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puros cuentos No era para tanto
Juan Saavedra Solá
Los sucesos y las estrellas van tejiendo las pautas para que un día (o una noche) nos veamos cara a cara con nuestra suerte. Son las 0:30, la mujer que camina por la avenida húmeda va contenta por haber alcanzado el último Metro; también se siente nerviosa: una fuerte tormenta ha interrumpido el servicio eléctrico y la calle está desierta. Piensa maldecir (una vez más) su trabajo de enfermera, pero aún no ha abierto la boca cuando escucha otros pasos. Son pasos largos que pisan con todo el cuerpo sin el repiqueteo de tacones altos (no necesita voltear para saber que es un hombre). La mujer apresura su marcha aunque no demasiado y dobla la esquina que la acerca un poco más a sus dominios. Afina el oído y prosigue su camino concentrándose, se hace un leve suspenso: los pasos se oyen a mayor distancia pero continúan a sus espaldas. Ella entonces se tranquiliza pensando en las casualidades. Fugazmente pasa por su memoria el recuerdo de la vez cuando siendo niña ganó una competencia de carreras y a pesar de sí misma se sonríe porque sabe lo que le sugiere esa visión. Transcurren los minutos, las casas a ambos lados de la avenida están a oscuras, con las ventanas y las puertas bien cerradas (como corresponde a un barrio en donde los robos y los asaltos son algo corriente). Súbitamente, los pasos del hombre aumentan de velocidad, luego parecen dudar y finalmente se detienen. La mujer se deja embargar por la esperanza de que el sujeto haya tomado otro camino, cuando escucha que vuelve a reemprender la marcha, esta vez con pasos más vigorosos. El hombre debe haber sacado algún objeto de metal o madera de alguna parte, pues comienza a golpear rítmicamente la calle y las rejas de las casas por las cuales pasa. En forma directa y constante empieza a acercarse a menos de una cuadra. La mujer reprime en un sobresalto el deseo de voltear y repentinamente -quizá con la intención de esconderse- gira para meterse en un callejón que no es el suyo. Los pasos del hombre que suben y bajan de la banqueta como si fueran los de un borracho o un desquiciado, acaban por tomar la misma dirección. Ya no le cabe duda, van tras ella. Ha salido la luna y la mujer puede ver al dar la vuelta el rostro de un hombre joven que camina con la mirada perdida y moviendo la boca (tiene una vara entre las manos). Con angustia, la mujer voltea en todas direcciones en busca de un posible auxilio (un taxi, alguien asomándose, un perro), pero en la calle sólo existe el vacío. Sabe que es inútil tocar en alguna puerta, sabe que está sola. El hombre casi le pisa los talones. En una oleada repentina, el miedo se convierte en terror y la mujer siente el impulso de gritar y correr con unas piernas que se han convertido en chicle y plomo. De pronto, observa en el asfalto una gran piedra y no puede más, con ambas manos la levanta por encima de su cabeza (el esfuerzo le costaría una hernia) y liberando el grito desde hacía tiempo contenido, se enfrenta con su perseguidor. Al asustado tipo la piedra casi le revienta los pies. Un súbito rayo ha rasgado su mundo de nubes y se da cuenta de que ha caminado como un loco detrás de la mujer por más de siete cuadras (siempre le pasa lo mismo cuando compone música o piensa en la poesía: camina sin rumbo fijo). Con los ojos muy abiertos (iguales a los de ella) apenas si murmura con voz entrecortada: -Dis... culpe usted, señorita... Y luego da media vuelta y se aleja mientras se ve la punta de los zapatos y silba su composición. La mujer se queda parada, no sabe qué hacer. El suspiro de alivio no le alcanza para borrar las imágenes que por un segundo se fijaron en su mente como fotografías de nota roja. Entre tanto, los sucesos y las estrellas continúan su trabajo. El destino, para ambos, aguarda en otra parte Juan Saavedra Solá es escritor. |
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