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puros cuentos Embelesamiento subacuático
Armando Sánchez Martínez
Te conocí principalmente abajo del agua y aprendí a observarte con todo detalle y deleite. Desde el primer día me maravilló tu cuerpo atlético, bien formado y de una movilidad excepcional, sobre todo en el estilo de mariposa, que me permitía distinguir tus hermosas caderas saliendo y entrando con un ritmo y cadencia francamente excitantes. ¿Que cómo lo sabía? Siempre que vislumbraba tu brazada extendida hacia los lados y veía sumergir tu cabeza con la barbilla pegada al cuello, apresuraba mi llegada a la orilla para estirarme y así verte por arriba. Confieso que también te admiré a veces, antes o después de mi rutina en la alberca, mientras practicabas tu perfecto estilo de dorso, mediante el cual pude apreciar tus firmes y tersos senos. Cuando me sumergía en el agua tú ya estabas en ella, por lo que al comenzar a aflojarme empezaba, embelesado, mi disfrute subacuático. En una ocasión, un compañero de carril llamado Gilberto me comentó que daba muchas brazadas. -Por ser muy cortas, en cada tramo de 50 metros te conté 104 -me dijo. -¡Metiche! -pensé-, mejor debería dedicarse a lo suyo en vez de estar contando brazadas ajenas, de seguro debe ser contador. Para salir del paso y bochorno por haberme sentido descubierto, le contesté que las alargaría por arriba y jalaría más el agua y hasta atrás por abajo. En realidad, le agradecí su comentario ya que me permitió perfeccionar mis técnicas de espionaje subacuático. ¡Qué capacidad desarrollé para meter la cabeza e inmediatamente buscar tu cuerpo! Al encontrarlo a mi lado prolongaba mis brazadas abajo del agua, para observarlo con detenimiento sin descuidar el estilo y así evitar la cizaña de mi compañero de carril. Por cierto, días después me felicitó por haber bajado el número de brazadas a 60. Con este comentario me quedó claro que difícilmente podría ser descubierto en mis picardías visuales. En general te podía disfrutar poco, primero por tu rapidez y mi lentitud -a pesar de mis avances- y, segundo, porque sólo disponía de media hora diaria para nadar. Por lo mismo, cuando me salía de la alberca tú seguías, supongo, un rato más. Si como mi hermano nadas tres kilómetros seguidos en una hora, después de una rutina de calentamiento (que nunca pude observar), siempre mi media hora estuvo entre la mitad de tu primer kilómetro y la del tercero. ¡Ni modo! Hay que trabajar y abrirse espacios temporales con calzador para poder navegar. ¿Te acuerdas cuando tuvimos que compartir carril porque llegaste tarde y no te quedó de otra? Claro que no te has de acordar, pues sólo en esa ocasión, con tu discreto y tierno "puedo" y mi escueto y nervioso "sí", se dio nuestro único diálogo. Ese día casi alucino, ya que te pude admirar, como nunca antes, muy de cerca. Tus aromas, tus vibraciones, tus cadencias fueron un sobreestímulo que por poco provocaba un éxtasis acuático, como nunca en mi vida hubiera imaginado. Pero todo se interrumpió de repente. Como era uno de esos días en los que se compartía el carril con más compañeros, al llegar Gilberto me paró para preguntarme si podía nadar con los campeones. Fue tal mi perturbación y estado de desasosiego producido por su interrupción que le dije sí, pero sin comentar nada sobre eso de los campeones. Mientras seguía nadando pensé en lo que me había dicho. -¿A cuál carril de campeones se refirió? Será el de una campeona y un simple mortal que sólo trata de mantenerse en forma y prepararse mejor para la vejez -reflexioné. Mi mente giró más rápido al volver a sentir tu aleteo a mi lado, por lo que apareció la respuesta a la pregunta de Gilberto. Llegué al punto de partida, me paré y le dije: -Gilberto, bienvenido al carril de los ilusos. -¿Por qué? -me preguntó. -Porque estamos tras lo inalcanzable -le respondí. Jo jo jo de por medio, cada uno continuó con su rutina, incluyéndote a ti que ni cuenta te habías dado de nuestras bromas. Un año duró mi embelesamiento subacuático. Es increíble la cantidad de rincones de tu cuerpo que pude explorar y percibir a través del agua que tus brazadas dirigían hacia mí; llegué a detectar tu aroma de mujer sensual y fascinante gracias al aire disuelto en el agua, por lo que hasta te imaginé en el más puro erotismo con tu marido o con alguno de tus amantes. Creo que nadie más que yo te pudo observar con mayor detalle, admiración y excitación, media hora diaria, durante ese año. Pero como todo, terminó mi navegar contigo. Un día decidí romper la barrera y aproximarme a ti, a pesar de los riesgos de la aventura. Como nadábamos temprano era probable que por ser domingo hubiese poca gente, lo que favorecía mis intrépidas pretensiones. Así que, me coloqué la gorra y los lentes, como siempre, y programé la mente para vencer mis temores. Imaginé que al nadar en estilo libre podría aumentar mi velocidad y disminuir la tuya para, en el momento preciso, fundirme en ti y lograr el embelesamiento subacuático más sublime. Así empezó a suceder, por lo que la distancia entre tú y yo se fue acortando. -¡Por fin! -pensé- estoy cerca, muy cerca. Sin embargo, justo antes de lograr lo planeado, el zumbido de una abeja provocó lo inesperado: un primer desvanecimiento. Lo peor fue que, como en una reacción en cadena, se empezaron a desconectar todas las neuronas asociadas a ti, por lo que el daño se volvió irreparable. El mecanismo que iba a ser posible el ejercicio de realidad virtual falló, sin ni siquiera haber tenido la posibilidad, tan sólo, de recuperar tu imagen... Armando Sánchez Martínez es director de Ciencias Naturales de la SEP. |
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