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Gloria Abella Armengol
El resultado de la primera vuelta electoral en Chile confirma tres claras tendencias en las preferencias del voto en América Latina. La primera es que, salvo excepciones como el caso de Venezuela, los márgenes de diferencia entre los candidatos más votados son cada vez menores. En Argentina, Brasil, Colombia y Uruguay, por citar sólo cuatro de los ejemplos más representativos, los puntos porcentuales que han decidido el triunfo de una de las fuerzas políticas han sido mínimos. La segunda tendencia se desprende obviamente de la anterior: los electores se están pronunciando por la llamada cohabitación más que por un proyecto claramente diferenciado en materia económica. Las diferencias entre las plataformas electorales han consistido básicamente en el énfasis que se le ha otorgado a las políticas sociales compensatorias y en los matices de las propuestas e historias políticas de los candidatos a la Presidencia. Los contrapesos, expresados ya sea en la conformación del Congreso o en las votaciones para los cargos distritales o municipales, empujan hacia la tercera tendencia: los partidos menos votados se convierten en piezas centrales de la negociación política. Las mayorías absolutas se desdibujan y la política adquiere su sentido más avanzado: negociar para alcanzar consensos. Las tres tendencias tienen grandes riesgos para sociedades que, como las latinoamericanas, arrastran una ancestral proclividad hacia el autoritarismo. Alberto Fujimori en Perú, Jorge Serrano Elías en Guatemala o Hugo Chávez en Venezuela son también evidentes ejemplos de las dificultades de la construcción democrática en la región. La posible falta de gobernabilidad es utilizada como pretexto para sembrar el miedo en la población o sostener argumentos falaces que incluyen desde la imposibilidad de llegar a acuerdos en temas sustantivos hasta la paralización del quehacer gubernamental. Las experiencias en sociedades democráticas más avanzadas demuestran la falsedad de tales visiones. En Israel, lo mismo que en Francia o España, la construcción de los consensos políticos básicos para la convivencia nacional es tarea cotidiana. Una década es apenas un momento para poder cantar victoria y escribir una nueva historia latinoamericana. Negar los avances sería un absurdo propio de las visiones marginales del mundo. Ni apología ni catastrofismo. Aún falta un buen trecho del camino para la consolidación democrática en América Latina. El caso chileno es uno de los mejores ejemplos de los avances pero también de las resistencias e inercias que persisten en la región. Ricargo Lagos, candidato de la Concertación de Partidos por la Democracia, resultó triunfador en la primera vuelta electoral por un margen de 0.38% frente a su principal opositor, Joaquín Lavín, candidato de la Alianza por Chile. Ubicar las diferencias políticas entre Lagos y Lavín en los tradicionales términos de izquierda y derecha constituye, a mi juicio, un error. Los votos que perdió el primero se explican, desde luego, por una dosis del "espanto cacerolero" ante un candidato socialista que ha tenido que hacer auténticas filigranas para bregar con su pasado y, sobre todo, con su posición ante el juicio a Pinochet. Lagos, no obstante, es más el representante de una coalición que tiene como pieza clave a la democracia cristiana que un candidato de un socialismo que, en términos estrictos, ha abandonado su perfil. El abanderado de la llamada "tercera vía" en América Latina ha sido objeto del voto de castigo a la crisis coyuntural que presenta el modelo económico chileno, convertido por los organismos financieros internacionales en el ejemplo para el conjunto de la región. Este año el Producto Interno Bruto de Chile registrará una caída de alrededor de 0.5% y el desempleo alcanza una tasa de 11%. La propuesta de Lagos, "crecer con equidad", está muy lejos del discurso de antaño que "luchaba por la justicia social". Corresponde puntualmente a los argumentos recurrentes en prácticamente todas las campañas políticas en los países latinoamericanos. Lavín, quien usó el desgastado estribillo "mi compromiso es con el cambio", utilizó el más abominable camino de la mercadotecnia ("Envíame tus sueños de cambio"), intentó deslindarse de Pinochet, aglutinó a los sectores más conservadores para quienes un miembro del Opus Dei es una garantía de respetabilidad y su formación económica -vinculada con los tristemente célebres alumnos de la escuela de Chicago- alimenta las expectativas de la recuperación del éxito (socialmente desigual) del modelo chileno. Difícilmente en Chile se repetirá la experiencia de Uruguay, donde el acuerdo entre los dos partidos tradicionales que han gobernado ese país desde su independencia determinó la derrota del candidato opositor Tabaré Vázquez. Sin embargo, en el próximo mes Lagos tendrá que intensificar su campaña para obtener el voto de 10% del electorado que se abstuvo y negociar con el Partido Comunista que alcanzó un porcentaje nada despreciable, en estas condiciones, de 3.16%. La prudencia de sus seguidores ante el discurso triunfalista de Joaquín Lavín y evitar las provocaciones tendentes a la polarización pueden llevar a Lagos a la Presidencia de Chile. El domingo, al enterarse de los resultados de la primera vuelta electoral, Lagos declaró: "He entendido el mensaje de los electores". Ojalá Gloria Abella Armengol es profesora-investigadora en la FCPyS de la UNAM. |
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