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Crónica del derrumbe
María Cristina Rosas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Cumbre, ceñida por la política de EU

María Cristina Rosas

El puerto de Seattle fue sede de la accidentada reunión ministerial de la Organización Mundial de Comercio (OMC) del 30 de noviembre al 3 de diciembre del año en curso. Con la concurrencia de delegaciones de 135 países, más la presencia de al menos 700 organizaciones no gubernamentales (ONG), la Tercera Cumbre Ministerial (las otras dos se celebraron en Singapur, en 1996 y en Ginebra, en 1998) fue escenario de desacuerdos mayúsculos, no sólo a nivel intergubernamental, sino también entre las representaciones de las ONG y los guardianes del orden público en la ciudad estadounidense.

Los pronósticos se cumplieron: las diferencias de opinión en las agendas entre EU y la Unión Europea (UE), más la marginación a que fueron sometidas buena parte de las naciones en desarrollo, llevaron al fracaso de la reunión, en la cual se esperaba alcanzar el acuerdo político para convocar a la Novena Ronda de Negociaciones Comerciales Multilaterales que tendría que iniciar en el año 2000. A falta de consensos, será necesario tener una nueva cumbre ministerial en el transcurso de las siguientes seis semanas, dando tiempo a los festejos de fin de año y para posibilitar que los ministros de Comercio de los países del orbe y los miembros de su equipo puedan superar las diferencias que enfrentan. Ciertamente la Novena Ronda podrá comenzar en el 2000, pero experimentará una demora, pues no pudo incorporarse a la agenda de Seattle como se había calculado originalmente.

Sin embargo, más allá de las rivalidades y desacuerdos entre los países participantes, la cumbre de Seattle se colapsó porque se contaminó con la agenda electoral estadounidense del 2000. Ello fue especialmente visible en el juego que el presidente Clinton le dio a las organizaciones sindicales y ONG abocadas a los asuntos laborales y del medio ambiente, las cuales se manifestaron a las afueras del Centro de Convenciones donde sesionaron los delegados gubernamentales.

Todo comenzó cuando, en una entrevista otorgada a un diario local, William Clinton manifestó, el primer día de la cumbre, que apoyaba las sanciones multilaterales contra aquellas naciones que no respetaran los derechos de los trabajadores. Más tarde, cuando organizaciones sindicales y ecologistas no gubernamentales se manifestaron en las calles de Seattle, la atención de la opinión pública, tanto estadounidense como mundial, se centró en sus actividades, en detrimento de los trabajos que efectuaban las delegaciones gubernamentales.

Clinton sintió la presión de estas agrupaciones, que constituyen una base electoral fundamental para el Partido Demócrata, y en su discurso ante los representantes de 135 naciones expresó su simpatía por los planteamientos de los manifestantes cuando dijo: "Creo sinceramente que deberíamos abrir la agenda de la OMC a aquellos que protestan allá afuera". Sólo que por congraciarse con los manifestantes, Clinton provocó el enojo de las representaciones de buena parte de los países en desarrollo, los cuales, cada vez que son inculpados por dumping social (como ha ocurrido en el caso del tomate mexicano, cuyas exportaciones a Estados Unidos han sido bloqueadas a partir de acusaciones por la presunta explotación del trabajo infantil) enfrentan problemas de acceso a los mercados de los países industrializados, en muchas ocasiones de manera injustificada.

Clinton pretendió ayudar a Albert Gore, a quien considera su sucesor más plausible para mantener el proyecto que el mismo Presidente ha definido como de los new democrats. De ahí que la cumbre de la OMC haya estado también en las agendas y pronunciamientos de los demás aspirantes a recibir la nominación de los partidos Republicano y de la Reforma para contender por la Presidencia el próximo año.

Comenzando por los demócratas, tanto Albert Gore como William Bradley esbozan posturas prácticamente idénticas en torno al comercio, dada la dependencia real que los dos mantienen respecto del apoyo sindical para concretar sus aspiraciones. De ahí que George W. Bush haya decidido establecer distinciones entre su visión sobre el tema y la de sus rivales demócratas. Por tanto, el joven gobernador de Texas señaló que como Presidente apoyaría de manera más decisiva y agresiva el libre comercio que Clinton. Asimismo, durante una gira proselitista en Iowa, Bush cuestionó al vicepresidente Gore, exaltando la ambigüedad de su postura (dado que apoya el libre comercio pero no sabe cómo lidiar con la oposición de poderosas centrales sindicales como la AFL-CIO).

Gore replicó: "Apoyo el comercio libre y recíproco. Y junto con el Presidente he argumentado que los derechos laborales y la protección ambiental deberían ser una parte más importante del proceso negociador y que debemos integrar esas metas en futuros acuerdos comerciales". Bradley, por su parte, se definió en pro del libre comercio y argumentó que las preocupaciones de grupos ambientalistas y sindicales tienen que ser tomadas en cuenta, pero que no deben interferir con las actividades empresariales globales. En una gira por Massachussets, el ex senador dijo que la política de EU tiene que "tratar de mitigar los aspectos negativos del comercio internacional, a la vez que debe tener claros los aspectos positivos de los intercambios globales".

Patrick Buchanan, político conservador, uno de los grandes detractores del libre comercio y que recientemente se incorporó a las filas del Partido de la Reforma (fundado por el millonario texano Ross Perot), unió su voz a la de los manifestantes que en las calles de Seattle externaron su repudio a la OMC a la que el mismo Buchanan definió como un "monstruo en ciernes". En un tono caracterizado por la dualidad, deploró la violencia mostrada por algunos manifestantes. Pero al mismo tiempo dijo estar trabajando de manera conjunta con grupos ambientalistas y sindicales para propiciar el colapso de la OMC dado que "si existe un mensaje que estamos tratando de difundir es que nos oponemos a un gobierno global y a un nuevo orden mundial antidemocrático (...) sólo los estadounidenses deberíamos decidir en torno a asuntos de vital interés para nuestro destino y nuestra seguridad nacional".

Por último, el senador republicano por Arizona -y hasta ahora el rival más poderoso de George W. Bush en las filas del llamado grand old party (GOP)- John McCain, explicó que apoya la incorporación de China a la OMC junto con la de Taiwan. El millonario Steve Forbes, quien también busca la nominación del Partido Republicano, insistió en que hay que apoyar la membresía de Taiwan en la OMC incluso antes de que China se adhiera dado que, según él, "es tiempo de que nuestro gobierno recompense la libertad y la democracia, no sólo la fuerza y la demagogia".

Pero al margen de todos estos pronunciamientos y discursos, es claro que el fracaso de la cumbre de la OMC daña sensiblemente a la administración Clinton (y, por ende, a la nominación de Albert Gore). Es un descalabro que afecta profundamente al Presidente, sobre todo considerando que en su informe de gobierno del pasado mes de enero, Clinton había señalado como prioridad en materia comercial lograr el lanzamiento de la Novena Ronda de Negociaciones Comerciales Multilaterales en Seattle, ya que ello daría un gran impulso a la liberalización del comercio mundial. Esta situación es sumamente embarazosa para el principal huésped de la Casa Blanca quien, desde que fue investido como Presidente, se ha proclamado como el gran defensor del libre comercio, habiendo signado el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLC) en 1993, y luego de apoyar tanto el nacimiento de la OMC en 1994 como la creación de un Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA) para el año 2005.

En suma, la contienda electoral de EU estuvo presente en Seattle y provocó resultados desastrosos para la administración Clinton, convirtiendo una vez más a la OMC en rehén de la política comercial estadounidense, y confrontando a Washington no sólo con los países poderosos, sino también con las numerosas naciones en desarrollo, para las que esta reunión será una inolvidable y amarga experiencia

María Cristina Rosas es profesora-investigadora en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Correo: mcrosas@prodigy.net.mx

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