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letras Fuentes: Actualidad de Tiempo mexicano
Alvaro Ruiz Abreu
Cien pueblos apedrearon este valle. En su primera novela, Carlos Fuentes imaginó una ciudad hecha o desecha por sus propias criaturas; las familias que aparecen ahí construyen la fisonomía grotesca de una ciudad, le dan un sentido y también sucumben bajo los muros y las pesadillas que ella produce. Hay una ciudad de la imaginación hecha de retazos de la vida, de sueños, pasajes evocadores, y otra histórica, la desecadora de lagos, de taladores de bosques, que Fuentes tejió con singular paciencia en La región más transparente, que el año pasado festejó sus 40 años.(1) Reyes hizo de ese espacio una palinodia del polvo, un canto del principio del valle donde se asentó la ciudad como continuidad del átomo.(2) A esa ciudad llega el lector, después de una travesía por un laberinto de clases sociales que el habla reinventa, y puede entonces verla con más claridad que antes: es su propio mapa interior y exterior. Creo que a la silueta de la ciudad, cada vez menos transparente y cada vez más borrosa, le ha dedicado Fuentes muchas horas de esfuerzo y principalmente buena parte de su prodigiosa imaginación. ¿Qué ha visto en la ciudad? Un escritor cosmopolita como él sabe que es la última parada de su itinerario narrativo y poético; sabe que es el primer escalón para subir al cielo y al infierno; la ciudad lo ha seguido durante muchos años. Parece que es su compañera, su refugio, su sueño permanente; me atrevo a decir que veo entre ambos un extraño incesto. En uno de sus ensayos más sólidos y esclarecedores, Tiempo mexicano,(3) Fuentes volvió a la ciudad de México no para narrarla sino con la intención de exprimir sus paradojas y sus espejismos; la ciudad ya no era ficción sino historia y mito. En lugar del espejismo urbano, escogió el desarrollo político y social de México, sus mitos y atavismos, su fe y su desesperanza. Este ensayo de 1971 se convertiría en un clásico, como Visión de Anáhuac, de Reyes; El laberinto de la soledad, de Paz; el libro de John Womack, Zapata y la revolución mexicana. Es decir, fue un punto de encuentro crítico de la cultura política y social de nuestro siglo XX, de sus diferentes clases sociales, de la compleja herencia hispánica en suelo azteca. Era además un presagio del porvenir que le esperaba a México si no flexibilizaba sus instituciones, y un diálogo con su pasado, su presente y su porvenir. El ensayo de Fuentes era testimonio de una época vencida y a punto de explotar; crónica y memoria de una generación que vio pasar por su casa la retórica oficial, las promesas de los gobiernos avilacamachista, el de Miguel Alemán, el de Ruiz Cortines, el de López Mateos y, por último, el más sanguinario de la historia contemporánea del país: el de Díaz Ordaz. Texto crítico, a veces incisivo, revelador; crónica de viajes, ensayo de la historia de México en sus etapas más certeras: la Conquista, la Colonia, las guerras de Independencia y las de Reforma, el porfiriato y la revolución mexicana, Tiempo mexicano es un libro abierto que corre aún por nuestras venas. Retrato fiel de una realidad ingrata, deformada, una suma y una síntesis, fue escrito con una aguda visión, un enorme talento, puesto al servicio de la crítica. Hay que releer esta prosa de 1971, surgida del enfado y la desesperación, cuyo origen es la imaginación y el poder de mirar una realidad para transformarla, para entender este fin de siglo. "Vivíamos en una ciudad de seducciones inocentes, donde las vedas apocalípticas de los hermanos maristas en el viejo colegio Morelos habían sido estímulo suficiente para probar la fuerza del anatema en el teatro Apolo, en los palacios quejumbrosos del Buen Tono y Meave, en los escenarios que entonces dominaban Gema y Tongolele, Su-Muy-Key y Kalantán, las orquestas de Luis Alcaraz y Pérez Prado. Recorríamos hasta la extinción una ciudad de violentas seducciones emocionales, fortunas rápidas, clase media en ascenso e inmigraciones campesinas." El ansia y los deseos de esa generación aparecen grabados en las pestañas de María Félix, en los desplantes izquierdizantes de Diego Rivera. Era la ciudad de Dios hecha para el esnobismo de una vida nocturna remendada. Una de las apuestas más dinámicas y certeras de Carlos Fuentes fue, sin duda, ese libro que visita la ciudad de México en uno de sus momentos más críticos: el periodo de 1953 a 1963, y se detiene en el 68. Estamos hablando del periodo del recrudecimiento de la guerra fría, el triunfo de la revolución cubana, la crisis del Caribe o de los misiles, el intento de Kennedy por frenar en Playa Girón el proyecto de una Cuba libre. Su mirada va más allá de los hechos: con imaginación y audacia reproduce un tiempo límite para el cambio, con el talento de un observador contumaz, impugna, ejerce el poder de la palabra que nos instala en el movimiento estudiantil y popular en 1968. Más allá de las apreciaciones políticas, el 68 hizo de la historia una tragedia y la imaginación popular convirtió esa fecha en una de las heridas más profundas del México moderno; fue una sacudida de la "herencia de la sangre" que aún lastima a nuestra memoria. Por esta prosa a veces escéptica y encendida, pasa el México antiguo y colonial, el del porfiriato y el de la revolución mexicana. Hecha de silencios, nos descubre y nos señala; son los silencios que coinciden en los tiempos del país y que el ensayo de Fuentes inscribe en una larga y sólida tradición. El cronista va a la memoria y se descubre; "¿puedo, en fin, hablar de mi tiempo?", pregunta y afirma que: "Estos fueron los años de nuestra juventud. Teníamos todos, al iniciar la década, entre los veinte y los veinticinco años". Era la época de la impugnación del mundo, la rebeldía y la inconformidad, de los cursos en la Facultad de Derecho en las calles de San Ildefonso. Fuentes recuerda: "El día que entramos, rapados y friolentos, a ese patio gris, eternamente empapelado y pintarrajeado con propaganda electoral de las planillas, con demandas de vacaciones, exámenes a título de suficiencia, perdón de las faltas de asistencia". Eran los años en que las instituciones parecían sólidas a fuerza de una representación sexenal más parecida a una comedia que a una democracia; y que la prensa era la comparsa fría y déspota del Presidente de la República. Fuentes reflexiona sobre ese tiempo, lo reconoce, es decir, a fuerza de la descripción recrea una realidad profunda de la sociedad, la historia y la vida política del país. Estoy convencido de que en todo escritor contemporáneo hay un cronista de las ciudades, un viajero que toca varias orillas -fronteras entre países, culturas distantes- y no se detiene, pues su destino es muy ancho. Carlos Fuentes dejó una constancia de este origen y este destino en Tiempo mexicano y, por supuesto, en varias de sus novelas y cuentos. El siglo va a morir Ahora sabemos que textos de este tipo fueron el fermento de un proceso que democratizaba al país: democracia inaplazable en los sindicatos, en las elecciones, en los mandos altos y medios de la toma de decisiones, en la prensa y en la sociedad. Y principalmente en la vida cultural. La generación del 68 fue sacudida y asesinada, luego el gesto del Príncipe avalado, inclusive aplaudido, por el séquito de la Cámara. Fuentes señala el valor que tuvo la inteligencia mexicana que presenció el 68; esto me parece un ejemplo de la fuerza que puede tener la palabra cuando se le confiere libertad, y un tiempo poético. "Como artistas, sabían que el lenguaje es una renovada fundación del ser, una radiación constante de la conciencia, una exploración de las posibilidades humanas concretas y por ello un proyecto de lo desconocido: la represión negaba esto, concebía el lenguaje como petrificación, monólogo y obediencia; como sumisión, retórica y coro adulatorio." Finalmente el 68 pedía con urgencia usar otro lenguaje distinto al oficial, que expresara su nueva visión del mundo y de las cosas; prohibir este lenguaje pareció la cosa más torpe de las instituciones políticas y en concreto del Presidente de México. Una parte de la inteligencia se alineó como un coro a las consignas represivas; hay que citar a Salvador Novo y Martín Luis Guzmán. Pero la nueva conciencia social surgida en el país no pudo ser castrada. En las ciudades donde había universidad y centros de estudios superiores que rápidamente vieron con lucidez la necesidad del cambio, el lenguaje de la rebeldía, de la impugnación, siguió su curso y no fue frenado por las balas de Tlatelolco ni por el imperio de la corrupción. La preocupación de Fuentes por la cultura, la política, la sociedad de México, sus alcances y limitaciones, su fragilidad y sus riesgos, es similar a la que tuvieron en su momento Alfonso Reyes y José Vasconcelos, los Contemporáneos, José Revueltas, y más recientemente José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis. Su trabajo debe verse no de manera aislada, sino formando parte de un cuerpo que lleva varios nombres y llena la cultura mexicana del siglo XX. El origen, la historia, el mito, la esencia y la máscara de los mexicanos, parece una estación donde todo viajero intelectual vuelve una y otra vez a detenerse. Esto lo vemos con claridad en los ensayos, las entrevistas entremezcladas, la crónica, la nota, que forman Tiempo mexicano, libro actual, que nos sigue llamando a recapitular sobre los periodos complejos que ha vivido el país, desde la Colonia hasta la revolución mexicana, deteniéndose en el sexenio cardenista, el de Ruiz Cortines y López Mateos, llagas de una misma herida. La revolución institucionalizada hizo posible que las vías de ascenso y descenso hacia la participación ciudadana, el derecho a la información, un sindicalismo real y no ficticio, se clausuraran. El país temblaba, no de miedo, sino de sus propias instituciones, las que fueron soñadas en 1910, y luego cercenadas. Fuentes hizo una apuesta con el lector del futuro; su tiempo mexicano le estaba hablando al presente -los años 60- y al pasado -la historia del país en los cinco siglos desde su fundación- y, sin embargo, se comunicó con la realidad de 1998. Profecía o no, el libro cumplió un ciclo, el de sus ideas innovadoras y oportunas, el de su prosa ágil y llena de inteligencia, para renacer en otro: el de su actualidad. Una ciudad eterna para Fuentes parece la antesala del paraíso; es un espacio en el cual se cumple no una cosmogonía sino el rito de iniciación de la cultura moderna, el acto fundador de la palabra y el deseo que la hace posible. En otro texto(4) afirma que Praga es una ciudad habitada por demasiados fantasmas: "Es difícil volver a Praga; es imposible olvidarla. Es cierto: la habitan demasiados fantasmas. Sus ventanas espantan; es la capital de las defenestraciones". El intento no confesado de este ensayo fue transgredir el tiempo: el de la vida social y política, el de la fe y la desesperanza, el tiempo real y el imaginado; instalarse en una escritura de la libertad, una palabra que volvía a remitir al lector a sus laberintos interiores, con suficiente poder para entrar, como rayos láser, en las entrañas del poder, de la Presidencia de la República, de las instituciones encargadas de repartir justicia, bienes y libertad a los ciudadanos. Pocas veces el lenguaje se hace materia viva que impugna la historia y la política, incendia los llanos de nuestra corrupción policiaca y electoral, como el que usó Fuentes en estos ensayos que regresan, con su sabor ingrato, a enseñarnos lo que no debe hacerse. A través de Tiempo mexicano he vuelto a ver el 68, como en cámara lenta; la revuelta que no fue solamente una entrega y un grito de la juventud por cerrar el paso abierto y descarado a la maquinaria oficial detentada en el PRI, un indicador de que los jóvenes de pronto descubrieron que vivían en el país de la falsedad electoral, de la promesa del gobierno hecha ironía, del sindicalismo amaestrado y ramplón, de la prensa "amarrada", dispuesta siempre a la adulación del soberano. Hubo un cansancio frente al servilismo de la iniciativa privada; ya no era posible, dijeron las voces del 68, permitir por más tiempo la desigualdad que privilegia a unos cuantos y mantiene en la miseria a la mayoría. Me parece imprescindible pensar o repensar las tesis que Fuentes desarrolla en ese libro con precisión indeclinable. Sobre el ejercicio del poder y sobre sus soportes, uno de los más increíbles y evidentes, la Cámara de Diputados; y uno de los más viles, el de los periodistas. La idea de una prensa que no le da voz a los que no la tienen, y siempre adula al monarca en turno; ¿sigue siendo válida? Juan Villoro dice que no vamos a tener un país más democrático si no se democratizan los medios de información. ¿Es cierto? Me parece que sí. Es preciso comenzar el trabajo de limpia en casa. Hace tres décadas Carlos Fuentes alzó la pluma para decir: "La esquizofrenia retórica prevista por George Orwell -el newspeak en el que `paz` significa `guerra`; `libertad`, `esclavitud`; e `ignorancia`, `fuerza`- ya ha cobrado carta de ciudadanía en México, a través de la prensa; basta leerla para saber lo que no sucede, no se piensa, no se desea en México; y basta interpretarla al revés para tener una idea aproximada de la verdad: libertad es monopolio político del PRI, abundancia es miseria, revolución es contrarrevolución." En el centro de la prosa de Fuentes, sea en forma de cuento o de novela, de crónica cultural o de ensayo, se encuentra la búsqueda de otra realidad, menos ingrata a la que el hombre del siglo XX ha visto pasar frente a su casa, lo mismo en Berlín que en Praga, en Buenos Aires que en Los Angeles, en el París de mayo del 68 que en Nueva York. Su talento va dirigido a menudo a explorar los caminos del hombre y su agitada alma que estuvo entre dos aguas revueltas: el capitalismo hiriente y desmedido y el comunismo hermético, durante un largo periodo de este siglo a punto de expirar Notas 1 Antes de La región más transparente (1958), Fuentes se había iniciado en el cuento con su libro Los días enmascarados (1954), en los cuales ya se advertía una capacidad para el arte narrativo fresca y renovadora. 2 Alfonso Reyes, "Palinodia del polvo", en Visión de Anáhuac, Lecturas Mexicanas, núm. 14, 1983, pp. 166-169. 3 Todas las citas de Tiempo mexicano corresponden a la 17a ed., Joaquín Mortiz, 1994; la premisa de Fuentes es que "nuestro tiempo se nos presenta impuro, cargado de agonías resistentes". 4 Carlos Fuentes, Geografía de la novela, México, Fondo de Cultura Económica, 1993, p. 96. Alvaro Ruiz Abreu es escritor. Su libro más reciente es Ciudad pintada en la ventana (Alfaguara). |
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