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freakziones Todo sobre mis traumas
Patricia Peñaloza
Cecilia tiene algunas fantasías, y algunas fantasías tengo yo. Así le inventó Sabina a Fito que podría cantarle a Cecilia Roth, su mujer, que aquí se llama Manuela, una madre que llora en la butaca del teatro mientras se acuerda de su hijo muerto a los 17 años, a quien mucho le gustaba como actriz Marisa, aquí Huma; aquí donde las argentinas son recreadas por españoles, como argentino es mi novio y españolas las raíces de quien alguna vez me volviera loca; aquí donde, sentada en butaca, me miro en el espejo de Cecilia-vista-por-un-español, e igual lloro sin comprender por qué me siento de pronto desolada, si tanto luché por dejar de ser esa Patricia-vista-por-otro-español. Estoy desencajada, y desencajada está Manuela. Las razones son distintas, la feminidad es la misma. Ni modo de cambiarme de sala... Y es que recién entrando, ¡ahí! su cara, al lado de aquellos dientes que tanto había querido tumbar. Pero no me vieron. La pasé mal toda la película, albergando contradicciones, odios, dolores, provenientes de no se sabe qué oscuras covachas sin desempolvar. Sin embargo, traté de ponerle atención a la trama, para distinguir cómo Almodóvar sabe muy bien que de este lado, en las butacas, es donde se llora y siente que en la realidad no hay coincidencias, aunque la vida esté macabramente llena de ellas; aunque los personajes se entrecrucen cual si siguieran los dictados de un guión inamovible. La presencia fatal de aquel dictado me invadió, me asustó, se me impuso; me brindó la certeza de que debía aprovechar la aparición que se me estaba dando en escena, con tales personajes y tales bandejas. Y es que esa noche justa, decidí ir sola al cine -cosa que ya no hacía-, pues estuvo imposible para Diego asistir; y cuando a mí se me monta el ir al cine, no reparo en nada y me largo, más aún, si traigo la cabeza abrumada por tratarse de un día alucinante por escribir pendejadas en un reportaje aburrido, si estoy harta porque las cosas no salen, si traigo un dolor tupido de cabeza y un continuo mareo, cuya razón atribuyo a no haber comido bien ese día, pero que se remonta a varias semanas de padecer el síntoma que no me atiendo porque el médico está muy caro. Las personajas en pantalla tienen cada una algo a mí semejante, pero la seguridad de cualquiera de ellas, esa noche me abandona. Toda la función de 10 la pasé esquivando asaltos de imágenes furtivas; esperando al terminar, ir a jalar de los pelos a aquella Barbi de varios asientos adelante, darle de puñetazos, o escupirle en la cara... o mejor aún: espetarle que Waxenberg andaba con ella por sumisa y boba, pero que cuando ella lo conociera lo suficiente, él la iba a abandonar. Convulsiones internas dominaron mi sensatez. Una violenta corriente de aire, tortuosa e involuntaria, se apoderó de mí para hacerme sentir dramatizada, llorosa, intranquila, inclusive humillada. Todo me parecía tan absurdo y cinematográfico... "Si no me hubiera puesto de necia por venir sola, si Diego hubiera podido venir... nada sería igual. Esta es una señal, la debo aprovechar". No podía evitar voltear a ver sus posturas y arrumacos; tomar la forma de las más obsesivas locas de Almodóvar, en sus versiones menos serias, como lo era esta cinta. Cuando la peli terminó, bajé por un pasillo por el cual era inminente que ellos pasarían. A medias luces, mirando yo hacia el piso, miré de reojo cómo me veían, pero no vieron que los vi. Me seguí de frente sin voltear. Seguía un pasillo largo, por el que tendrían que pasar. Tras un largo tramo avanzado, ya pude notar que no venían detrás. Se habían ido por otro lado al verme, era evidente. En mi locura, y sabiendo de una sola salida, esperé unos minutos fuera del cine. Mi cabeza se llenó de recuerdos. Como de aquella comida de, haría un mes, en que Waxenberg aceptó oír mis razones de enojo y tristeza, donde no fue tan clara y dura como hubiese yo querido, ni él fue tan sincero y claro como hubiese yo esperado: siguió siendo soberbio, justificando sus vejaciones... Ahí yo en el frío... en realidad no tenía algún rollo planeado. No sabía bien lo que iba a hacer. Lo que sí sabía, es que tenía dentro de mí un coraje contenido, y que no soportaba que él la pasara tan bien, no porque yo deseara estar en el lugar de Barbi, sino porque, tras todo lo que nos había hecho a mí y a Marianne, su ex mujer, no toleraba su aparente felicidad. Me hice como la que venía caminando detrás, pues no me vieron al salir. Barbi me miró primero y dijo: "Mira quién viene ahí". Waxenberg, actuando muy seguro de sí, según él tras haberme dejado "contenta" por tan sólo ofrecerme "disculpas" de dientes para afuera -mi corazón abatido sentía que no bastaban-, me saludó cordial. No hice caso. La Barbi se alejó ligeramente. Tan desencajada estaría yo, que me preguntó si estaba bien, que me veía muy mal; le dije que me sentía enferma. Caminé a la par hacia donde se dirigían. Entonces algún extraño nuevo guión se adueñó de mis labios y mi voz y mis fuerzas... "Me apena decirlo, pero de lo único que me dan ganas, es de decirte cosas horribles, pero no sé si pueda...". En eso, nos detuvimos junto a su coche, lo miré firmemente a los ojos, y la corriente tempestuosa terminó de invadirme, para que yo emitiera algo contundente, sin titubear, cual si lo estuviera leyendo: "Nunca he podido expresarte bien, bien, lo mucho que me destrozaste la vida... Pero ahora te lo digo: me la hiciste pedazos. Eres un gusano, una basura miserable, un gran cobarde, un irresponsable. Lo que le hiciste a Marianne no tiene madre, y lo que me hiciste a mí, tampoco. Me das asco. Me das horror. Ojalá que te mueras, te pudras y te vayas al infierno". Lo dije todo sin exaltarme, con un tono de voz pausado, discreto pero firme. Waxenberg me miraba como quien mira un espectro, aterrado, sin contestar nada, congelado; no comprendía lo que pasaba. Di media vuelta y me alejé a pie. Yo misma no entendía lo que ocurría. Aquello había sido más fuerte que yo. No pude dejar de llorar todo el camino a casa. Llamé a Diego, le dije que viniera pronto, que necesitaba contarle algo terrible, a él que es un ángel, que lo comprende todo... Y así fue. Estuvo conmigo en todo. Sólo me hizo un comentario: "Quizá lo desencajado es que se lo dijiste mucho tiempo después, como fuera de timing. Y eso es muy desconcertante..." Al otro día, Waxenberg me llamó a casa, furioso. Pedía explicaciones. Pero yo aún no las tenía. Aun así, no quise retractarme. El vociferaba: "Te hablo pues pensé que algo terrible te había pasado, estabas fuera de ti; lo de ayer es inverosimil". -No, no me pasa nada. No entiendo lo de ayer pero... sostengo todo lo dicho. "No tienes derecho a meterte a un momento íntimo mío. No puede ser que vaya yo muy tranquilo al cine y se me aparezca un fantasma... ¿Por qué tenías que insultarme y faltarme al respeto de esa manera? ¿No habíamos ya platicado? Si no estuviste de acuerdo, ¿no lo podías haber dicho civilizadamente? Si querías amedrentarme y causarme miedo, lo has logrado. Quiero pedirte que me dejes en paz, no puedo estar esperando a ver a qué hora me haces algo. Y si no te vas a calmar, voy a buscar a tu tío, o a tu novio, para que alguien responda, porque a ti no te puedo romper la cara". Era suficiente. Le dije: "Nunca vas a dejar de ser una marica. Yo soy la que te pido que me dejes en paz". Y colgué. He tratado de autopsicoanalizarme, y creo comprenderlo todo. Cuando mi ruptura de corazón ocurrió, año y medio antes, no le guardé el luto debido; por orgullo, no lloré lo suficiente, ni le dije todo lo que pensaba de él, en su momento. Entonces eché tierra; pero aquel dolor, aquel rencor, quedaba enterrado vivo. Cuando lo vi con la Barbi, fue como revivir, intacto, aquel sentimiento lejano y oscuro. El muerto viviente salió de su tumba, andrajoso y pestilente, pero agigantado, sobrecargado su rencor original. El muerto, simplemente se apodero de mí. Sin embargo, pasan los días y me siento más tranquila. En algún lugar lo disfruté bastante. Sólo me faltó decirle, como dijo Manuela a Esteban/Lola: "No eres un humano... eres una epidemia" Patricia Peñaloza escribe, modela y canta. Correo: futuram@yahoo.com |
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