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de la imprenta reseña tintero
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reseña Cuando hay amor, los olvidos no envejecen
Marco Levario Turcott
La imaginación de Pepe en pleno vuelo da piruetas al pasado y también aletazos que transgreden la dimensión del tiempo y los sucesos para así trascender al recuerdo de las cosas no vividas. Pero el incansable narrador que hasta describe su propia escritura tiene bien plantados los pies en Grecia -en Poros, Ydra y Monembasia para ser precisos- mientras mira y siente cómo el cielo de invierno se precipita en torno suyo, convocado acaso por su desgarramiento de amor hacia David. Las escenas que construye José no son hijas de la frustración ni tampoco fueron ejecutadas con el pincel inoportuno del restaurador de heridas en mármol, terracota o las del corazón sagrado. Se trata de recreaciones para hacer de la ausencia del compañero una presencia permanente, una plática de amigos y amantes, donde las dudas, la réplica y el reclamo siempre tienen pausa en el entrelazamiento de los cuerpos, la música y el baile, las aceitunas y el desmadre. Me faltaron la poesía y los vinos, los dioses griegos y hasta las pastillas ésas que hay que tomar con mucha agua para mantener la vida. Pero la ilusión es más ilusión si se le fijan límites y aceptamos que la fidelidad no existe, que ni el mejor amante nos dirá todo lo que vive y piensa, que en la persecución al placer uno puede dejar al otro, que la vida de Pepe es vida con David, aunque éste se haya ido por el precipicio de su veneración por los hombres. Así, acotada la ilusión, los humanos son humanos, la muerte se trasciende y el sombrero se porta con orgullo, como con su panamá lo hace Pepe, creyendo tal vez que su compañero lo mira y lo admira, lo entiende y comprende. Que acaso hasta le responde y que el pensamiento de Pepe no es otra cosa más que la pista por donde transita David con sus respuestas. El aventurero hombre que vive en esta vida, entra a los laberintos de las calles desoladas, las aguas quietas y frías, los feroces mosquitos y hasta a los restaurantes para que le sirvan cualquier cosa. Que su mirada siempre se posará en el horizonte del recuerdo y la construcción de la vida, porque cuando hay amor -quién lo dijera, lo dice Pepe- no hay olvido ni recuerdo, hay piel, discusiones interminables, cantos mexicanos, italianos y griegos. Cuando hay amor, los olivos no envejecen, están ahí, siempre, dispuestos a cobijarnos lo mismo para cubrir una intempestiva urgencia del cuerpo que para fijarse en la memoria por siempre jamás Luis González de Alba, Cielo de invierno, México, Cal y arena, 1999, 253 pp. Marco Levario Turcott es subdirector de etcétera. Correo: mlevario@etcetera.com.mx |
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