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Enrique Contreras Montiel

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Veinte años
La tragedia del salario

Ricardo Becerra

A partir del 2 de diciembre, la Comisión Nacional de Salarios Mínimos (CNSM) comenzará a estudiar las propuestas que gobierno, empresarios y sindicatos han presentado para fijar el incremento promedio al salario mínimo. Hasta el momento en que esto se redacta, los representantes sectoriales no habían presentado propuestas concretas, sino largas disquisiciones acerca de la distribución del ingreso, la productividad, la necesidad de contener a la inflación y los equilibrios macroeconómicos.

Visto en perspectiva, estamos ante un desastre: el salario mínimo ha sido el perdedor sistemático de las reformas estructurales y de la nueva macroeconomía. Una sencilla operación puede dar cuenta de la desolación salarial: si usted divide el salario mínimo mensual entre el Indice Nacional de Precios al Consumidor para medir la evolución de su poder adquisitivo, va a observar que la edad dorada del salario tuvo lugar en septiembre, octubre y noviembre ¡de 1976! Ninguna otra fecha de la segunda mitad del siglo puede comparársele. Y si usted sigue haciendo operaciones verá que noviembre de 1998 se lleva las palmas: el salario mínimo podía comprar tan poco, ¡es el piso más bajo en la historia económica de los últimos 50 años!

La cosa empezó a corregirse con el aumento de diciembre del año pasado: el salario mínimo alcanzó 34.5 pesos diarios, un aumento menor a 15%. Si la inflación de 1999 llega a 14%, el salario mínimo se habrá recuperado apenas un punto o unas décimas.

El hecho nos informa de una verdadera tragedia: la pérdida neta del poder de compra del salario mínimo es de 25%, o sea, el presidente Zedillo no pudo invertir la curva descendente de los salarios, su sexenio continuó con el mismo patrón de las últimas dos décadas: de 1983 a 1995 la caída salarial rebasa 51%. Visto de otra forma: el que gana hoy cinco salarios mínimos puede adquirir la misma cantidad de bienes que aquel que en 1976 ganaba sólo uno. Este es uno de los síntomas más crudos e insostenibles de nuestro retroceso social.

Me pregunto cómo es posible que en las argumentaciones vertidas ante la CNSM se prescinda de esa historia y de su significado. Cada vez menos personas ganan estrictamente el salario mínimo, de acuerdo, pero los datos disponibles por INEGI revelan que son 17 millones las personas que laboran percibiendo un ingreso de dos salarios mínimos. Estamos ante un escenario masivo de empobrecimiento del país que afecta prácticamente a todas las áreas productivas.

Ante estas evidencias me declaro absolutamente en contra de que el aumento salarial se fije en función del incremento de la inflación esperada más un punto que se derivaría de la propia productividad de los trabajadores. Esta propuesta está emparentada con declaraciones del Banco de México y es muy parecida a la que elabora el sector empresarial y presentará ante la CNSM.

Lo hemos dicho otras veces: los salarios son los verdaderos condenados de nuestra macroeconomía. ¿Qué es lo que dicen nuestros candidatos: Labastida, Fox, Cárdenas, Camacho, Rincón Gallardo, Muñoz Ledo? ¿No es hora de pensar en otro orden de factores y variables? ¿No habría que poner la productividad en el corazón de la estrategia de crecimiento, y no seguir jugando al mago econométrico cuyos equilibrios funcionan sólo si se somete, sistemáticamente, el ingreso de millones? ¿No hay que pensar en otra macroeconomía, equilibrada sí, pero menos injusta y más atenta a sus consecuencias distributivas? ¿No debía serésta una de las discusiones vertebrales de la campaña electoral?

La decisión que tome la CNSM no será inocente: en los últimos años las remuneraciones medias han crecido menos que la productividad del trabajo; es decir, los trabajadores generan más bienes y, sin embargo, no ganan mejor. Con esos datos, me niego a aceptar como única alternativa seguir castigando al salario. Pasados tantos lustros, es buena hora para que las empresas hagan un esfuerzo de redistribución de sus ingresos brutos. Es hora de comprobar -no de oír- su compromiso real con la justicia y con la solidaridad. Lo veremos pronto

Ricardo Becerra estudió Economía en la UNAM.

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