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No. Retroalimenta Jaime Santos
Hace algunos años, un subsecretario de Educación hizo pasar verdaderos apuros al director de una facultad universitaria cuando éste se refirió a "las universidades de provincia". Mordaz, el subsecretario comentó que se dejaba ver una actitud centralista, el director corrigió: del interior. Mal, en todo caso en el interior está la capital, le respondió; bueno, de los estados, de nuevo mal, si se les viera como estados iguales no se buscaría iluminarlos, apostilló el funcionario. Más que interés didáctico, el subsecretario logró poner a la defensiva a su visitante y debilitar los argumentos para sus peticiones pero, además, en varios de los presentes sembró la duda: ¿cómo referirse al resto del país? Cuando se utiliza el término provincia para referirse a los estados de la República, hay que reconocerlo, se hace más referencia a una idea que a una entidad geográfica. Una idea desgraciadamente cargada de imágenes falsas, prejuicios y no pocas veces llena de profundos sentimientos de condescendencia, imágenes, y sentimientos solamente superados por esas pintas idiotas que convocan: "¡Haz patria, mata un chilango!". No me gusta el término provincia. Hablar de la provincia desde la ciudad es una deferencia casi imperial hacia esos lugares, pero también -en ocasiones- denota la profunda confusión que implica definir a la provincia, no por nada se dice y se piensa que "más allá de Satélite, todo es Cuautitlán", y esto no solamente en el Distrito Federal sino en cada una de las grandes ciudades del país. La provincia lleva una contradicción de límites sin solución, pues los límites de las ideas y los prejuicios son menos precisos que la geografía política, en todo caso habría que plantear: ¿en dónde nace la inquietud y la necesidad de encontrar la denominación más conveniente para la gente que no es de la capital?, ¿acaso no todas las capitales tienen su provincia como prueba de su modernidad? Lo que la geografía política no logra, la geografía física lo señala: un corte transversal del territorio semejaría las antiguas pirámides, y en ellas a la cúspide del altiplano todos quieren subir. A la gente de las entidades federativas se les olvida que si esta ciudad es un desgarriate, sustrae recursos y devuelve chilangos gritones, es resultado de la emigración proveniente de todo el territorio nacional. Por otro lado, qué falsas son las imágenes bucólicas de una "provincia" tranquila, equilibrada y bondadosa: Xalapa está contaminada porque sus habitantes utilizan el coche hasta para ir a la esquina; la hermosa Guadalajara desapareció por su empeño en convertirse en gran ciudad; y los regiomontanos presumen de su trenecito Metrorrey pero no ven el regio smog que cubre sus autos; eso sí, todos le echan la culpa y odian al chilango. No me gusta el término provincia porque es retroalimentar las diferencias de un país hermanado no por una nacionalidad ni tampoco por una identidad o por un sentimiento de futuro compartido; actualmente no es sino la globalización lo que hermana en el consumo de Los Simpson, CNN y el futbol. Entonces, ¿cómo llamar a los no capitalinos (pero que en el fondo quieren serlo)?, la utopía: por qué no simplemente mexicanos. Como el gentilicio tiene la impronta defeña la utopía se queda en eso: un lugar que no existe. La última posibilidad: la aspiración histórica republicana. Verse como estados iguales unidos en una federación, generar la vida y la actividad social en cada municipio para diluir el centralismo que se reproduce a escala por todo el país y utilizar los gentilicios de la región que finalmente hablan de una realidad muy concreta: veracruzanos, oaxaqueños y tenochcas; quizá sea la única posibilidad de dejar en un segundo plano el dilema y la connotación entre la provincia y la capital. Sin olvidar que la denominación más urgente para todos es la ciudadanía, con la cual no se nace, sino se hace Jaime Santos es chilango. Reportero del periódico unomásuno. |
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