | suscripciones | anteriores