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Campañas confusas
La gente quiere conocer los proyectos

Rafael Cordera Campos

Resulta positivo que Francisco Labastida Ochoa, candidato del PRI a la Presidencia de la República, convoque tanto a Cuauhtémoc Cárdenas como a Vicente Fox, a su vez aspirantes al mismo cargo por el PRD y el PAN, a desarrollar unas campañas de altura, sin ataques personales. Pero sin lugar a dudas, sería igualmente importante o, tal vez más que eso, que dicha propuesta fuera aceptada.

Hasta ahora, con debates y sin ellos, en los tiempos que corren o en otros anteriores, de eso no ha habido nada si es que la memoria no nos falla todavía. En México la tradición de elaboraciones programáticas, de reflexiones colectivas intencionalmente convocadas para diseñar el futuro y de debate ideológico y político, no ha logrado dar pasos significativos, mucho menos consolidarse.

Pero la complejidad social lograda hasta ahora, la pluralidad política que recorre prácticamente todo el país, la existencia de una geografía nacional, regional y local de los medios de comunicación, la actuación cotidiana de franjas y grupos sociales informados e interesados en la política, la cultura y el desarrollo social y muchas cuestiones más, nos hablan de que las condiciones para elevar las miras, debatir a propósito de temas sustantivos y encontrar la interlocución necesaria están presentes aquí y ahora.

Esas son algunas de las razones por las que a través de los medios o por la vía de expresiones más inmediatas y directas, en el presente se manifiestan severas y a veces exageradas críticas contra instituciones como el Poder Legislativo, por su pérdida de tiempo y su indisposición a deliberar a la altura de las necesidades y las circunstancias de nuestro país. La sociedad y sus grupos más informados y actuantes están en el momento de reclamar que la política deje de ser lo que aparece a la vista de todos, una cuestión aparte, de "entendidos", de dimes y diretes.

Por todas esas consideraciones vale la pena subrayar la convocatoria a elevar las campañas y el debate que las debe seguir. Por eso, también, vale la pena insistir en que todos los candidatos a la Presidencia se involucren en algo que la sociedad les reconocerá en su momento. Pero cabe recordar que esas campañas, por lo que sabemos hasta ahora, no las van a desarrollar solamente ese número de partidos y candidatos. En todo caso, a los que restan habrá que insistirles lo mismo, aunque como muchos saben, a personajes como Gilberto Rincón Gallardo de ese tipo de compromisos es precisamente de los que le gustaría hablar.

Vale la pena preguntarnos si además de las condiciones señaladas hay otras que puedan ayudar o impedir la posibilidad de contar mínimamente con la elaboración de propuestas sustantivas y la discusión colectiva, entre candidatos, partidos y sociedad. Y aquí es donde, además de la convocatoria original, muchas cosas brillan por su ausencia. Hacen falta, por ejemplo, las respuestas de aquellos a quienes fue dirigida la invitación original; en los medios de comunicación, salvo excepciones bien contadas, existe la propensión casi natural a privilegiar el escándalo y el amarre de navajas, para decir lo mínimo; en las organizaciones políticas, como se puede documentar, se ha dado una gran inclinación por poner encima de todo a la mercadotecnia, además de que a muchos de sus dirigentes les preocupa más una buena foto o un gran micrófono antes que una idea o un debate de trascendencia. Lo facilón prevalece, todavía, por delante de lo complejo.

Y así como eso hay más. Pero a pesar de los serios obstáculos, son más los problemas que el próximo gobierno deberá atender que, bien trabajados y presentados, podrían convertirse en un activo para cargarle las tintas a la pretensión de avanzar en el terreno de las ideas y de la lucha política. Si el amable lector mira hoy hacia Ciudad Juárez, verá cómo casi todo lo que estamos señalando aquí se podría utilizar como ejemplo. Los funcionarios directamente responsables se pasan la bola, unos y otros dicen que no saben y que les toca a otros. En el terreno de la información las fuentes, según dicen algunos corresponsales, no están en el lugar de los hechos sino en el DF y en Washington. Se habla de convenios y de soberanía (o de la falta de ésta), se especula y también se fijan posiciones públicas, por parte de partidos, medios y grupos civiles, pero no hay respuestas oficiales oportunas y claras. La confusión goza de plena salud.

A nuestra sociedad le sobra confusión y le falta claridad. La seguridad necesaria, el estado de ánimo indispensable para enfrentar los retos que vienen y que ya se van, solamente pueden ser producto de la verdad. Nuestros dirigentes nacionales tienen que meterse eso en la cabeza. La doble palabra, el mensaje cifrado, la lectura entre líneas, tiene que dejar de estar entre nuestros principales distingos.

La sociedad reclama saber qué pretende cada uno de los valientes que quiere ocupar el puesto que va a dejar Ernesto Zedillo. Quiere conocer sus proyectos para la economía, la seguridad pública, la pobreza, la salud y la educación, y un inacabable etcétera. Y de eso se habla poco o, cuando se hace, la claridad es una de la notables ausencias.

Más que terminar el milenio, vamos a comenzar un año que desde ahora se anuncia difícil. Todo parece indicar que por escándalos no va a parar, en parte con la enorme ayuda que, hoy por hoy, otorga la mayoría de los medios de comunicación. Aun así, a pesar del ruido que viene, el mero afán de abordarlos públicamente puede servir para crear un eco social que bien puede multiplicarse y servirle al país. Que hablen los que deben...

Rafael Cordera Campos es profesor en la Facultad de Economía de la UNAM.

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